Chile – Miguel Enríquez

por Héctor Zavala

Miguel Enriquez junto a otros dirigentes del Mir y de la Unidad Popular durante los funerales de Luciano Cruz – Agosto de 1971

Era el año 1971 en Chile, primer año del Gobierno de la Unidad Popular bajo la conducción de Salvador Allende. El pueblo, los desfavorecidos constataban que una mejor vida era posible. La dinámica del proceso comenzaba a cambiar profundamente el país.
En esta época, el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR), joven organización política con apenas cinco años de existencia, se encontró sumergida en una situación pre-revolucionaria. El Partido se abrió para desarrollar un trabajo de carácter político con el fin de compartir con los pobladores, trabajadores y estudiantes el empuje colectivo hacia otra sociedad.
Y durante este período rico en acontecimientos, una triste noticia sacudió nuestra organización: Luciano Cruz, líder nacional del MIR falleció accidentalmente. Este deceso estuvo al origen de la decisión de la Dirección del MIR de crear un dispositivo de seguridad para sus dirigentes con seis militantes del Partido, quienes habíamos hecho parte del Dispositivo de seguridad del Dr. Salvador Allende ; dispositivo conocido como GAP (Grupo de Amigos Personales)
Fue así, como fui designado como ayudante y encargado de seguridad de Miguel, Secretario general de la Comisión Política del MIR. Esta designación me permitió conocerlo y compartir con él, casi 24h/24h, ese periodo agitado en Chile y además conocer a los otros dirigentes de la dirección del MIR.
Así comenzó una tarea difícil porque no teníamos los medios para cumplirla plenamente. Pero, a pesar de ello, comprendimos que era absolutamente necesario, aún si ello nos obligaba a colocar en segundo plano nuestra vida « normal » y familiar. Evidentemente, eso dejó huellas en nuestras existencias.
Pude conocer su pequeño entorno, su hija Javiera (dos años en la época), su compañera Carmen (Ximena), su temperamento, su ritmo de vida y sus preocupaciones en relación con su familia y la situación en Chile.
Su ritmo de trabajo era muy intenso, compartido en reuniones, desplazamientos con una notable capacidad de entrega. Sus jornadas de trabajo se prolongaban tarde en la noche, regresando a casa, casi siempre alrededor de las 2h de la madrugada. Algunas veces, él me pedía el volante del auto, diciéndome que eso lo relajaba …, aunque sabemos como conducían los chilenos en la época en Santiago. Ello también, me permitía relajarme, pues para conducir yo tenía que estar concentrado. La responsabilidad era grande y recién venía de terminar un curso super-acelerado de conducción controlado por otro miembro de la Dirección.
Nuestros momentos de conversación durante los trayectos y en las horas de descanso permitieron un intercambio en función de las circunstancias y de la situación de semi-clandestinidad.
Miguel estuvo muy afectado por las consecuencias de esta situación en su vida familiar. A pesar del torbellino de acontecimientos en el período, encontraba preciosos momentos para compartir con su hija Javiera. Era bien evidente su transformación, producida por la presencia de su pequeña hija en la complicada situación de semi-clandestinidad.
Fui testigo, también, de los momentos de ternura procurados por su « compañera Ximena », Carmen, quien permaneció junto a él hasta aquel día de octubre de 1974.
En la relación que él mantenía con los otros miembros de la Comisión Política, fui bastante impresionado por el espíritu de camaradería existente entre ellos. Aún en situaciones delicadas, Miguel ponía una nota de humor, como fue el caso después de los errores cometidos por algunos militantes en Rancagua y Curimón. Errores, que él calificó como nuestros « Desastre de Rancagua » y « Desastre de Curimón », en alusión a la situación provocada por la derrota en Rancagua sufrida por nuestros Padres de la Patria durante la Revolución de 1810 vis a vis de la España. Por supuesto, no es el mismo nivel de problemas pero, para nosotros, fue muy importante, puesto que ello ocurrió en un período difícil, y ello permitió que nuestros adversarios nos golpearan sin escrúpulos.
En una de las ocasiones que lo vi muy serio y preocupado, fue el día donde tuvimos que enfrentar las presiones ejercidas por el sector más conservador de la Unidad Popular, quien había lanzado – por intermedio de la Policía política – varios allanamientos en los antiguos domicilios de Miguel y en las poblaciones donde el MIR tenía una presencia política importante (Campamentos Nueva Habana y Lo Hermida). Ello motivó una inesperada alerta roja y la implementación de las medidas de seguridad adecuadas al nivel de alerta.
La explicación de esta presión estaba en las acciones y críticas que el MIR hacía respecto de ciertas medidas del gobierno de la Unidad Popular, críticas que concernían, entre otras, las reivindicaciones del Pueblo Mapuche. Fui testigo de varias conversaciones de dirigentes del MIR con dirigentes de la Unidad Popular para arreglar la situación, pero que no aportaron los frutos deseados. Fue el Dr. Allende quien intervino personalmente para superar esa situación, pero lo más notable fue la madurez con que Miguel y los otros dirigentes la enfrentaron. Además, supo transmitir al resto del MIR la serenidad que la situación exigía. Esto no dañó el proceso en curso, pero las características de nuestro trabajo cambiaron durante el período.
