Chile Impresiones

CUANDO SE REMONTA EL TIEMPO

Por Sergio Zamora

Chile 2006: el despertar de los « pinguinos »

Después de que fui expulsado de Chile, en junio de 1975, sólo pude volver al cabo de 25 años en 2000; regresé por segunda vez en el 2006 y por tercera vez en abril de 2025 y esos largos periodos de ausencia me permitieron observar las trasformaciones en mi país, tanto en la ciudad como en sus habitantes.
Cuando se vive en un mismo lugar, o se vive con alguien, los cambios no son advertidos como tales porque transcurren día a día y son casi imperceptibles. No ocurre lo mismo si han pasado 25 o 19 años.
De regreso en 2000, cuando abandonaba el aeropuerto, terminando los últimos trámites, al escuchar a diferentes miembros de mi familia: mi padre, una tía, un tío, mis hermanas, un sobrino, dos sobrinas, mi cuñado y su hijo, y varios primos, y también un par de amigos, que gritaban mi nombre, a causa de las lágrimas de emoción y mi miopía, no veía muy bien lo que me rodeaba y sentía que de verdad atravesaba por un túnel del tiempo.
Me encontraba por fin con quienes había estado separado durante 25 años y viví de verdad, no lo imaginé, un viaje al pasado.
En ese primer retorno, tuve la grata posibilidad de encontrarme con amigas y amigos, amén de mis parientes, en particular mis numerosas primas, lo que me enfrentó a la necesidad de hacer corresponder las imágenes que guardaba de ellos, en la mayoría de los casos en sus tiempos de niños, con los adultos que me hacían frente.
Al final debí aceptar una situación simpática: cada vez que conversaba, por ejemplo, con un primo o una prima, la imagen del niño o niña que habían sido acompañaban la imagen del presente.
Con mis amigos, ocurrió que los jóvenes habían sido reemplazados por adultos quincuagenarios, pero que sin embargo guardaban lo esencial de sus personalidades o características físicas y no tuve dificultad en reconocerlos.
Todo esto para llegar al presente año, cuando mi encuentro con varios de aquellos viejos amigos me llevó a plantearme si de verdad me encontraba con quienes decían ser. Me costo reconocerlos, o simplemente no los reconocí.
Me ocurrió con las personas y también con la ciudad de Santiago.
En mis primeros dos retornos, al cabo de un par de días había recuperado mis sensaciones de antiguo santiaguino y me paseaba por la ciudad como si nunca la hubiese abandonado.
En mi tercer viaje no ocurrió lo mismo: me costaba reconocer las calles hoy deterioradas y desordenadas, aún aquellas que había conocido bien en mi pasado e, incluso y como lo señalé en otro artículo, encontré que el cerro San Cristóbal se había achicado, impresión que no cambió con el transcurrir de los días.
Tal como lo había hecho antes, fui al lugar donde fui detenido por la DINA el 15 de mayo de1975, en el paradero de las micros que van hacia el oeste, frente a la Estación Central.
En mis viajes anteriores no había encontrado grandes cambios: la Estación Central y la avenida adyacente seguían siendo las mismas pero esta vez me ocurrió algo extraño: a causa de las múltiples transformaciones de la gran avenida, entre otras a causa del metro, al contemplar lo que rodeaba la estación tuve la impresión de observar una imagen de ciencia ficción, por lo futurista. No había viajado al pasado, sino que al futuro. Por un corto instante sentí que tambaleaba mi realidad.
Como tambaleó también cuando fui a conocer la imprenta de LOM ediciones, en los confines de la comuna de Quinta Normal. Al pasar por la comuna del cerro Navia, por más que miré con atención no vi ningún cerro. No hice comentario de mi observación, pero los problemas con los cerros de Santiago comenzaron a inquietarme: ¡el San Cristóbal se había achicado y el Navia había desaparecido!
De vuelta en Paris, un antiguo habitante del sector cerro Navia me confirmo que en realidad no había ningún cerro. Quizás un pequeño promontorio, más pequeño que una colina lo que había dado origen al nombre y, por lo tanto, no debía inquietarme por no haberlo visto.
Las diferencias de mis impresiones en mis primeros dos viajes con el tercero, quizás puedan explicarse en la afirmación del poeta Rainer María Rilke: “La verdadera patria del hombre es la infancia”.
En mi primer viaje, como las ansias de volver a Chile se habían acumulado durante 25 años, al momento de reencontrar lo perdido, todo estaba de alguna manera impregnado por el barniz de mis sentimientos. La patria adquirida en mi infancia me hacia apreciar todo con una belleza ciertamente infantil: todo me parecía bello aún las casas más siniestras de los barrios populares.
En mi tercer viaje, no existía esas ansias de reencuentro del primero. Ya había vuelto a Chile y la realidad se imponía sin los subterfugios de los sentimientos. Miguel de Unamuno afirmaba: ”Las cosas hacen la patria tanto o más que los hombres”. Entre estas cosas están las casas que, si muchas se habían deteriorado, otras habían sido llanamente reemplazadas por grandes construcciones. Las cosas de mi pasado ya no existían. Ni siquiera la presencia de la magnífica silueta de la cordillera de los Andes que se divisaba a lo lejos, podía compensar lo perdido.
En lo que se refiere a las personas que podía observar y conversar en la calle o en algunas reuniones, con mi familia o con mis antiguos amigos y conocidos, en mi último viaje pude apreciar con tristeza los estragos causados por los 17 años de la dictadura.
Algo que, en mi primer viaje, seguramente marcado por la alegría de haber vuelto y el optimismo de los cambios que suponía iban a ocurrir, me impidió ver. El miedo, el terror, modeló la personalidad de varios de mis conocidos, por lo tanto, no es difícil  deducir que ello también ocurrió con las personas que no conocía, pero cuyas reflexiones y comentarios eran similares. Las descripciones de lo que habían sido sus vidas durante la dictadura no dejaba lugar a la duda. Mis amigos, y todos los que siguieron viviendo en Chile, pagaron un alto precio.
Desgraciadamente solo pude viajar al pasado en mi primer viaje, en el tercero me encontré con la realidad del presente.

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