Editorial nº 35

OBITUARIO

En toda publicación seria y respetable, de esas que ya casi no quedan, obligadamente existe una sección llamada de páginas sociales.
Allí se informa del feliz acontecimiento cual es el nacimiento de un retoño, del viaje de aquel, del matrimonio de fulanito y fulanita o del necesariamente lamentable fallecimiento de don Sutano o doña Sutana, con el consecuente pesar de sus parientes, amigos y colegas.
Como no somos ni serios ni respetables y lejos estamos de serlo, jamás ni siquiera imaginamos poder incluir entre las rúbricas de Le Kahuin de París una dedicada a este tipo acontecimientos.
Sin embargo, la vida que pasa comienza a obligarnos a considerar esta posibilidad porque nos concierne cada vez más.
No la de un nacimiento, salvo que sea el de un nieto o de un biznieto, única posibilidad que nos quedaría a nuestra edad. Tampoco la de un viaje, ahora que existe la posibilidad de ir al otro lado del mundo, casi como el tomar la micro. Menos aún la de un matrimonio, cuando ya nadie se casa o, si lo hace, se descasa a poco andar.
Nos van quedando las defunciones.
A nuestros años y a nuestro alrededor, cada vez más frecuentes la de compañeros. Cada vez más dolorosas porque son una parte de la historia de nuestro país y del mundo, intensa, variada, venturosa, llena de altos y bajos, como hemos querido y tratado sea nuestra propia vida, la que llega a su término.
Este último mes lo hemos sentido como una hecatombe y es por eso que hemos incluido en este número esta rúbrica de “obituarios”, para la que esperamos nos falte siempre el material.
Hasta que en un momento lo más lejano posible, después de haberle sacado la última gota de placer a la vida, después de haber escuchado el pitazo final o hayamos decidido por voluntad propia retirarnos del partido, seamos nosotros mismos el material para esta sección en alguna publicación ni seria ni respetable, que esperamos, escribirán otros.

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