Internacional – Mundial de Fútbol

FRENTE A LOS CAMPEONES ESPAÑOLES, TRUMP, UN FIGURANTE DE CUARTA CATEGORÍA

Hay espectáculos que tienen más valor de todos los tratados de filosofía.
Por ejemplo, cuando se ve a Donald Trump en la Casa Blanca o en algún palacio presidencial, cuando recibe los homenajes prudentes y a menudo serviles de jefes de Estado, y verlo después en el estadio, en la final del Mundial, puesto al nivel de decorado de segundo orden por un puñado de futbolistas.
¡Qué gran lección de lo que es el poder ¡
 Ante Trump, los presidentes miden cada una de sus palabras. Sonríen con cortesía a menudo forzada, aguantan los comentarios mordaces e irónicos y, bien a su pesar, se prestan a este espectáculo donde el ego del más fuerte se convierte casi en una institución.
No porque estén seducidos por el hombre, sino porque conocen lo despiadado de las relaciones de poder.
No se inclinan ante una personalidad, se inclinan ante la capacidad de un solo hombre a conmocionar los mercados, a cambiar el diseño de las alianzas, a imponer sanciones o a trastocar el destino de millones de individuos.
Entonces, el respeto no es más que una manera distinta de lo que se llama la prudencia.
Y entonces llega la final de un Mundial de fútbol y el decorado se transforma con una ironía terrible.
Los futbolistas no suplican la mirada del hombre más poderoso del planeta, es él que busca la de ellos.
No solicitan ni su aprobación ni su bendición.
Apenas si le dan la mano de manera ausente, como cuando se saluda a un personaje de segundo orden.
Ocurre que la política produce obediencia y el deporte genera idolatría y estas dos formas de dominación no se rigen por las mismas leyes.
La sicología de masas lo explica:
El jefe de Estado reina sobre las instituciones, el campeón reina sobre las emociones; uno gobierna administraciones, el otro sobre la imaginación y esta última tiene un valor inestimable.
Donald Trump puede obligar a gobiernos, pero no puede obligar a que lo ovacionen.
 Puede obtener firmas, pero no el fervor.
Puede provocar miedo, pero no puede decretar el amor, el éxtasis colectivo y la comunión mundial.
He aquí entonces todo lo cruel de la escena.
Los jefes de Estado tratan a Trump con la prudencia que se le otorga a quien puede dañarlos. Los futbolistas, lo tratan con la desfachatez que se reserva para aquel que no le puede dar nada. La gloria está en su apogeo y durante algunas horas poseen aquello que incluso los dirigentes más poderosos no podrían comprar: la imaginación del mundo.
Hay aquí una inversión casi irónica de la pirámide social. En las cumbres internacionales, Trump distribuye las humillaciones con soberana displicencia, en el estadio de una final del MundiaI, es él el que está buscando una mirada, una sonrisa una fotografía.
El poder político hace temblar a los hombres, la gloria los hace soñar y en la economía secreta de las pasiones humanas, a menudo y, al fin y al cabo, el que hace soñar termina por dominar al que sólo da miedo gracias a su función política que es siempre efímera.



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