CHILE, UN PAÍS CON SU MAR, SU CORDILLERA, EL VERANO, LA PLAYA, EL FESTIVAL DE VIÑA Y SUS INCENDIOS.

Si no fueran tan trágicas las consecuencias tanto en lo que se refiere a personas muertas o heridas, como a destrucción de viviendas y de inmensas porciones de lo que es la riqueza de la Naturaleza, pareciera que los incendios forestales han pasado a ser en Chile algo tan normal que puede repetirse cada año, como el Festival de Viña o las vacaciones.
Y valga esta última comparación pues, hay que ver como a partir de comienzos de noviembre, con los primeros calores y los programas idiotas de la televisión que especulan sobre tal o cual artista que estará en Viña, las pantallas van llenándose con el terrible pero fastuoso espectáculo de grandes porciones de bosques presa de las llamas.
El escenario que sigue será una y otra vez siempre el mismo:
Fuegos aún más extensos que en el año anterior, más bomberos llegados de lugares cada vez más alejados del sitio del siniestro, imágenes de personas que ven impotentes como arden sus viviendas o que lloran a sus muertos, plantas y animales que forman esa riqueza natural que no se acumula en bancos extranjeros, destruidos para siempre.
Luego, el segundo acto, el de las autoridades, de todos los niveles, presentes con gesto grave y compungido entre restos humeantes, vestidos para la ocasión con una tenida informal y un casco de obrero.
Se presentan rodeados con un séquito colocado en segundo plano, para dejar que, junto a ellos como protagonistas, llegue una señora, de preferencia anciana, humilde y llorosa, para que ser consolada con gesto paternal ante las cámaras.
El desenlace igual: las afirmaciones rotundas de que ya se han tomado todas las medidas para evitar que esto vuelva a repetirse, que se han ordenado los estudios correspondientes y asignado los fondos necesarios, que se reconstruirá en el más breve plazo y, lo más importantes, los responsables de la tragedia sufrirán todo el peso de la ley.
Para este último papel, el del responsable, el perfil ya esta determinado de antemano, en general el de un pobre diablo que encendió un fuego donde no debía para comerse un asado o, un tarado con tendencias pirómanas, pero que pasará a tener una participación de primer orden en el drama.
Él será el encargado de atraer toda la atención sobre sí para que se mantengan entre bambalinas, lo que corresponde a la dirección y la producción de la tragedia, es decir los que tienen los intereses, aportaron los medios y crearon la condiciones para que esta se llevara a cabo.
En Chile, en 1974 un decreto de la Dictadura permitió que dos grupos económicos – Matta y Angelini -concentraran la mayor parte de la industria forestal, lo que significó la destrucción de grandes territorios de bosque nativo para remplazado por plantaciones de pinos y eucaliptus, grandes consumidores de agua y con gran contenido de resina que facilita la combustión. Pero, sobre todo, mucho más rentables.
Como es fácil imaginar, el decreto firmado en 1974 tenía un objetivo declarado de “eficiencia” y “modernización” de la industria maderera, dicho en otras palabras, hacer que los accionistas de las dos grandes compañías de este sector Forestal Arauco y CMPC se forraran, dentro del marco de toda la política económica de la dictadura y los Chicago Boys.
Que de esto resultara la destrucción de la naturaleza, su fauna y su flora, el fuego arrasando grandes porciones del territorio que pertenece a todos los chilenos y a los pueblos originarios, que la gente perdiese los esfuerzos de toda una vida o que muriese, cuestiones secundarias comparado al que grupos como Matte y Angelini aumentasen más y más su riqueza.
Y así va Chile cada año, con su verano, sus vacaciones, el festival de Viña y sus incendios.
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