Brasil

MAS VALE CELEBRAR UN EMPATE, QUE LLORAR UNA DERROTA

Imágenes de Lula y Bolsonaro Foto: EFE

Lula ganó las elecciones presidenciales en Brasil. Por poco, apenas un punto porcentual, pero algo es algo y, lo que es lo más importante, derrotó en las urnas a ese monstruo fascista llamado Jair Bolsonaro, amigo íntimo de ese otro engendro llamado Donald Trump. Así, las calles de las grandes ciudades brasileñas se llenaron de gentes que pudieron bailar la samba y cantar a voz en cuello “O povo unido”.
De su lado, entusiasmados comentaristas pudieron anunciar el advenimiento de un nuevo ciclo en Latinoamérica y la evidente y pronta formación de un bloque “progresista”, lo máximo que se puede pedir en estos tiempos, cuando decir “revolucionario” suena más pasado de moda que hablar de “vitrola” de”Pecos Bill”, por un pantalón vaquero o decir que se va al “biógrafo”.
No obstante, una vez terminadas las celebraciones, después de haber dormido y de haber mejorado la “caña mala”, valdría la pena comenzar a hacerse ciertas preguntas de vuelta hacia un pasado reciente y, sin duda lo más importante, de aquí a cuatro años y, si para las próximas elecciones en Brasil, tendremos razones para felicitarnos.
Desgraciadamente, este cuasi empate y los resultados en favor del bolsonarismo que arrojó la primera vuelta en cuanto a gobernadores y parlamentarios, a pesar del amplísimo Frente amplio que incluyó a moros y cristianos, industriales, empresarios social demócratas y neoliberales, señalan que la extrema derecha está bien instalada y dispuesta a mantenerse.
En este mismo sentido, la composición de este Frente-amplio-bien-amplio sobre el que se apoyó y debería apoyarse Lula para su gestión como mandatario, le deja un muy estrecho margen de maniobra para desarrollar un programa mínimamente “progresista” que esperan, sobre todo, las clases populares que votaron por él y, que se supone representa.
“Díme con quién andas y te diré quién eres”, dicen por ahí y, a este respecto, nada más que la dupla que formó con Geraldo Alckmin, ahora su vicepresidente, sobre la base del pedigrée  y de la trayectoria de este, deja abiertas todas las conjeturas.
Católico ferviente y, sobre todo miembro del Opus Dei, a través del PSDB (Partido social-demócrata de Brasil), Alckmin apoyó al gobierno de Michel Temer que asumió después del golpe blanco contra Dilma Roussef, (2016), siendo partidario de reformas liberales para disminuir el papel del Estado y en beneficio del mercado.
Otro gran aliado de marca de Lula es el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, otrora activo resistente contra la dictadura militar brasileña, lo que le valió estar exiliado en Chile. Pero, tal como ocurre a veces con otros rebeldes, creció, maduró, se puso serio y dejó de lado todas esas locuras de juventud, hasta convertirse en presidente de Brasil, adquirir experiencia y ser actualmente un buen neoliberal.
En este contexto de buenas relaciones, cabe destacar la reunión que el propio Lula sostuvo el 21 de septiembre con el encargado de negocios de la embajada de Estados Unidos en Brasil, Douglas Koneff, interpretada como un gesto de apoyo de parte de la administración de Joe Biden.
Este apoyo de la actual administración norteamericana puede entenderse en el contexto de las relaciones de Jair Bolsonaro con Donald Trump y sus posiciones extremistas y golpistas en Estados Unidos, pero también en la orientación que los intereses económicos brasileños y multinacionales esperan de Lula.
En realidad, los grandes patrones de Brasil poco deben temer de Lula y del Partido de los Trabajadores si se tiene en cuenta la política económica que fue la de sus gobiernos anteriores, de 2003 a 2006 y de 2007 a 2010 e, incluso el de Dilma Roussef, entre 2011 hasta su destitución en 2016, con el apoyo incluso de algunos de los que hoy están junto  al recién electo presidente.
En dichos períodos la gestión gubernamental estuvo lejos de aplicar el programa de redistribución socio-económica de las riquezas que había anunciado el Partido de los Trabajadores y, por el contrario, se siguió la línea de corte liberal de los gobiernos anteriores, se dejó de lado las relaciones con los movimiento sociales y se buscó atraer a las transnacionales para invertir en el país.
Haciendo un paralelo con lo que ocurrió en Chile a fines de los años 80 y tal como ocurrió con Pinochet, Jair Bolsonaro, a pesar de ser un paradigma del neoliberalismo, superó los límites de lo permitido para transformarse en un obstáculo para el desarrollo cabal del sistema que representaba.
Desde este punto de vista, Lula aparece como el hombre que contando con el apoyo popular de que aún dispone, puede calmar las tensiones sociales y hacer digerir de mejor forma una política neoliberal bajo su imagen de “progresista”.
Desgraciadamente y tal como ha quedado demostrado y sigue demostrándose en la historia reciente, las frustraciones que genera el que un gobierno electo bajo una etiqueta progresista o de izquierdas aplique una política de derechas, genera no una reacción revolucionaria sino, bien al contrario, la desesperación y la opción ilusoria del fascismo.
Por el momento, consideremos que en Brasil ganó Lula y que, frente a la realidad de los resultados, algo es algo y más vale celebrar un empate que llorar una derrota.

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