AHORA SE NOS FUE EL COMPAÑERO MIRANDA
Por F Fernández

Tal como suponíamos cuando iniciamos esta sección, en función de nuestra edad y de la generación a la que pertenecemos, era cierto que muy a menudo tendríamos razones para llenarla con algunas líneas marcadas por la tristeza.
Es así como hoy tenemos que referirnos a la partida del poeta chileno Hernán Miranda.
Tuve el gusto de conocerlo hace más de cincuenta años, cuando su talento aún no era conocido, si bien podía adivinarse en la mirada aguda y perspicaz con que observaba el entorno de ese tiempo y la expresión satírica con que lo interpretaba.
Era el tiempo en que fuimos colegas como periodistas en la Oficina de Informaciones y Radio de la Presidencia de la República (OIR), durante el mandato del presidente Salvador Allende.
Poco sabía entonces de su vida, algo que descubrí ahora leyendo una biografía suya, si bien que entonces, por sus modales, su manera de vestirse, de hablar o de caminar, siempre pensé era de origen campesino.
Quizás lo que más daba fuerza a esta idea que tenía de él, era su formalidad y respeto en el trato con el que se dirigía a los que éramos más que colegas, casi hermanos de una familia cuyo hogar durante la mayor parte del día y a veces de la noche, era el Palacio de La Moneda.
A diferencia de la manera como nos tratábamos familiarmente por nuestro nombre propio, él siempre se dirigía a los otros anteponiendo al apellido lo de “compañero” y, como es evidente, medio en broma medio en serio, lo llamábamos el “Compañero Miranda”.
Ejemplo de la agudeza de su manera de observar, recuerdo en particular sus comentarios respecto a lo clasista de la sociedad chilena, lo que según decía, se manifestaba incluso en un lugar como un bar, en que, en toda lógica, las barreras sociales deberían quedar anuladas en la comunidad del trago.
Según el Compañero Miranda, esta separación de clases comenzaba incluso en el idioma, formal o popular, en lo que se refiere los términos para referirse a la afición a empinar el codo.
De acuerdo a este esquema, términos como dipsómano o beodo estaban estrictamente reservados para un caballero aficionado a ponerle entre pera y bigote, del mismo modo que aquellos de curao, guachaca o borracho no podían aplicarse sino al roto o al proleta.
Esto, aún cuando los efectos desastrosos o antisociales del alcohol sobre unos u otros pudiesen ser los mismos.
En tal caso, explicaba el compañero Miranda, era la autoridad suprema del dueño del bar que, con su sabia reacción, recordaba las diferencias esenciales entre uno y otro.
Para el proleta, la orden a uno de los mozos del bar era “¡echa p’afuera a este borracho de mierda para que se deje de huevear…!”
Evidentemente, para el caballero las ordenes eran diametralmente distintas: “¡Llama un taxi para que lleve a su casa al caballero que está un poco malito…!”
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