CON TENIDA CAMPECHA, PEDRO CASTILLO QUISO CONGRACIARSE CON LOS SEÑORES DEL PERÚ DE CUELLO Y CORBATA

Al cierre de nuestra edición llegaba a 25 el número oficial de muertos en distintas regiones del Perú, víctimas de la represión de las protestas y movilizaciones populares contra la destitución por el Congreso, del presidente democráticamente electo Pedro Castillo, el que continuaba encarcelado y en poder los golpistas.
Las manifestaciones y la importancia que estas alcanzaron a pesar de estar prohibidas en virtud del estado de emergencia dictado por la designada Dina Boluarte – ocupación del aeropuerto de Andahuaylas, huelga general en Cusco y múltiples bloqueos de carreteras – era algo inesperado.
Del mismo modo, menos espectacular pero no por eso menos significativa ha sido la reacción contra lo que se ha dado en llamar “golpe blando”, de parte de poderes regionales e intermedios y de sectores profesionales de importante influencia en el seno de la sociedad.
Según el parecer de algunos analistas, esta reacción es la expresión de un movimiento popular que no es exclusividad del Perú y que va generalizándose en distintas regiones del mundo, cual es el del rechazo total a las castas gobernantes y sus instituciones y por una participación mayor y directa en la gestión de un país.
En el Perú esta separación entre las castas dirigentes y el pueblo tiene también fundamentos étnicos que vienen desde la colonización española, cuando esta pudo asentarse con familias llegadas de Europa, sin los peligros de un estado permanente de guerra con los autóctonos y sin el mestizaje como alternativa para responder a una necesidad natural y social.
Esto, de manera mucho más acentuada que en países de mestizaje generalizado (como Chile) determinó clases sociales sobre una base no sólo económica sino también étnica, con los blancos europeos instalados en el poder central en la capital y la masa indígena o mestiza formando el proletariado y el campesinado.
En este contexto, esa burguesía político-económica limeña y blanca, de ninguna manera podía soportar que el cholo, maestro rural y dirigente sindical, llegase al más alto nivel del Estado y, ya antes de que resultara electo, habían echado a andar el plan para derrocarlo, en caso resultara electo.
Castillo se impuso por estrecho margen, pero la alta votación que obtuvo en los sectores populares y campesinos (en la localidad andina de Cajamarca se impuso por el 74%) dejaron en evidencia la voluntad de sus partidarios de terminar con el caos y la corrupción imperantes y de democratizar la vida política peruana a través de una Asamblea Constituyente.
No obstante, una vez elegido, Castillo no quiso o no supo valorar ese potencial popular para llevar a cabo el programa social que había propuesto y se mostró más proclive a buscar el consenso y el acomodo con los que no habían dejado de ser naturalmente sus enemigos, en una tendencia manifiesta desde el momento mismo de su elección.
En un discurso pronunciado el 26 de junio de 2021, en la Plaza San Martín de Lima, cuando se impuso en la segunda vuelta de las presidenciales, Castillo, luego de enfatizar sobre su vocación democrática y de respeto de las instituciones, confirmó públicamente en su cargo al presidente del directorio del Banco Central, Julio Velarde.
Velarde, que ocupaba ese cargo desde 2006, luego de sus comienzos en la institución durante el gobierno de Alberto Fujimori, fue un gran impulsor de las políticas neoliberales, hasta ser considerado como un verdadero “mago” de las finanzas por los banqueros, los grandes empresarios y, evidentemente por la derecha.
Por el contrario, dos meses más tarde, Castillo dejaba partir a su ministro de Relaciones Exteriores y ex guerrillero, Héctor Béjar, tras sólo 19 días en el cargo, luego que este renunciara por violentas presiones de la Marina peruana y la CIA, a las que había acusado de haber generado la época del terrorismo en Perú y en particular Sendero Luminoso.
En esta misma línea, Castillo fue sometiéndose a las presiones de la derecha y cambiando sus ministros cuando esta acentuaba las presiones, sin escuchar a sus partidarios que le aconsejaban profundizar el proceso de cambios, que convocara a la una Asamblea Constituyente, que nacionalizara las riquezas básicas y, sobre todo que no cediera ni se acomodara con la oposición.
En el plano internacional Castillo tampoco brilló por sus opciones, alineándose con Estados Unidos contra Venezuela y Cuba, llegando a reunirse con el propio Bolsonaro y recurriendo a la OEA y a su capo Luis Almagro, para solicitarle su apoyo en una de las tantas crisis que debió enfrentar.
Fue así como el guion escrito hace más de un año y en el que Pedro Castillo se fue él mismo incorporando, culminó el 7 de diciembre con su derrocamiento.
En declaraciones a Telesur, el ex canciller Héctor Béjar consideró que la única salida institucional para la crisis actual en el Perú sería una autodisolución del Congreso y el consecuente llamado a elecciones en el más breve plazo.
Difícil, por no decir imposible opción.
Mientras, las manifestaciones autoproclamadas contra los golpistas, contra la clase política corrupta, por la liberación de Pedro Castillo y por una Asamblea Constituyente, siguen y aumentan en Perú.
Laisser un commentaire