Su manera de vivir, de vestirse, su rapidez al hablar, eran motivos de sorpresa, de admiración y también de bromas. Sus colegas de la Comisión Política lo molestaban, entre otras « tallas », por su famoso « chaquetón azul ». Y entonces, por curiosidad y broma, ellos me preguntaban, sobre todo, si él dormía con el chaquetón puesto…
El también, se burlaba de ellos, amigablemente, de las tribulaciones que otros miembros de la Comisión Política, enfrentaron cuando debían hablar en público. En 1972, los Cordones industriales de Santiago, solicitaron a nuestros dirigentes con el fin de conocer nuestras ideas y nuestra posición en relación con el proceso que se estaba viviendo. Como nuestros principales dirigentes estaban ya comprometidos en otros cordones y otros sindicatos, era necesario que otros miembros de la Dirección, Humberto Sotomayor y Arturo Villabela, hicieran su propia experiencia también. Y es así, que se encontraban en calidad de aprendices delante de los obreros en los sindicatos de dichos Cordones. Miguel los llamaba los « Demóstenes » para destacar sus cualidades de oradores …
A pesar de los torbellinos de esos días agitados, estaba preocupado por la evolución del equipo de ayudantes y de seguridad y trató de estar disponible para hablar de diferentes sujetos y responder a nuestras inquietudes sobre la experiencia en curso en Chile. Fue así que nos habló de la experiencia revolucionaria alemana de 1919 de Carlos Liebneck y Rosa Luxemburgo (esto a propósito de la presión ejercida al MIR en 1971). Nos hablaba  también de la Revolución Francesa, de sus líderes Robespierre, Saint Just, Danton (tenía un retrato de Robespierre en su casa) y de las experiencias de lucha en América Latina.
Una noche de 1972, pude constatar son espíritu de decisión y resolución, cuando tuvimos la ocasión de encontrar, por azar,a Pablo Rodríguez, líder del grupo de extrema derecha « Patria y Libertad », quien creaba, en ese entonces, muchos problemas al gobierno. En el barrio alto de Santiago, tarde ya, llegó en auto a la altura de un semáforo donde nosotros estábamos detenidos. Rodríguez se rindió cuenta de nuestros movimientos al interior de nuestro auto y escapó a toda velocidad. Éramos tres en un auto pequeño, lo seguimos, pero finalmente lo perdimos pues su auto era más potente que el nuestro. Lo buscamos largamente en el sector, sin encontrarlo. Si lo hubiéramos capturado, tal vez, las cosas hubieran evolucionado de manera diferente. Yo digo, tal vez…De profesión abogado, años más tarde, Pablo Rodríguez fue el principal defensor de Pinochet en el proceso judicial establecido en Chile.
Concerniendo América Latina y los otros Movimientos revolucionarios, fui testigo de su visión continental de la Revolución, cuando implementó la creación de la Junta de Coordinación revolucionaria del Cono Sur (JCR) y cuando nuestra organización acogió a militantes bolivianos quienes escaparon de un golpe de Estado en Bolivia en 1971. Miguel siguió de cerca esa acogida y solidaridad y en los hechos, fue el continuador de las tradiciones latinoamericanas de solidaridad entre los movimientos revolucionarios, de las cuales una de las expresiones más significativas fue la participación del Che Guevara y de otros combatientes internacionalistas en la experiencia boliviana de 1967. Y en el nombre de esos mismos principios, apoyamos también al MLN Tupamaros de Uruguay y al ERP de Argentina. Ellos, más tarde, nos acordaron su solidaridad, así como aquella acordada por la Revolución Cubana.
Hoy la realidad es completamente diferente de aquella que soñamos en 1970. Los militares transfirieron el poder a los civiles, dejando un país completamente amarrado en una transición que se prolonga indefinidamente. Las acciones y experiencias que desarrolló el MIR, así como las otras organizaciones como el Movimiento Juvenil « Lautaro » y el Frente Patriótico « Manuel Rodríguez » contribuyeron de manera importante y decisiva al término del período dictatorial.
Después del Golpe militar, Miguel permaneció en Chile para organizar y hacer avanzar la Resistencia contra la dictadura militar y es así como quedó en el camino junto a otros compañeros, quienes como él pagaron con sus vidas la audaz entrada en la Historia.
Hoy, constatamos que las ideas de Miguel, la herencia del MIR y de los resistentes de las otras organizaciones, son asumidas y reivindicadas por una nueva generación quien está haciendo frente al sistema y al modo de vida en vigor actualmente. La Revuelta Social de 2019 habla bien de ello. Y aquí hay una deuda a saldar y es la necesaria Rehabilitación de la Resistencia.
Lo más significativo de su existencia es su ejemplo de coherencia entre pensamiento y acción política. Ernesto Guevara, el Ché, decía que la « mejor manera de decir, es hacer », es decir …actuar.
Un día, hablando del Ché, Miguel dijo las palabras siguientes: « Más allá de la muerte, él (Ché) continuará a luchar con nosotros. Su ejemplo conducirá nuestras acciones revolucionarias. Aún su muerte, luchando, nos entrega enseñanzas, nos da un ejemplo que ninguno de nosotros podrá olvidar ».
Estas palabras están destinadas también, hoy, para Miguel.

Héctor Zavala Leiva (Rigo Araneda)                                       París, octubre de 2022 

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