Editorial

LAS TARJETAS, EL AUTO, LAS VACACIONES EN EL EXTRANJERO,
BIEN VALEN UNOS CUANTOS MUERTOS Y DESAPARECIDOS

Cuando se cumplen 50 años del golpe de Estado que derrocó al gobierno democrático de Salvador Allende, hay más de tres chilenos de cada diez que lo justifica, hecho sin precedentes en situaciones semejantes en otros países, según los resultados conocidos ahora de una encuesta realizada en febrero.
El resultado de este estudio coincide con el momento en que la ultraderecha, partidaria y defensora del legado de Pinochet arrasó en el plebiscito para elegir los consejeros que deberán participar en la elaboración de la nueva Constitución según un proyecto que deberá presentar un colegio de “expertos”.
Para los observadores en el extranjero, la situación parece inexplicable después de todo el fervor de cambio manifestado a partir de octubre de 2019, en el llamado estallido social y en la preparación luego del proyecto Constitucional que, sin embargo, culminó en un rotundo rechazo en el plebiscito del 4 de septiembre pasado.
En la búsqueda de una explicación a esta paradoja, no han faltado incluso los que se han calificado la sociedad chilena como “esquizofrénica”
En lo concreto, lo señalado por el estudio de opinión se ha traducido también, en una multiplicación de manifestaciones y expresiones negacionistas y de justificación de la dictadura en función de los errores que habría cometido el gobierno de Allende y en el fantasmagórico éxito económico de la Dictadura.
La contundente y documentada respuesta del periodista Daniel Matamala al consejero constitucional Luis Silva, en el sentido que Pinochet no fue un “estadista digno de admiración”, como había afirmado este último, sino un traidor, un asesino, un ladrón y un cobarde, no parece haber conmovido a los irredentos admiradores de “mi general”.
Tampoco la reciente condena por la Corte Suprema a 18 años de cárcel por su participación en la Caravana de la muerte del ex general, brazo derecho de Pinochet, miembro de la Junta militar y senador designado Santiago Sinclair y aquella contra 35 agentes de la DINA, parece conmover ni hacer variar las opiniones.
La situación ha llegado a un tal nivel de descaro (o de carerrajismo, como creo se dice ahora) que un personaje tan desprovisto de autoridad moral, como el propio Sebastián Piñera, se ha permitido criticar al gobierno de la Unidad Popular y dar lecciones de democracia y de respeto de los derechos humanos.
Sólo le faltaría dictar cátedra sobre honestidad en la gestión de un banco.
Podría parecer brutal, exagerado y hasta provocador el afirmar que todo esto no es más que la evidencia de que la Dictadura ganó y sigue ganando la partida, desde el momento que impuso un modelo de sociedad y que este no ha sido modificado, sino más bien mantenido y desarrollado por todos los gobiernos que la sucedieron hasta ahora mismo.
La traición que significó el llamado acuerdo para transición democrática no sólo dejó amarrado el sistema económico impuesto por la fuerza y brutalidad sino toda la escala de valores (o de no valores) y el tipo de relaciones entre las personas que este traía consigo.
La salud, la educación, la propiedad de los bienes esenciales, como el agua, el mar, los recursos naturales, la previsión social, las jubilaciones, el transporte y, por ende, la mentalidad y la conciencia de buena parte de los chilenos, quedaron así sometidos a las leyes del mercado.
El sobresalto ciudadano y popular que trató de romper con esta fatalidad, como fue la revuelta de 2019, fue amagado de manera muy semejante a como se desvió y se diluyó el creciente movimiento opositor a la dictadura a fines de los años de 1980, mediante el espejismo del acuerdo para la transición.
Gabriel Boric, elegido presidente a pesar de su controvertida actuación durante el estallido social, fue elegido como alternativa al ultraderechista José Antonio Kast y porque se arropó (pero no mucho) con la imagen pendiente y una que otra frase de Salvador Allende.
Con motivo del quincuagésimo aniversario del golpe militar, el gobierno de este mismo Boric, sin tomar posición oficial dejó abierto el debate, dándole paso a todos los negacionistas y reduciendo el significado histórico, político y social del gobierno de la Unidad Popular a la muerte heroica del presidente Salvador Allende.
¿Oportunismo o ignorancia?
El informe de la encuesta y la profusión de comentarios en que se trata por todos los medios de torcerle la nariz a la Historia no son más que la clara muestra de lo que es Chile: un país y una sociedad de clase media:
Todos son de clase media; todos tienen no una sino varias tarjetas de crédito para poder endeudarse hasta más allá del fin de su vida. Todos tienen auto hasta el punto que a veces es casi imposible circular por las calles y caminos abarrotados; cualquiera puede endeudarse para ir de vacaciones a Europa, a Miami o a Punta Cana y mostrar después las fotos a los amigos para jactarse.
Unos cuantos muertos, desaparecidos, torturados, encarcelados o exiliados bien valían la pena a cambio de todo lo que se puede tener cuando se es clase media.

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