Internacional – Israel

LA ESCALADA BÉLICA DE NETANYAHU PARA SEGUIR ELUDIENDO LA JUSTICIA INTERNACIONAL Y LA DE SU PROPIO PAÍS

En la noche de 31 de marzo recién pasado, varias decenas de miles de personas de todas edades se manifestaron delante de la Knesset, el parlamento israelí en Jerusalén, para reclamar la renuncia del primer ministro Benjamín Netanyahu, alias “Bibí”, y de todo su gobierno de coalición de derecha y extrema derecha representante de los colonos y de los religiosos.
Según la prensa local, fue la mayor manifestación después del 7 de octubre, y luego que el ejército iniciara la matanza de civiles palestinos en Gaza, que ha puesto a Israel en la mira del Tribunal Penal Internacional y ha reforzado ante la opinión pública mundial su imagen de Estado colonial, de apartheid, de genocida y de violador sistemático del derecho internacional.
Apenas unas horas después de esta demostración, un ataque aéreo israelí destruyó el local del consulado de Irán en la capital siria, Damasco, un local protegido por inmunidad diplomático y legalmente parte del territorio iraní, matando a 16 personas, entre ellas un general de la fuerza militar Al Qods de los Guardias de la Revolución.
 Como era de suponer, un ataque de tales características y significado dejó a Irán ante la obligación de una respuesta equivalente, so riesgo de perder la imagen de potencia regional que Teherán quiere mantener, pero sin caer en la trampa y la provocación que tendió Israel mediante el ataque.
Fue así como en la noche del 13 abril lanzó contra territorio israelí un ataque mediante 170 drones, 30 misiles de crucero y 120 misiles balísticos los que, según el Estado hebreo, en su gran mayoría fueron interceptados y destruidos sin provocar mayores daños.
Mas allá de la eficacia o no del sistema de defensa antiaérea israelí (Cúpula de hierro), se supone que los resultados limitados fueron efecto de una voluntad deliberada de Irán, de efectuar una operación que los expertos denominan “ataque calibrado”.
Efectivamente, en vísperas del 13 de abril, Teherán se las había arreglado para comunicar indirectamente a Estados Unidos de la inminencia del ataque y, como es de suponer, para que este transmitiera la información a su protegido Israel.
De esta manera, en una hábil jugada, Irán no perdió su imagen, como tampoco provocó perdidas humanas en Israel, lo que habría servido a este para presentarse en su tradicional e histórica figura de víctima, y así desviar la atención condenatoria de la opinión pública mundial frente al genocidio que está perpetrando en la franja de Gaza.
No obstante, esta moderación de Teherán no impidió que las grandes potencias económicas reunidas en el G7 se apresuraran en condenar la acción iraní, olvidando en este y, como es de suponer, el derecho a defenderse reconocido a Israel y, más que nada, las casi 35.000 personas que ya han sido asesinadas en Gaza, civiles, mujeres, niños, ancianos, periodistas, personal médico, transformados en sólo una cifra.
En EEUU, la administración Biden, en el delicado contexto de la campaña electoral, con un creciente apoyo a Palestina de la base demócrata, encontró también la ocasión de compensar las muy suaves e inéditas advertencias al gobierno israelí, oponiendo su veto en el Consejo de Seguridad de la ONU a la moción de otorgar a Palestina el estatuto de miembro con plenos derechos en el organismo internacional.
Como si se tratara de mantener este equilibrio de ataques y contrataques, diversas escaramuzas localizadas en la frontera sur del Líbano y norte de Israel, donde actúa la milicia apoyada por Irán del Hezboláh y, el 19 de abril, una serie de explosiones se registraron en instalaciones militares iraníes, sin que Israel reconociera un ataque.
En todo este contexto, los observadores interpretan la escalada bélica de Israel iniciada con el bombardeo al consulado iraní en Damasco, como un recurso Netanyahu al sentimiento patriótico frente a una amenaza exterior, para mantenerse en el poder, escapando así a la justicia y a las crecientes críticas en torno a la gestión en torno a la guerra en Gaza.
A pesar de la creciente oposición de los israelíes a su gestión, Benjamín Netanyahu no tiene  otra opción que guardar la coalición religiosa, de derecha y extrema derecha que le permite mantenerse en el poder, pues de perder este, deberá enfrentar la justicia de su país por acusaciones de corrupción y,  tarde o temprano la justicia internacional por crímenes contra la humanidad.

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