SIN EXPERIENCIA MILITAR ALGUNA Y CASI POR CASUALIDAD PARTICIPÉ EN UNO DE LOS FOCOS DE RESISTENCIA AL GOLPE

Sería muy difícil, por no decir imposible hacer el recuento de todos los sentimientos, los recuerdos y las angustias que viví en ese momento, en que, sin experiencia, con escasos conocimientos teóricos sobre armas y casi por casualidad, me encontré en medio de una batalla de verdad, frente a la muerte que me acechaba.
Llegué es 11 de septiembre de 1973 a la casa presidencial de la calle Tomás Moro, en la parte oriental de Santiago, luego que la persona que me trasladó en su automóvil desde el sur de la capital (donde yo vivía entonces) hasta el centro, no pudo aproximarse a La Moneda, optando por llevarme a aquel lugar en cuyas inmediaciones ella misma tenía su domicilio.
La recepción en la entrada principal de la residencia no fue la que suponía tendría, dada mi condición de funcionario de la Presidencia y estuvo muy lejos de ser amable.
Pero al mismo tiempo, disipó la desmoralización que me había provocado el paso por uno de los cordones industriales, durante el trayecto y cuando iba hacia el centro de Santiago y, donde había solicitado informaciones sobre la situación.
La imagen de los escasos trabajadores que pude adivinar instalados en los techos con algo que parecía escopetas o pistolas, más el aislamiento total con respecto a otras industrias del sector, había sido como un balde de agua fría.
Estando rodeado por varios miembros de la escolta presidencial en la puerta de entrada de la casa de Tomás Moro, encañonado, con las manos en alto, cacheado y tratando de alcanzar en un bolsillo mi credencial, fue uno de los jefes de ellos que me conocía el que dio fe sobre mí y el que me sacó de la incómoda situación.
Le expliqué que quería llegar a La Moneda y antes, reportear sobre la situación que se vivía en la residencia presidencial.
Medio sonriente y burlón, me indicó que por el momento era imposible llegar a La Moneda y que ellos debían permanecer allí donde, me indicó recalcando cada palabra: “Lo único que hay que hacer es pelear, combatir…”
“Si quieres, te puedes ir, tú decides”, agregó.
“Me quedo”, le respondí.
Éramos cinco los voluntarios ajenos a la escolta que nos encontrábamos en el patio, armados de un fusil AK47 y 10 cargadores en un morral que pesaban otros tantos kilos, después de haber recibido un brevísimo curso para la utilización de esa arma que, afortunadamente, yo al menos ya había tenido en mis manos.
Fuimos dirigidos hacia la parte trasera de la residencia, donde había un colegio de monjas, las cuales habían dejado todos los accesos abiertos, especialmente la cocina donde encontramos un pollo y algunos huevos que trasladamos a la casa principal.
También echamos mano a unas cajas de cartón selladas que abrimos y que resultaron contener rollos de cintas magnéticas vírgenes.
El pollo y los huevos serían expuestos después por los militares golpistas como muestra de los “banquetes” que se daba el presidente Allende. Las las cintas magnéticas, según dijeron, serían analizadas por la inteligencia militar por contener “seguramente” instrucciones “secretas y codificadas, enviadas por los cubanos”.
De lo que sigue a partir de ese momento tengo una visión difusa de la que a veces me he preguntado ahora si realmente la viví o fue una pesadilla.
Apenas después de reinstalados en las inmediaciones del colegio, pasó un avión a hélice de tipo Mentor T-34, de entrenamiento de la FACH, pero evidentemente armado para la ocasión. que disparó un poco al azar, con algunos impactos muy cerca del lugar donde me encontraba.
Fue entonces en que me di cuenta cabal de la situación real en la que me encontraba y me sentí sumergido por todo tipo de sentimientos y con uno que dominaba por completo todos los otros: el miedo.
Un miedo como nunca antes había experimentado -animal, instintivo, irracional-, que me había secado completamente la boca que sentía como si estuviese llena de una masa metálica. Haciendo esfuerzos inhumanos para contenerme, comprendí que aquel que inventó la expresión “cagarse de miedo” sabía muy bien de qué hablaba.
Pensé mucho en mi hija que, con apenas un año, quizás no llegaría nunca a conocer a su padre.
Pensando en mi muerte que veía delante, recordé a mi propio padre y quise imaginar que quizás se consolaría o se culparía pensando que mi destino era el resultado lógico de los valores que me había dado como dirigente sindical obrero.
Recordé mucho también a aquella chica dirigente estudiantil comunista de Valparaíso, de la cual había estado (quizás aún estaba) enamorado y sufrí pensando en que podría estar en peligro.
Sentí una rabia terrible que se fue superponiendo al miedo. El avión volvió a pasar a baja altura. Disparé el cargador entero y escuché alrededor, como en un eco, el ruido de otros que seguramente habían hecho otro tanto.
El miedo se transformo en una suerte de locura homicida que habría de durar varias horas después
Entre las imágenes inciertas de ese día, tengo la del aparato que no habría de volver, volando hacia el sur con una nube blanca brotando de una de sus alas. Imagen como la de un helicóptero que vi desaparecer detrás de los techos, después de escuchar un sinnúmero de disparos (y los míos propios) entre ellos los de una ametralladora pesada.
Cuando nos indicaron evacuáramos la residencia, fui uno de los últimos en salir. No por valiente, sino porque estaba en el lugar más alejado de la sala de armas donde debíamos entregar el AK47 y el resto de los cargadores.
Totalmente perdido en un sector que desconocía totalmente, fueron pobladores de un sector ubicado en los primeros faldeos de la cordillera, los que adivinaron de donde venía y me invitaron a una de sus casas.
Me limpiaron, pues tenía la cara y las manos tiznadas y la ropa totalmente embarrada. Me ofrecieron todo lo que pudieron, entre lo cual muchos bienes escasos y preciosos en esos momentos: cigarrillos y café con algún licor fuerte, pues tenía mucho, mucho frío y tiritaba.
Por último y ya en la tarde, cuando se aproximaba el toque de queda y las patrullas militares comenzaba a recorrer el sector, ordenaron a un niño que me sirviera de guía y que me llevó a un lugar donde podía estar seguro.
En el camino, ya sólo, vi a un carabinero que, completamente aislado y dándome la espalda, armado de una metralleta, montaba guardia frente a una casa. Mi primera y rápida intención fue quitarle el arma pues desarmado me sentía como desnudo.
Necesitaba seguir descargando esa rabia demencial que se había apoderado de mí antes, cuando comencé a disparar.
Tenía conmigo un puñal que había disimulado pegado a un tobillo con cinta adhesiva y me acerqué siempre por detrás para no darle ninguna oportunidad.
En ese momento se volvió. Con una sonrisa triste me indicó hacia el centro de la ciudad de donde se veía subir una columna de humo, como lamentando de lo que ocurría. Era casi un niño y su mirada triste me desarmó.
Hice como si debía anudar un zapato y después de levantarme, seguí mi camino.
Nos habían declarado la guerra y no éramos asesinos.
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