DECENAS DE MILES MANIFIESTAN EN COMUNA VECINA A PARÍS EN APOYO DE ALCALDE NEGRO Y COMUNISTA, VÍCTIMA DEL RACISMO

El 4 de abril pasado, en una de las comunas vecinas a París – Saint Denis – tuvo lugar uno de esos acontecimientos que renuevan el entusiasmo y la determinación de todos los que luchan contra fascismo y el racismo y, a un chileno como yo que se apresta a cumplir veinte años por cuarta vez, le hizo evocar otros grandes momentos de fervor popular, como los de un lejano 4 de septiembre de 1970.
Ese día, decenas de miles se congregaron en el frontis de la Municipalidad de Saint Denis para manifestar su apoyo al nuevo alcalde, Bally Bagayoko, objeto de los más abyectos ataques racistas de la derecha y los fachos franceses, alentados por un clima alentado por los medios y frente al cual las autoridades manifiestamente hacen la vista gorda.
A ojos de los fachos, el alcalde Bagayoko presenta todas las condiciones que lo hacen insoportable y les da razón para asimilarlo a un mono, a un salvaje o a un ser inferior: es negro, comunista y representó a La France Insoumise, el movimiento punta de lanza de la izquierda distinta de la “gauche caviar”, versión francesa de la “izquierda ontherocks” chilena.
En aquel domingo, varias horas antes del momento en que se iniciaría la manifestación, en la puerta de París de donde parten las avenidas que llevan al norte y a la vecina Saint Denis, había ya ese ambiente de fiesta, de camaradería y de sonrisas cómplices que se genera cuando una insignia, un cartel hacen adivinar existe entre las personas una comunidad de ideales.
Ese mismo ambiente se veía en la línea del metro que desde París va hasta pleno centro de Saint Denis y junto al lugar de la manifestación: los vagones iban repletos con personas que cantaban, gritaban consignas o agitaban banderas y carteles alusivos.
Pura coincidencia, en ese mismo momento el metro sufrió un desperfecto y el servicio quedó suspendido a partir de una estación situada a unos cinco kilómetros de la parada vecina al lugar de la manifestación.
Esto no fue motivo para desalentar a los iban a participar al mitin y pronto, espontáneamente, se formaron columnas que fueron recorriendo la distancia y, por su sola presencia, fueron dando a conocer a lo largo del recorrido, los motivos de la manifestación.
En todo ese ambiente, un hecho que demostraba el espíritu que existía en ese momento más allá de la manifestación:
El chofer de un bus urbano, un poco como los del Transantiago, que se dirigía fuera de servicio hacia el depósito, se detuvo espontáneamente al lado de una parada donde un gran número de personas se había detenido para descansar.
¿Vais a la manifestación en apoyo al alcalde? ¡Vamos yo los llevo a todos!
Y no era el único, pues en el camino se encontró con un colega que no conocía la ruta por lo que los dos llegaron hasta el lugar de la manifestación en pequeña columna para dejar a un nuevo centenar de participantes que llegaron cantando las mismas consignas y enarbolando los carteles alusivos que se habían visto durante el recorrido en el bus.
Después de los discursos y al culminar el acto, el lugar y todo el centro de la ciudad, sus terrazas de café y sus restaurantes se transformaron en el escenario de un gran carnaval donde se mezclaron los tam-tam con La Marsellaise o la Internacional cantadas espontáneamente y, como ocurre cada vez se escuchó “El pueblo unido…”esta vez con un marcado acento francés.
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