EL DOLOR DE LA FAMILIA DEL GENERAL PRATS ASESINADO Y LA COBARDÍA DE PINOCHET AÚN FRENTE A SU VÍCTIMA
Por Sergio Zamora

El 30 de septiembre de 1974, el ex general Carlos Prats y su esposa Sofia Cuthbert, fueron asesinados en Buenos Aires por la explosión de una bomba colocada en su automóvil, accionada por el agente de la DINA Michael Townley, siguiendo las instrucciones del director del organismo, Manuel Contreras, y del propio Augusto Pinochet.
Al cumplirse 50 años de esos asesinatos, Cecilia Prats Cuthbert, la menor de las hijas del matrimonio decidió escribir este libro y compartir la dolorosa experiencia vivida a partir de ese nefasto momento.
Cecilia explica: “He escrito este libro para compartir lo que he vivido por ser hija de un personaje público que fue víctima de la envidia y de la traición de un dictador chileno que estuvo en el poder en Chile durante 17 años. Cuando logramos –como hijas de un general de Ejército asesinado – la justicia por su muerte y la de nuestra madre, Augusto Pinochet ya había muerto.”
El relato nos lleva a compartir los momentos durante los funerales de sus padres en octubre de 1974 en el Cementerio General de Santiago.
Antes del cementerio hubo una ceremonia en la Parroquia de la Transfiguración en Las Condes. La misa debía ser celebrada por el cardenal Raúl Silva Henriquez, pero la Junta Militar hizo presión contra este y finalmente fue reemplazado por el vicario Sergio Valech.
No asistió ningún representante del ejército, pues orden había sido dada a los oficiales y suboficiales de abstenerse de toda participación. Lo mismo ocurrió con las personalidades políticas. Una excepción notable fue la participación del exsenador y presidente del Partido Demócrata Cristiano, Renan Fuentealba.
Como recuerda Cecilia, la iglesia se repletó de gente, a pesar del miedo imperante y la orden dada a los militares de no asistir. “Me emocionó ver a algunas amigas, hijas de militares, presentes desde lejos. Solo los dos ataúdes de madera café, muy brillantes, el de mi padre con una bandera chilena y un sable encima, y el de mi madre con una flor, es lo que más recuerdo de la misa.”
De la parroquia al cementerio, el cortejo de vehículos donde iban los féretros será constantemente hostigado por funcionarios de la DINA para que apuraran el trayecto, temerosos de la presencia de ese público mudo pero valiente. Sacaban fotos de los presentes y apenas los ataúdes rodeados de gente ingresaron al cementerio, cerraron las puertas, dejando a un buen numero de asistentes fuera de la ceremonia.
Al otro día, los diarios de la época publicaron que, “a petición de la familia”, el general Prats había sido sepultado sin los honores militares.
El hostigamiento de las autoridades se había hecho presente el día anterior, apenas los restos del general y su esposa habían llegado de Buenos Aires.
“En cuanto bajamos del avión el oficial de Ejercito a cargo de nuestra recepción nos manifestó que había orden del alto mando de que el entierro se realizara en ese mismo momento. Se produjo la oposición espontanea de todos los presentes y los fuertes y atrevidos reclamos de parientes, amigos y de los generales Ervaldo Rodríguez, Mario Sepúlveda y Guillermo Pickering se impusieron al oficial”, señala.
Varios capítulos merecen la atención, como el que describe el encuentro de la familia del general Prats con Pinochet, para que se realice una investigación que aclare el asesinato y para que haya una explicación por el incumplimiento del compromiso dado en Buenos Aires de realizar los honores militares el día de su entierro.
Pinochet respondería, después de abrir y cerrar cajones en su oficina buscando el Código de Justicia Militar, que cuando se estaba en “estado de emergencia” no se hacían honores militares…
Así como el detalle de la acción de uno de los nietos del general Prats, Francisco Cuadrado, el día de los funerales de Augusto Pinochet, cuando se puso en la fila de quienes querían ver por una última vez el ataúd instalado en la Escuela Militar. Al llegar frente a él, escupió el ataúd en señal de repudio.
O la audaz empresa de llevar desde la Argentina a Chile, las fotocopias del voluminoso manuscrito que constituirían las Memorias del general, así como la denuncia de la versión apócrifa de las memorias escrita por Eduardo Labarca.
Pero quizás la acción más importante, de coraje y decisión realizada por Cecilia y sus dos hermanas, fue la de insistir y presionar a las autoridades chilenas para llevar a juicio a los asesinos de sus padres, hasta culminar en 2008 con la condena de los responsables del asesinato por el juez Alejandro Solís.
Tal como la periodista y escritora Mónica González: “De no ser por la excepcional tenacidad, inteligencia y coraje de las tres hijas del matrimonio Prats Cuthbert, y de sus maridos e hijos, es probable que la costra oscura y pétrea de la impunidad seguiría instalada al centro de un doble asesinato que tuvo como móvil eliminar al general, que con su sola presencia les recordaba cada día a los protagonistas del golpe de Estado, su traición y cobardía.”
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Cecilia Prats Cuthbert: Volver a reír, LOM ediciones, Chile, 2024.
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