HAY MOMENTOS DE LA HISTORIA QUE NO ADMITEN INDIFERENCIA

El 22 de febrero de 1990 se decretó la disolución de la CNI, la Central Nacional de Informaciones, uno de los organismos más oscuros del aparato represivo de la dictadura chilena. No fue solo el cierre de una institución: fue el reconocimiento tardío de un sistema construido para vigilar, castigar y eliminar al disenso.
La CNI operó como una maquinaria del miedo. Su poder no se limitó a la persecución directa, sino que se extendió a la vida cotidiana, al silencio forzado, a la desconfianza entre personas, al quiebre de comunidades completas. Durante años, la violencia se administró como política, y los derechos humanos fueron tratados como un obstáculo prescindible.
La disolución de la CNI marcó un punto de inflexión en la transición democrática, pero no significó justicia inmediata ni reparación suficiente. Muchas verdades quedaron sepultadas, muchos responsables impunes y muchas víctimas cargaron —y aún cargan— con el peso de la memoria y el dolor. Por eso recordar este hito no es un ejercicio del pasado: es una exigencia del presente.
Hablar hoy de justicia social implica asumir que no puede haber desarrollo, paz ni democracia real sin verdad, sin memoria y sin garantías de no repetición. La justicia social también es memoria histórica, es el derecho a saber qué ocurrió, a nombrar lo que fue silenciado y a rechazar cualquier forma de negacionismo.
En Chile, la memoria no es un lujo ni una consigna: es una tarea permanente. Recordar la disolución de la CNI es recordar por qué los derechos humanos deben ser un límite infranqueable para cualquier poder, ayer y hoy.Leer nuestra historia, revisitarla críticamente y transmitirla a nuevas generaciones es parte de esa responsabilidad colectiva. La memoria se construye también desde los libros, desde la reflexión y desde el diálogo.
Porque sin memoria no hay justicia.
Y sin justicia, no hay futuro compartido.
LOM Ediciones
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