LA HISTORIA NO COMENZÓ NI SE DETUVO HACE 50 AÑOS Y ESPERA LAS PÁGINAS FUTURAS QUE DEBEMOS ESCRIBIR

Para los viejos que fuimos actores de esa gran aventura de juventud de los mil días de la Unidad Popular y después condenados a vivir de por vida las consecuencias del golpe de Estado, el comprobar que 50 años después, el legado de Allende sigue más presente que nunca, debería ser un buen reconfort para el tiempo que nos queda de vida.
Cientos de manifestaciones de recuerdo y de homenaje a la figura de Allende, no sólo en Chile sino en todo el mundo, se estarán dando en numerosas grandes capitales, como también en pequeños pueblos o localidades.
Del mismo modo que hay y habrá artículos en revistas y libros, como programas de radio y televisión, donde se aprovechará la ocasión del mes de septiembre, para hablar o escribir sobre Chile y las aspiraciones de un pueblo cercenadas hace cincuenta años.
Sin embargo, toda esta profusión de homenajes, aún cuando sea el fruto del más profundo interés histórico, de la mayor buena voluntad y entusiasmo, del más disciplinado sentido militante o de la más sincera solidaridad, debe alertarnos porque encierra un peligro mayor.
Este es el centrarnos en los acontecimientos del aquel 11 de septiembre de 1973 y hacer como si desde entonces el tiempo se hubiese detenido y nada hubiese ocurrido en el intertanto, salvo la represión que nos apabulló, los miles de muertos y desaparecidos que lloramos o que estamos buscando y la nostalgia eterna de los repartidos por el mundo.
Atención, no es esto un llamado a dar vuelta la página. Bien por el contrario, es exigir el que en todo este recuerdo y en estos homenajes, junto a la figura y el ejemplo del presidente Allende, esté la presencia de esos que, siguiendo su ejemplo, no se resignaron y han seguido y siguen en la lucha, 50 años después de aquella fecha nefasta.
Hace justo 50 años, hubo aquellos que con las armas, que pudieron encontrar y en los lugares en que fue posible, enfrentaron cara a cara a los golpistas.
Allí están, siempre y todavía presentes, aquellos y sobre todo aquellas que, desde que la represión se hizo presente cobrándose su lote de víctimas, salieron a desafiar la Dictadura en nombre de sus seres queridos asesinados y desaparecidos.
Allí están los que, durante diez años, en la clandestinidad de las poblaciones, del campo, del trabajo o de las aulas, prepararon y organizaron la primera gran respuesta y desafío al régimen, como fue el gran paro general de mayo de 1983, que habría de marcar el comienzo de una etapa nueva en la lucha por la liberación.
Fue durante el transcurso de estos 50 años que hubo aquellos que, superando añejos dogmas ideológicos que la realidad misma del golpe había desmentido, fueron capaces de crear un aparato capaz de darse los medios para golpear incluso la cabeza misma de la Dictadura.
Cinco décadas en que los chicos del “mochilazo” y los “pingüinos”, los manifestantes en Aysén, en Magallanes y Freirina, aquellos contra las AFP, los profesores, los estudiantes, las mujeres y todos aquellos que fueron echando las bases de las jornadas a partir de octubre de 2019, denunciaron que el sistema y la sociedad impuesta por la Dictadura militar seguían presentes, bajo custodia de los gobiernos que la sucedieron.
En nombre de la imprescindible memoria de la tragedia de hace 50 años, no podemos dejar de lado esta parte esencial que ha sido la historia escrita desde entonces y hasta ahora.
Pero también, en este deber de memoria y, no sólo porque están más cerca en el tiempo, no podemos olvidar a aquellos que hace casi cuatro años, nos invitaron a ser los actores de esta nueva etapa que tenemos que cumplir, cual es el echar abajo el modelo político, económico y social que nos impuso la Dictadura y que sigue presente.
Como Ramiro, condenado por aplicar la justicia que los responsables institucionales non han podido o no han querido hacer cumplir, varias decenas de hombres y mujeres, protagonistas de las jornadas de antes, a partir de octubre de 2019 y hasta ahora, siguen en prisión o han visto su futuro comprometido, fichados y sin posibilidades de poder trabajar o seguir estudiando.
Todos los coloquios, discursos, exposiciones, manifestaciones, encuentros, inauguraciones como las empanadas, concursos de cueca y partidos de fútbol están muy bien para conmemorar los cincuenta años.
Pero mucho mejor sería, como nueva etapa a partir de esta fecha simbólica, hacer aún más y más hasta conseguir la liberación total de todos esos hombres y mujeres, que han sido los grandes olvidados del momento y que lucharon para superar cabalmente y en nombre de todos, el “momento gris y amargo” del mensaje póstumo del presidente Allende, aún presente.
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