¡ CUIDADO ! DÍME CON QUIEN ANDAS…

A fines del presente mes de noviembre, después de haber mantenido la situación en suspenso durante varios días, nuestro Querido, Bienamado, Joven, Barbudo y Amarillo Mandatario, finalmente decidió viajar a Buenos Aires, para asistir a la transmisión del mando en la hermana república.
Como es fácil imaginar, para nuestro Bienamado, la decisión de asumir una posición que comprometerla dignidad de la función que ocupa, frente a un personaje como Javier Milei que, presidente o no, no es menos bufón, grotesco, estrafalario e impresentable, no era fácil.
Más aún, cuando ya habían surgido presiones, sobre todo de la Derecha, pero también del oficialismo, para instarlo a que asistiera a la ceremonia.
Finalmente, una vez no es costumbre, se inclinó en el sentido de las presiones, asumiendo como propia la decisión de ir a Buenos Aires, no sin antes echar la bronca.
Fue así que nuestro joven y enérgico mandatario habría de declarar: “Estas son cuestiones de Estado y no necesito que nadie me diga lo que tengo que hacer o no como presidente o no…”
Evidentemente, desde un punto de vista formal todo está en orden, pero no deja de quedar pendiente una cuestión que, si bien no está considerada en el orden protocolar, en la práctica y en el mundo actual es algo de primera importancia, como es la imagen.
Hay ejemplos en la historia reciente que muestran hasta qué punto este elemento, que podría parecer un detalle, puede expresar un profundo y significativo mensaje político que va a reforzar o disminuir el contenido de una declaración, por más formal que esta sea.
Ejemplo de la importancia acordada a la imagen, fue la actitud de varios mandatarios europeos con motivo de la ceremonia de coronación del rey Juan Carlos de España en 1975.
El acontecimiento tenía lugar pocos días después de la muerte del dictador Francisco Franco, a cuyo funeral asistió su colega y uno de sus más fervientes admiradores, Augusto Pinochet, que viajó a España especialmente para la ocasión.
Sin que nadie lo invitara y considerando la notoriedad que él mismo se atribuía, Pinochet decidió permanecer en España para asistir en tanto jefe de Estado a la ceremonia de coronación.
Y ahí no más fue que comenzaron los problemas para el protocolo español, sobre todo, cuando varios mandatarios europeos, entre ellos el entonces presidente francés, Valéry Giscard d’Estaing, que no era precisamente un comunista bolchevique, condicionaron su asistencia a la ceremonia a la no presencia del dictador chileno.
Como es fácil imaginar, la opción de las autoridades españolas no significó en ningún caso un dilema y, en menos que canta un gallo, Pinochet debió liar sus bártulos y emprender regreso hacia Santiago.
De toda evidencia, para Giscard d’Estaing, como para otros mandatarios, resultaba impensable verse obligados, en el contexto de la ceremonia y por razones estrictamente protocolares, a por lo menos tener que saludar o aparecer junto a tan despreciable sujeto.
En Buenos Aires, nuestro Querido, Bienamado, Joven, Barbudo y Amarillo mandatario, en uno u otro momento, deberá mostrarse saludando o al menos en actitud convival con ese espantajo fascista que los argentinos eligieron presidente.
Cabe preguntarse si es la mejor de las ideas para la imagen de nuestro Bien…
¿El protocolo es una cuestión de educación y de diplomacia? Sí, por supuesto, pero es ante todo una cuestión de ideología, de tendencia política y sobre todo de principios.