“ARREGLARSE LOS BIGOTES” O “LOBBY”, COMO SE DICE EN INGLÉS

La utilización cada vez más frecuente de palabras en inglés para designar una idea o un hecho que se puede expresar claramente y sin ambigüedades en español o en la variante local y popular de este, es interpretado, a justo título, como el resultado de la dominación imperial.
Hay ejemplos en la historia que van en este sentido. Tal es el caso cuando en el siglo XVII el español se impuso en un imperio “en el que no se ponía el sol” o, más tarde, cuando fue Francia la que controlaba importantes regiones en el mundo y, ulteriormente, cuando fue el Imperio Británico el que dominaba e imponía el inglés, antes de ceder su supremacía a Estados Unidos.
Por supuesto, la utilización de estas palabras, llegadas directamente del actual imperio en apogeo, sirve para dar al que las utiliza, un carácter de distinción y modernismo, asimilable al mundo del comercio, la economía y las finanzas, es decir lo que se considera la élite en la sociedad capitalista en que vivimos.
Del mismo modo, como se trata de un idioma extranjero, que no todos comprenden, la palabra en cuestión ha de servir en más de una ocasión para esconder su verdadero y profundo significado y todas sus variantes y alcances.
Un ejemplo perfecto de esta situación es el de la palabra “lobby” que, desde fines de diciembre pasado esta cada día presente en los medios chilenos, luego que el portal de información e investigación periodística CIPER dio cuenta de una serie de reuniones entre ministros y parlamentarios con empresarios y representantes del sector privado.
Contrariamente a lo que pudieran pensar los malintencionados de siempre, el “lobby” es una actividad perfectamente legítima, pues está comprendida en los derechos constitucionales de muchos países, en lo que, por supuesto, está incluido Chile.
Allí se garantiza el que toda persona “puede presentar peticiones a la autoridad, sobre cualquier asunto de interés público o privado, sin otra limitación que la de proceder en términos respetuosos y convenientes”.
Cabe preguntarse entonces por qué se ha hecho tanto barullo en torno a las cenas, donde participaron los ministros del Interior, Relaciones Exteriores, Medio Ambiente, Trabajo y Agricultura, además de parlamentarios junto a ejecutivos de empresas privadas y, organizadas por el ex alcalde UDI de Santiago, Pablo Zalaquett, en su propio departamento.
¿Qué puede tener de reprobable el que, por ejemplo, la ministra del Trabajo encargada de la Reforma Previsional haya cenado con representantes de las AFP Capital y Provida, empresas mucho más importantes que los miles de personas cuyas pensiones dependen de dichas empresas?
O que, cuando se está discutiendo reformar la Ley Longueira, ejemplo de corrupción por la manera en que fue promulgada, los ministros de Economía y Medio Ambiente se hayan reunido con ejecutivos de empresas pesqueras y salmoneras, entre las cuales una de ellas resultó precisamente beneficiada por aquella ley.
A contrario ¿Qué podrían aportar en este tema, por ejemplo, los pescadores artesanales? Además, ¿alguien podría imaginarse a uno de estos, impregnados de olor a pescado e ignorante de las buenas maneras, en una mesa, cenando con ministros de gobierno u honorables parlamentarios y en un departamento en Lo Barnechea?
Por supuesto, no se puede desconocer que hay una parte de responsabilidad, en el barullo, de los participantes en estos encuentros al no informar sobre estos, tal como lo exige la Ley referida al “lobby”.
Pero es fácil entender que un ministro de gobierno, sea cual sea, tiene miles de asuntos que atender y resolver, por lo que es comprensible que pueda olvidar el contenido o el nombre y la calidad de los participantes en las innumerables reuniones a las que asiste.
También como descarga, a esto hay que agregar el hecho que las tales reuniones y cenas, según las definió el propio organizador, Pablo Zalaquett, no eran más que un “espacio de conversación para conocerse y donde se logra una comunicación humana”. Y, lo más importante, “nunca hubo lobby”.
Según su definición más o menos formal, “lobby” es la acción personal o en nombre de un grupo para tratar de influir en las decisiones que debe tomar una autoridad.
En el mundo de la economía, la política o las finanzas, donde el tiempo y el espacio se miden como valores contantes, una palabra en inglés como “lobby”, tiene la calidad de ser corta y precisa.
Pero nunca podrá substituirse cabalmente al valor semántico, gráfico y representativo de un sinónimo, expresado con todas sus palabras en un buen español popular y que define esta acción pura y simplemente como “arreglarse los bigotes”.
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