¿CUÁLES SON LOS LÍMITES POLÍTICAMENTE CORRECTOS
PARA ACEPTAR INVERSIONES EXTRANJERAS DIRECTAS?

Por Claudio Jedlicki
En Le Kahuin N°18, de abril pasado, tratamos del Imperialismo cuya principal forma de expansión es la inversión directa extranjera (IDE). Nos limitamos al examen del concepto desde el ángulo del país exportador de capitales. Aquí abordamos la problemática desde el punto de vista de los países receptores, principalmente los subdesarrollados donde las inversiones pueden materializarse como filiales de firmas multinacionales (FMN).
Es el caso cuando la participación de la inversión extranjera es mayoritaria, en caso contrario, si es minoritaria se trata de empresas mixtas. Cabe señalar que existen también otras formas de penetración o de presencia de las FMN, más solapadas, sin mediar necesariamente un aporte en capital.
Es el caso de empresas nacionales que operan con royalties de compañías extranjeras proporcionando la tecnología y otros modos de operar y que son remuneradas con un porcentaje de las ventas. Otra forma es la licencia, donde la empresa extranjera cede el uso de su marca y da asistencia técnica a la empresa nacional a cambio también de un porcentaje.
Una última forma que evocaremos es la subcontratación internacional, donde la empresa nacional agrega valor a componentes que importa transitoriamente de la FMN y que luego reexporta transformados, para integrarse en las cadenas de valor de la firma.
Estas son las principales, sin perjuicio de otras formas resultantes de combinaciones de las citadas.
Se puede entender entonces la inversión directa extranjera por dos razones: por su aporte en la inversión de capitales – escaso en los países subdesarrollados- y por su aporte en tecnología, escasa por el bajo nivel científico y tecnológico local.
Este par de factores son al crecimiento y al desarrollo económico lo que el pisco y el limón son al pisco sour, esenciales y determinantes.
De ahí la tendencia de prácticamente todos los países del mundo, cual sea su sistema, a recurrir a la IDE generando medidas de atracción. En las economías desarrolladas esta la constituye el desarrollo mismo, al ofrecer un mercado solvente y con expectativas de ganancias convenientes.
Cuando se trata de economías subdesarrolladas se requiere ofrecer alicientes y garantías para atraer la IDE. Recordemos que en 1921, incluso la misma URSS, se propuso acoger la IDE en el cuadro de la Nueva Política Económica (NEP). Fue adoptada bajo la conducción del “pelao”Lenin, dada la compleja situación que se atravesaba después de la Revolución, la guerra civil y la primera Guerra Mundial y abandonada luego por Stalin.
Más cerca nuestro hemos visto que la Cuba socialista ha recurrido también a la IDE, sobre todo en su sector más dinámico, el turismo.
Recordamos estos dos ejemplos, para no hablar de la República Popular China, para temperar el carácter semi sagrado que representa el justificado repudio al imperialismo en las fuerzas de progreso y el susceptible recurso a este en ciertas condiciones.
Globalmente, tendemos a condenar toda forma de presencia de los EEUU y de los ex imperios coloniales europeos, Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia en nuestros países subdesarrollados. Pero no es solo la procedencia de la IDE que nos incita a la desconfianza.
En un país en transformación, o más aún cuando se cambia de sistema y de relaciones de producción, introducir empresas capitalistas en búsqueda de plusvalía aparece, a priori, como una contradicción mayor. Se agregan otros inconvenientes que numerosos estudios han puesto en evidencia. El principal ha sido la obtención de garantías suplementarias de sobreprotección de las inversiones en los países huéspedes.
Los países inversionista han sistemáticamente aprovechado los tratados de libre comercio introduciendo cláusulas protectoras, no solo de eventuales nacionalizaciones, lo que sería entendible, pero de cualquiera medida gubernamental que pudiese afectar la rentabilidad (p.e. medidas contra la deterioración del medio ambiente que pudiesen aumentar los costos de producción ).
La cereza en el medio de la torta la constituye la exteriorización de la justicia que se aplica en caso de controversias. La justicia nacional es incompetente en la materia transfiriéndose a tribunales arbitrales privados la resolución de eventuales litigios, sin contemplar siquiera un tribunal internacional imparcial.
El prontuario erigido contra la IDE parece bastante cargado, pero así y todo, sin ser masoquistas, se puede sugerir que la IDE no es siempre desestimable, sin olvidarnos que lo que se retira en ganancias tiende, a largo plazo, a sobrepasar lo invertido y que los países inversionistas tienden a ser importadores netos de capital.
En el fondo el problema puede ser el contexto en que se hacen estas IDE:
En la inmensa mayoría de los países del Tercer Mundo las burguesías locales y/o el Estado carecen de un proyecto nacional de desarrollo. Más aún les importa poco el desarrollo, es el apetito por la ganancia rápida y sin riesgo que los caracteriza mayoritariamente.
Exportar capitales hacia paraísos fiscales acumulando ganancias es una práctica común, así como concentrarse en la finanza, el comercio interno y externo y otras acciones que no generan un producto material. Los sectores ligados al sector productivo, lo están en actividades primarias, extractivas o agrícolas a menudo orientadas hacia la exportación.
La IDE en este contexto viene a substituirse o a sumarse a las insuficiencias de los Estados y burguesías con los inconvenientes ya evocados.
Lo que nos interesa fundamentalmente es interrogarnos sobre el rol que podría jugar la IDE en un contexto totalmente distinto, el de un país en transformación social.
Por definición en este caso el Estado tiene un rol preponderante en la economía con objetivos redistributivos y de satisfacción de necesidades básicas. No se puede esperar una gran participación de la burguesía para implementar y cumplir los objetivos que se dan.
La IDE asociada al Estado aparece en esas circunstancias como una alternativa creíble. Sabiendo que los capitalistas extranjeros no comparten ni el modelo ni sus objetivos habrá que redoblar de vigilancia en esta asociación. Aceptar su costo, exclusivamente limitado a la obtención de ganancias para los inversionistas en los márgenes comúnmente admitidos. Se trata de una rentabilidad entre 5% y 10%, justificable si se considera que gracias al aporte extranjero se ha dado un salto en el desarrollo económico que de otra manera no podríamos obtener.
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