VENEZUELA: UN DEBATE SIMPLISTA SOBRE LA BASE DE PROPAGANDA, MITOS, PREJUICIOS Y DOGMATISMO

La polémica en torno a los resultados de las elecciones en Venezuela que significaron la reelección de Nicolas Maduro ha provocado no sólo en Chile sino en Latinoamérica la generación de posiciones casi irreconciliables dentro de los sectores que se identifican con la izquierda.
El tono y los argumentos – en muchos casos no-argumentos de discusión – recuerdan otra polémica, menos importante, quizás por tratarse de una cuestión más alejada en el espacio, como fue y ha sido lo de la guerra en Ucrania.
En ambos casos, lo que salta a la vista es el simplismo con que se trata de analizar situaciones muy complejas, con fundamentos tan pobres como pueden ser la propaganda de uno otro lado, los prejuicios, los mitos o un dogmatismo bien anclado e inamovible.
Este simplismo es tanto más paradójico cuanto que se practica entre personas que se supone que, por convicción ideológica, método de análisis, experiencia y formación política en el marco de un pensamiento crítico y racional, deberían considerar estas situaciones de manera más científica.
Pero claro, esto último es también un prejuicio.
La cuestión de Venezuela, lo actual y central gira en torno a las condiciones en que se produce la reelección de Nicolás Maduro y, partir de entonces – quid del asunto – si merece ser calificado de dictador, como lo hizo nuestro bienamado y amarillo presidente de la República, o no, según la posición contraria del presidente del partido Comunista, Lautaro Carmona.
Sobre la elección, hay antecedentes suficientes para demostrar que, mucho antes de que tuvieran lugar los comicios, la intención de alegar un fraude electoral estaba ya presente en el programa de campaña de esa parte de la oposición más radical, aliada circunstancial de Estados Unidos y constituida por las grandes familias de la oligarquía venezolana.
Como es fácil imaginar, esa idea, ampliamente difundida por los medios informativos, no necesitaba de mucho para que apareciera como una realidad una vez efectuada la elección y dados a conocer los resultados, tal cual es lo que estamos viendo actualmente.
Conocida esta situación por el gobierno de Maduro, esto debería haber sido más que razón para que las elecciones se llevaran a cabo sin la menor irregularidad y en condiciones de poder desmentir con pruebas fehacientes cualquier intento de deslegitimarlas o de presentarla como fraudulentas.
Esto no fue el caso y ha sido el propio gobierno el que le dio las armas a una oposición desprestigiada y dividida para ser atacado, en un contexto y una realidad que está lejos de ser la que muchos devotos feligreses de alguna izquierda han creado en sus mentes, cual es la de un líder erigido contra el imperialismo yanqui, el que se venga con bloqueo y sufrimientos para los pobres venezolanos.
Más que nada, los que viven de su trabajo, sin más posibilidad de aceptar su suerte, sobre todo después del decreto 2792 de 2018, que prohíbe las huelgas, la organización de nuevos sindicatos y toda forma de reivindicación por un aumento salarial o una mejor atención de salud, so pena de cárcel, como fue el caso en julio de 2023 de dirigentes de la Siderúrgica del Orinoco.
Pero no todos tienen razones para quejarse. Hay una nueva burguesía venezolana que se ha desarrollado mediante la corrupción pagada por las ganancias de ese petróleo que no le hace asco al imperialismo yanqui y que fluye de nuevo a través de empresas como Chevron o la española Repsol, gracias a los buenos oficios de ese líder del socialismo latinoamericano que es Nicolás Maduro.
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