Chile

A PROPÓSITO DEL PROYECTO SOBRE EL ABORTO DE UN DIPUTADO DE NOMBRE QUE RIMA CON DIARREA

“Si consideramos que el aborto es un asesinato, debemos aceptar que la paja es un genocidio”
Mahmud Al-Jaluf,  filósofo persa del siglo XI

Cuando un obscuro personaje público y sin mucha envergadura trata de llamar la atención para que no se olviden de él, nada mejor que referirse a un tema por debajo de la cintura que, sabe de antemano, provocará escándalo, al tiempo de aliviarle de lo que parece ser una “tranca” de esas místico sexuales que aparecen a veces en la adolescencia y que, en algunos casos, no se superan nunca.
Después de haberse hecho notar antes, por asimilar la homosexualidad a la pedofilia, el personaje aludido, que no nombraremos, pero que tiene uno de esos apellidos vascos que parecen trabalenguas y que riman con diarrea, presentó ahora un proyecto de ley para reducir aún más el limitado derecho al aborto que existe en Chile y, sobre todo, proponer contra este, penas de prisión aún más duras.
Y como si esto fuese poco, el diputado se permitió fundamentarlo con chorradas como el que “una mujer que ha sido violada y aborta, no se ’desviola’ ni física ni moralmente » o, en una manifestación de ignorancia aún mayor, asegurar que para que haya embarazo debido a una violación, esta tiene que ser repetida, dejando a entender que si una mujer es violada repetidamente, es porque le tomó gusto…
La legislación sobre el aborto en Chile, cuando dejó de ser una cuestión tabú, fue abordada y establecida dentro de un trasfondo marcadamente moral, judicial, muy raramente como una cuestión de salud pública y, menos aún, social y de clase. De ahí sus limitaciones.
Según algunos estudios sociológicos referidos a los motivos que determinaron el rechazo del proyecto de Constitución, entre estos estaría la campaña del terror y de falsas noticias de la derecha en la que el derecho de toda persona a disponer libremente de su cuerpo fue presentado y luego, aceptado y considerado como si se tratara poco menos de hacer del aborto un deporte nacional.
Por supuesto, este estado de cosas sólo puede entenderse en el contexto de una sociedad como la chilena, patriarcal, machista, misógina, hipócrita y clasista, donde no se puede obviar la influencia secular de una cultura religiosa como la católica.
El aborto, “raspaje” o “cuchareo”, fue algo que, en Chile como, en otros lugares del mundo, se practica y se ha practicado regularmente a pesar de las penas del infierno prometidas por la Iglesia y la cárcel aplicada por los Estados.
Evidentemente no en las mismas condiciones ni con las mismas consecuencias.
La señorita decente que – nada más normal – se echó un polvo con el pololo y que quedó embarazada, puede en general contar con los medios para pagar una clínica (estas no faltan ni han faltado), para hacerse el “raspaje” en condiciones seguras y evitar quedar marcada a vida como “madre soltera”.
 En las mismas circunstancias, la “cabra de la pobla”, también en general, no tendrá más remedio que recurrír a una señora, comadre de una amiga  que, le dijeron, arreglaba este tipo de problema. Como el palillo de tejer estaba sucio, sufrió una infección, fue a parar a la Posta y de ahí después de unos trámites que no comprendió, directamente a la cárcel.
Los fundamentos del proyecto presentado por el diputado de nombre algo así como Ytugonorrea son, como es de imaginar, los de los sectores más reaccionarios de la iglesia Católica, del Opus Dei y de las organizaciones autodenominadas Pro Vida, según las cuales el aborto sería el asesinato de un ser inocente en el vientre de su madre.
Como es de imaginar, este argumento no tiene ninguna base científica y se funda exclusivamente en dogmas que sólo deberían concernir a la iglesia Católica y a sus fieles y, en la interpretación bastante subjetiva de los textos bíblicos y de los escritos de los principales padres teólogos de la iglesia Católica, no siempre de acuerdo entre ellos.
Cuestión fundamental fue y es la de considerar el momento en que hay un ser humano propiamente tal en el vientre de una mujer encinta y cuya eliminación sería en consecuencia, un homicidio.
Durante buena parte de los primeros siglos del cristianismo, la cuestión estuvo marcada por la idea de los filósofos griegos en el sentido que el feto adquiría una condición humana mucho después de la fecundación, concepto sostenido en el siglo V, nada menos que por San Agustín y, ocho siglos más tarde por el no menos importante Santo Tomás de Aquino.
Sólo fue en 1869 que el teólogo Jean Gury introdujo la idea de que la condición humana se adquiría a partir de la fecundación y que, por lo tanto el aborto, en cualquier, momento implicaba un homicidio.
El papa de entonces, Pío IX, que no era precisamente un revolucionario, adhirió plenamente a esta opción, dentro del marco de una serie de medidas litúrgicas (desarrollo del culto mariano, infalibilidad del Papa) en un momento en que la iglesia Católica enfrentaba un difícil momento político en el contexto de la unificación italiana.
No obstante, aún en nuestros días, la posición de la Iglesia al respecto sigue apareciendo contradictoria, pues, como ejemplos entre otros, no siempre se bautiza a los fetos en caso de aborto espontáneo, como tampoco se da la extremaunción o se celebra misa de difuntos en honor a los niños nacidos muertos al término del embarazo.
Tradicionalmente, el aborto fue condenado por la iglesia Católica en la idea de que el sexo implica pecado, que el sexo por el placer y, peor aún, con una mujer considerada como cómplice del demonio, merece ser condenado, salvo cuando no hay más opción para la recreación. Elementos que dejan aún más en claro el criterio que pretenden imponer individuos como el diputado Ytugonorrea.
Criterio con el que, si bien dicen condenar la muerte de una supuesta vida en el vientre de una mujer, no les ha impedido preconizar, defender y justificar el fusilamiento, el lanzamiento al mar, el degollamiento, sin olvidar la tortura previa, de seres sobre cuya condición humana no cabía ni la más mínima duda, so pretexto se trataba de  “comunistas”, “terroristas” o “subversivos” .

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