Primer año de gobierno de Boric
“¡VAS A VOLVER DEPRIMIDO DE ESE PAÍS DE MIERDA…!”
por Fernando Maignant
Después de nueve años sin ir a Chile y con la idea siempre pendiente de volver, las referencias de muchos de los que han estado allí recientemente, sumadas a las de otros tantos que viven en el país y con los que mantengo vínculos, no pueden ser sino desalentadoras.
“No vayas, no vale la pena, Chile está convertido en un país de mierda, vas a volver deprimido…” es el tenor de casi todos los comentarios en respuesta a mi solicitud de informaciones.
Los que ven o han visto la situación con una mirada más analítica, me dirán que lo que reina en el ambiente de nuestros afines políticos es el desencanto, la desmovilización y el deseo y la voluntad “de irse para la casa”.
No se necesita ser muy avispado para comprender que buena parte del origen de este estado de ánimo está el resultado del plebiscito del 4 de septiembre último, que rechazó el proyecto de Nueva Constitución elaborado por la Convención constituyente.
Sin embargo, en momentos en que el gobierno de Gabriel Boric cumple un año de mandato y en que resulta obvio hacer un balance, sería deshonesto echarle toda la culpa al empedrado del rechazo.
Mirando no muy lejos hacia atrás en el tiempo, resulta casi evidente que fueron más circunstancias de forma y de imagen que de fondo político, las que determinaron la elección de Boric a la Presidencia.
En este sentido, no cabe sino reconocer la maestría con que este y su círculo más cercano supieron mantener la imagen de jóvenes líderes estudiantiles críticos que se forjaron en 2011, en los entonces 20 años de gobiernos post-dictadura.
Ni siquiera la participación personal y afirmada de Boric en el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución, durante el estallido social de octubre de 2019, salvavidas de Piñera y herramienta de división y desmovilización, fue suficiente para opacar su antigua imagen de joven rebelde.
Fue arropado con ésta, que en las presidenciales de 2021 jugó a ser la única alternativa frente al más descarnado abanderado de los nostálgicos de la Dictadura, sobre todo en la segunda vuelta al presentarse con la votación menor que obtuvo en la primera etapa de los comicios.
Ya electo presidente, este juego de pantalla llegó a su apoteosis al asumir el mando, cuando rompió los añejos protocolos de la ceremonia y cuando en gestos “al paso” pretendió vincularse con la figura de Salvador Allende.
Sin embargo, muy pronto los hechos dejaron en evidencia que todo esto no era sino una fachada y que su eventual proyecto progresista contaba con acomodarse con la mayoría parlamentaria conservadora más que en la búsqueda del apoyo del movimiento popular o de lo que se había manifestado durante las jornadas de octubre de 2019.
Fue así como no cumplió o desvirtuó cuestiones en las que tenía la facultad de actuar y que podrían haber marcado los espíritus en el sentido de su carácter progresista.
Tal fue el caso frente a la posibilidad de una amnistía para los prisioneros de la revuelta social o en el cumplimiento de una sus promesas de campaña en orden a reestructurar la institución de Carabineros, carcomida por la corrupción y transformada sobre todo en un instrumento de represión social.
Al mismo tiempo, iniciativas chapuceras, como fue la visita de la ministra Izquia Siches a la región de la Araucanía, apenas unos días después de iniciado el mandato, dejaron en evidencia la inexperiencia del nuevo equipo y fue la brecha por la cual se introdujo la derecha para arrinconarlo e ir aumentando las presiones.
Está claro que frente a esta ofensiva Boric, perdió una vez más la oportunidad de recurrir al apoyo político que aún mantenía en los sectores populares y de clase media. En su lugar, prefirió ir cediendo terreno y haciendo concesiones a la oposición derechista cada vez más exigente.
Los hechos muestran que apostó todas sus fuerzas en la aprobación del plebiscito de salida del proyecto de nueva Constitución que se encontraba elaborando la Convención Constitucional, organismo resultado justamente del controvertido Acuerdo por la Paz y la nueva Constitución del 15 de noviembre de 2019, al que el propio Boric había aportado su concurso.
En tales circunstancias, el voto popular por el rechazo marcó un golpe casi mortal y una primera etapa en el sometimiento del gobierno, que la derecha económica y política chilena habían buscado desde el primer momento.
Resultado de este, Boric debió reestructurar su gabinete separándose de varias figuras de su círculo más cercano para ir ya entreabriendo la puerta a figuras de esa misma Concertación que en una época tan firmemente había criticado.
El tardío indulto de un reducido número de condenados en relación al estallido social, fue aprovechado por una derecha disponiendo ya de la iniciativa política para desatar una nueva crisis, la que significó la salida de la ministra de Justicia y el debilitamiento de un proyecto de lucha contra la delincuencia y la inseguridad, dos tópicos ampliamente explotados por la misma derecha.
Siempre en esta línea de renuncia, Boric, otrora proclama enemigo de esta opción, firmó el ingreso de Chile al tratado de comercio TPP-11, que deja al país prácticamente condenado a un papel de exportador exclusivo de materias primas, en una acción que fue sabiamente adoptada casi a escondidas, evitando así las airadas reacciones populares que hubo antes contra intentos similares.
Finalmente, el rechazo por la cámara de Diputados de un proyecto de reforma tributaria con todos los recortes que ya había impuesto el empresariado y presentado por el gobierno, dejó a este sin los medios económicos y en la incapacidad de llevar adelante los proyectos de mejora social y económica para los sectores más modestos y, prácticamente limitado a una acción de administrador de los asuntos corrientes.
Como es sabido, en último término, el rechazo fue conseguido merced la abstención de tres diputadas. Una de ellas motivada por la pataleta que le provocó una disputa con un ministro y, la otra, por una razón imprecisa pero que hacen pensar en un conflicto entre su deber como parlamentaria y su ego desmedido.
Cuando el voto de una medida de tanta importancia para todos los chilenos se hace en un ambiente farandulero y de tal frivolidad, la calificación de “país de mierda” tiene buenos fundamentos.
Del mismo modo que la imperiosa necesidad de cambiarlo, como sea.
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