EL PROYECTO DE LA UNIDAD POPULAR SURGIÓ EN EL CONTEXTO DE GRANDES CAMBIOS EN CHILE Y EL MUNDO
Por Pedro Marcial Vega

En esta serie escrita por nuestro compañero Pedro Marcial Vega, este nos muestra su visión historia de los grandes acontecimientos que fueron modelando el momento actual, de la que entregamos esta tercera parte.
Las clases dominantes, respaldadas por la dictadura, instauraron un nuevo modelo económico que determinaría nuevas condiciones de existencia para las personas y, por ende, una nueva subjetividad para satisfacerlas. Esto se puede conceptualizar en una palabra: individualismo. Este modelo, resistido por la población en los años 80, principalmente por organizaciones de mujeres, lamentablemente se consolidó con el advenimiento de la democracia, e incluso se profundizó. Y la subjetividad, marcada por el individualismo a ultranza, se internalizó en la población. Lo colectivo, la pertenencia a una misma comunidad perdió el sentido que tenía históricamente.
En ese Chile de entonces, la sociedad vivía una lucha de clases. Una clase que luchaba por sus derechos y otra que buscaba mantener sus canonjías. Era una sociedad viva, inmersa en esa lucha de clases. La clase que luchaba por una sociedad más justa, lentamente y a pesar de todas las dificultades, ganaba terreno, como lo demostraron las elecciones de marzo de 1973. Esto fue una campanada de alerta para las clases dominantes las que entonces optaron por el derrocamiento del gobierno de la UP.
Sin embargo, en la tercera década del siglo XXI, el vivir es distinto en Chile. No hay en el mundo referentes de sociedades socialistas o sociedades que quisieron serlo, como las soviéticas. La Revolución Cubana subsiste con atavismos de sus comienzos a pesar del bloqueo, pero lentamente se abre a otros formatos económicos. Vietnam es un país con un capitalismo de Estado con partido único, al igual que China. Hay referentes de sociedades de bienestar como las nórdicas, pero no son socialistas. A partir de la globalización se ha instaurado en el mundo un modo de vida de sociedad capitalista, en el que el consumo es el fetiche de la población, en su enorme diversidad. Sin embargo, este modo de vida se ve amenazado por un sector de las clases dominantes, a través de partidos políticos que quieren terminar con la institucionalidad estatal y los beneficios que ella conlleva para las personas, al mismo tiempo que desconoce sus derechos humanos. Ejemplo de esto es lo que ocurre en países como Hungría, en Europa; Argentina, en Sudamérica; y actualmente EE.UU. En este último caso es más grave porque sus dirigentes quieren reeditar un nuevo imperialismo para situarse como dominante en este modo de vida universal.
Chile está inmerso en este modo de vida y en la globalización que lo sostiene, con los vaivenes que ocurren producto de las decisiones macroeconómicas del gobierno estadounidense. Las personas que habitan el país no se reconocen en las distintas y tradicionales clases sociales, sino más bien en una extensa, variopinta “clase media” donde están comprendidas todas las categorías de trabajadores, ya sean del campo o de la ciudad. Otros son reconocidos como “pobres” a partir de estadísticas estatales que los identifican como sujetos de subsidios. Y hay una masa de personas que viven de trabajos informales para subsistir, hoy incrementada por un gran número de inmigrantes.
También existe otra masa de personas que viven de actividades ilícitas como robos, comercio de drogas, asaltos, etc. Seguramente en estadísticas oficiales figuran como informales o pobres. Estas personas asumen esta forma de vivir por “efecto de demostración” de la vida de otros delincuentes. Este hecho social produce descohesión social y temor hacia aquellos que son parte de este fenómeno. Se ha convertido en un problema para la seguridad de la sociedad.
En el Chile de hoy, al igual que en gran parte del mundo, el desarrollo de los medios de comunicación ha tenido una gran influencia en la mentalidad de las personas. Internet ha permitido el funcionamiento de la comunicación entre personas a través de plataformas categorizadas como “redes sociales”, que aparte de informar miles de cosas han banalizado la vida cotidiana. El acceso a ellas a través de los llamados “teléfonos inteligentes” que son adquiridos por la gente, ha permitido conocer lo que sucede en el mundo y en el país casi instantáneamente. Pero, lo más importante es el intercambio de información banal, incluso muchas veces falsa, que promueven el consumo sin medida. Hay intercambio para el vivir de las personas. Es un modo de vida paralelo a la institucionalidad del país. Es un modo de vida paralelo al formal. Y una de las consecuencias negativas es que puede ser influido por la regresión en derechos humanos, ya que estos son institucionales.
Este modo de vida paralelo ha favorecido la “modernidad” impuesta por la dictadura y consolidada por la Concertación; por ejemplo: el extendido uso de internet por la población en general, la que por medio de los celulares ha desarrollado prácticas sociales similares en todos los barrios de Santiago. Las distintas plataformas virtuales, por ejemplo, permiten pedir alimentos que son llevados a los hogares (pizzas, comida china, etc.) a cualquier hora del día o de la noche, o el uso de movilización que recoge a las personas en sus hogares, lugares de trabajo, etc. Y otras aplicaciones permiten la compra de pasajes en cualquier medio de movilización, el pago de cuentas cualesquiera sean ellas o la compra de entradas para espectáculos o deportes. O para estudiar profesiones. O para consultas médicas.
Es un modo de vida “on line”, en el que participan en mayor o menor medida todas las personas, ya sean de las clases dominantes, clases medias y otros estratos de la sociedad cualquiera sean sus ingresos.
Las personas que viven este modo de vida paralelo -que son la inmensa mayoría del país-, participan de acuerdo a sus ingresos en la institucionalidad privada y pública que determina las condiciones de existencia, como son el acceso a salud, educación, vivienda, previsión, diversión, vacaciones, movilización, etc. Y esto genera una gran segregación social en todos los ámbitos nombrados.
Este modo de vida “on line” genera una subjetividad de igualdad, la cual contrasta con la institucional que necesariamente deben asumir las personas porque es la que certifica sus condiciones de existencia.
Este contraste entre la subjetividad del modo de vida “on line” y la cotidianidad existencial determinada por la institucional vivida por la gente desde la dictadura y que se caracteriza por su mercantilización y segregación social, fue la que produjo el hecho social de la Rebelión de Octubre de 2019. Por ello, fue masiva la manifestación de protesta de las personas (al margen de los saqueos producidos por los delincuentes) en busca de un acceso igualitario a las condiciones de existencia. Y por ello su desvanecimiento debido, por una parte, por su impronta existencial en este amplio abanico de clases medias. Y, por otra, a la promesa de un cambio legislativo con el llamado a plebiscitar una nueva constitución. Llamado que fracasó en dos ocasiones.
Sin embargo, paradojalmente una consecuencia de este modo de vida “on line” es el desapego que las personas sienten por toda la institucionalidad política del país. De todos los poderes del Estado, como asimismo de las policías.
Es una sociedad distinta a la de los años sesenta del siglo pasado. Muy distinta. Tanto que es impensable una militancia revolucionaria como la que otrora existió. Quizás recuperando la memoria puedan surgir nuevas banderas para construir una sociedad justa. Y que todo ese sacrificio de miles de personas asesinadas, desaparecidas, presas, torturadas, exiliadas no sea en vano. Banderas que debieran ser enarboladas por un partido político, en la que la principal bandera debe ser la de la democracia.
———– FIN ———–
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