Chile – Herencia de una dictadura

CHOCLONES Y CARNEROS DE AYER Y DE HOY

cédula única fue un paso de primera importancia para asegurar que la voluntad de los ciudadanos en la designación democrática de las autoridades se expresara de manera fidedigna y sin injerencias externas.
Sin embargo, sesenta años más tarde y a la luz de los resultados de los últimos comicios celebrados en el país, con resultados tan absurdos como la elección a la cabeza del Estado de un heredero de una dictadura, cabe preguntarse si aquel sistema sigue siendo eficaz para evitar injerencias y el falseo de la real voluntad popular.
Un poco de historia.
Hasta la promulgación de la ley Nº 12.889 en 1958, en Chile en el marco de ese gran acontecimiento democrático que son las elecciones, presidenciales, parlamentarias o comunales, cada partido político imprimía sus propias cédulas lo que, como es fácil imaginar daba lugar a todo tipo de fraudes.
El elector que, actuando según las modalidades del sistema, estaba dispuesto o era obligado a renunciar a su libertad de elector y llamado popularmente “carnero”, obtenía la papeleta del candidato por el que debía votar, en el “choclón” como se llamaba popularmente al local partidario correspondiente.
Una vez en el local de votación, el “carnero”, como cualquier otro ciudadano, recibía un sobre oficial dentro del cual depositaba la papeleta que le habían entregado, antes de depositar todo en la urna.
Como las papeletas tenían formatos, colores o tamaños distintos, era posible verificar indirectamente por quién había votado una persona para ser después ser remunerada, si había cumplido con el trato, ya sea en dinero o, a menudo, simplemente con una empanada o un vaso de tinto.
Como es fácil imaginar, este tipo de manipulación requería disponer de fondos y no es casualidad que eran sobre todo los partidos de derechas los que lo utilizaban regular y masivamente.
Mediante el sistema de cédula única, entregada al ciudadano por el servicio electoral estatal, para ir a aislarse a una cámara secreta, debiendo marcar la preferencia con un tipo de lápiz específico, en una papeleta que debía ser plegada de una manera determinada antes de ser depositada en la urna, se puso atajo a todos los fraudes y cohechos anteriores.
Más de sesenta años más tarde, ante la imposibilidad del fraude y el cohecho en el lugar mismo de la votación, estos se han adaptado conforme al desarrollo técnico, siendo la injerencia para determinar la voluntad del ciudadano perfeccionada y mucho mayor en volumen que antes de 1958, cuando era más burda y directa.
El “carnero” ya no necesita ir a sufragar con una papeleta que se le entrega previamente designada para que vote por un candidato determinado, la preferencia electoral la lleva grabada ya en el cerebro y de manera subconsciente.
En esta nueva realidad, son los medios, principalmente la televisión, las redes sociales, las encuestas, la publicidad, las campañas de manipulación y desinformación las que juegan el papel del antiguo “choclón”, donde, de manera muy sutil, se instruye y se dan los medios al “carnero” para que vote incluso y generalmente, contra sus propios intereses.
Baste comprobar a quien pertenecen todos los elementos ante citados para ver que el sistema que se conoce como democrático, tal como está organizado actualmente es una farsa, pues concebido para que sean y sigan siendo los poderosos los que benefician de él y el resto, que se vaya a la mierda con sus ilusiones y sus sueños de que son libres.

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