Editorial nº 27

NADIE GANÓ EN EL PLEBISCITO DEL 17 DE DICIEMBRE, PERO SÍ HUBO UNA GRAN DERROTADA: LA CLASE POLÍTICA

Si hay algo que es digno de destacar después de los resultados del plebiscito del pasado 17 de diciembre en que fue rechazado el último proyecto de nueva Constitución, es la parsimonia, la flema y el poco entusiasmo con que tanto partidarios del A favor, como del En contra, recibieron estos.
Una cuestión tan inverosímil luego de un proceso de voto como este no puede tener otra explicación que el considerar que en el fondo y más allá de los resultados en favor de una u otra opción y, al cabo de dos tentativas fallidas de proyecto constitucional, no hubo triunfo de nadie, pero sí una gran derrota de la clase política.
Hay hechos de tremenda trascendencia en la historia reciente de Chile que la ahora derrotada clase política trató por todos los medios de ignorar y que ahora le dan de lleno en el rostro.
 Sin otro objetivo que el sobrevivir al precio de mantener el sistema heredado de la Dictadura, esta fue perdiendo de vista y alejándose de la realidad de una sociedad que le iba dando vuelta la espalda porque había aprendido y desarrollado en 17 años,  nuevos medios de expresión, más allá que aquel de las urnas, cuando estas estuvieron clausuradas.
Los grandes movimientos de los liceanos y estudiantes, las movilizaciones regionales de la primera década del presente siglo y luego aquellos de las mujeres, de los profesores, de los pensionados, de los estudiantes, todos los cuales habrían de culminar en el gran estallido social de octubre de 2019, pasaron delante de los ojos de la clase política que prefirió mirarse el ombligo.
 De allí surgió, el 15 de noviembre de 2019, la farsa del “Acuerdo por la paz y la nueva Constitución” cuyo objetivo no era ni la paz ni una nueva Constitución sino salvar al gobierno de Piñera, como representante supremo del sistema y de esa clase, puesta en jaque por la movilización popular.
El 25 de octubre del año siguiente, en un primer plebiscito, un aplastante 78,28 por ciento de los votantes se pronunció en favor de una nueva Constitución, pero quizás habría sido necesario precisar que esta opción implicaba que el texto debía ser exclusivamente el resultado de una Asamblea Constituyente y no cualquier remedo.
Difícil encontrar otra explicación para el rechazo de los dos proyectos constitucionales que no sea el que tanto uno como el otro, sean cuales hayan sido sus respectivos contenidos y los métodos de su elaboración, no eran de ninguna manera el reflejo de las profundas aspiraciones del pueblo chileno en todos sus componentes.
Desde la cabeza de su gobierno, Gabriel Boric, uno de los más emblemáticos participantes en la cocina del 15 de noviembre del 2019, decretó ahora el fin de todo proceso constitucional en lo que queda de su mandato, siempre que a algunos mal intencionados no se les ocurra iniciar otro estallido social y vuelvan a hablar de Asamblea Constituyente
Por lo menos, Boric algo obtuvo, cual es un respiro para tratar de impulsar sus proyectos faros, dentro del estrecho marco que le permite la Constitución de Pinochet y los aderezos de Ricardo Lagos.
Una Constitución que, según el senador José Miguel Insulza, después de todo no era tan mala.

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