Por Claudio Jedlicki

Conocí a Edgardo hacen ya más de 60 años, cuando ingresé a la Juventud Socialista siendo aun liceano. Militábamos en la comuna más pudiente y reaccionaria de Chile, Las Condes.
El Partido Socialista lo había enviado, junto a su hermano Gastón, a reforzar la seccional recién creada. Ambos trabajaban como asistentes parlamentarios de diputados del PS. En ese momento, 1963/1964 nuestra actividad estaba abocaba a la campaña presidencial de Salvador Allende principalmente en las poblaciones que bordean el río Mapocho que atravesaba la comuna.
La decepción de la derrota de Allende nos llevó entonces a buscar otras alternativas. Así, en 1965 participábamos en la creación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).
A partir de entonces, con una forma de organización distinta dejamos de militar juntos y nos veíamos menos. En 1966, o tal vez 1967, Edgardo me hizo participe de su próxima partida para Cuba a pesar de la confidencialidad que esa decisión comportaba.
Debía seguir un entrenamiento a la lucha armada y luego retornar a combatir en América Latina. Sin que fuera dicho de toda evidencia se trataba de Bolivia y de venir a sumarse al Ché. Justamente su muerte poco tiempo después hizo capotar este proyecto.
Posteriormente al Golpe de Estado de 1973, Edgardo partió becado a Rumania a proseguir sus estudios en musicología. La beca terminada, optó por proseguir su exilio en Italia para finalmente decidir su residencia en Francia a fines de los años 1970.
Tuvo un exilio difícil como el de muchos otros compañeros. Ejerció múltiples trabajos para los cuales sin ninguna experiencia previa terminó conociéndolos bien. Por fin encontró un empleo estable y remunerado decentemente como documentalista en la UNESCO más en acorde con su talento.
Desgraciadamente, la insuficiencia de los años cotizados lo condenaron a una jubilación de miseria.
Siempre admiré su excepcional coraje. Para comenzar en su entrega a la causa que abrazamos juntos. Enseguida para enfrentar las vicisitudes del exilio con una gran dignidad. Por fin, en el plano personal, la lealtad y la bondad que emanaba de su amistad indefectible hacían que lo contará entre los amigos más cercanos.
Su ausencia nos seguirá siempre junto al vacío que nos deja
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