¿HACIA DONDE VA LA ARGENTINA?
Por Claudio Jedlicki

De manera general, se puede decir que hay dos maneras para comprender la crisis que sufre el sistema capitalista para tratar de superarla sin cambiarlo, es decir, en oposición a la opción propuesta por el marxismo.
Una vía, es la de los neoclásicos, que parten de un modelo ideal de funcionamiento del sistema y que examinan la realidad a partir de ese punto de vista.
Esto quiere decir que, si hay crisis, hay que identificar cuáles son los factores que intervienen y que alejan la realidad del modelo. Superar esta consiste en corregir los errores, es decir todo aquello que distorsiona el funcionamiento ideal del sistema que, por definición, no conoce la crisis, en una suerte de paraíso económico.
La otra vía es la de los “keynesianos” que buscan la superación de la crisis haciendo intervenir variables exógenas en función de lo que se ha establecido como origen de esta.
En tal caso, se considera que es el Estado el que debe intervenir, reactivando la demanda para volver a un crecimiento normal, para lo cual debe tomar las medidas necesarias para aumentar el poder de compra.
Para ir a lo que nos interesa, cual es la actual situación en Argentina, Javier Milei y sus compinches están abordando la cuestión según el enfoque de los neoclásicos liberales de la manera más ortodoxa.
Desde su punto de vista, la crisis se debe fundamentalmente a dos excesos que provienen:
-de la acción estatal en la esfera económica, lo que genera déficits
-de la demanda y de la circulación monetaria en relación a la oferta, lo que provoca inflación
El tratamiento consiste entonces, en una serie de shocks destinados a asfixiar la economía para hacer desaparecer los desbordes.
A pocos días de su instalación el gobierno, Milei anunció diez medidas que confirman la aplicación del dogma neoclásico.
Aparte de una devaluación de 50% con el objetivo de beneficiar al sector agroexportador y otras dos medidas ligadas al comercio exterior, las seis siguientes tienden principalmente a disminuir los gastos estatales.
Una última se destina a paliar la inmensa cesantía y miseria que irremediablemente se van a generar, tratando de asegurar un mínimo de subsistencia para los más afectados.
Pocos días después de este anuncio, siguió otro con una larga lista de medidas que suspenden la regulación del Estado, además de otras modificaciones legales.
Por el momento, de las 366 previstas, sólo se anunciaron las 30 principales que, en la mayoría de los casos, levantan todas las restricciones que existen, para dejar en cambio una absoluta libertad para fijar los precios. Otras están destinadas a preparar la privatización de las empresas estatales.
Las siguientes se orientan a suprimir las reglas del funcionamiento de varios sectores de actividad, de manera de dejar a los empresarios la más amplia libertad en su accionar.
Una última, anuncia la “modernización del régimen de empleo”, que resulta claro adivinar hacia donde apunta.
Este gran paquete de medidas no tiene nada de original. Nos recuerda en particular el Programa de Recuperación Económica de 1975 y otras medidas adoptadas por la dictadura en Chile.
La disminución del gasto fiscal y la reducción del empleo de casi un tercio provocó entonces un schock que se tradujo por una caída del PIB de más de 13% en 1975. La inflación no se detuvo, la devaluación del peso continuó y la cesantía se acrecentó de un 50%.
Si comparación no es razón, tanto más aún que estábamos en dictadura y derrotados, es seguro que en Argentina los sindicatos no van a salir a la calle a poner la otra mejilla.
Es aquí donde se encuentra la incógnita Milei y es dónde dejamos de tener certitudes.
La presencia de la vicepresidenta Victoria Villaruel que prometió revisar la política de memoria, verdad y derechos humanos de los Kirchner no es de naturaleza a garantizar la conducta futura de los militares.
En todo caso, las repercusiones sociales del schock van a mermar el apoyo electoral de Milei y le será complicado proseguir el rumbo impartido.
En caso contrario, la persistencia de la inflación alimentada por las devaluaciones, la reducción del gasto público y la ampliación de la cesantía con su lote de miseria, prefiguran un escenario catastrófico.
A esto se suma la desindustrialización que será provocada obligadamente por la apertura completa al exterior y que hará retroceder uno de los países más industrializados del continente.
Este es el precio que pagarán, y no solo los más pobres, por la nueva repartición del ingreso que se busca establecer.
¡Viva la libertad carajo!, como gusta terminar Milei.
Laisser un commentaire