LA INCESANTE BÚSQUEDA DE UN HIJO PARA SABER SOBRE LA DETENCIÓN Y MUERTE DE UN PADRE DESAPARECIDO
por Sergio Zamora


Claudio Jimeno, detenido desaparecido. Asesor del Presidente Salvador Allende
El 11 de septiembre de 1973, Claudio Jimeno, uno de los jóvenes asesores del presidente Salvador Allende, se presentó al palacio de La Moneda, para estar al lado del presidente en ese momento negro. Conocería el bombardeo provocado por las FFAA chilenas y momentos más tarde sería detenido por los militares golpistas y trasladado al regimiento Tacna, para ser asesinado dos días después junto a veintidós otros compañeros en Peldehue.
El libro La Búsqueda, de Cristóbal Jimeno y Daniela Mohor Wöhlke, comienza dando a conocer cómo, a partir del 11 de septiembre, la familia de Claudio conocería lo que sería, entre tantos, uno de los constantes crímenes de la dictadura militar: la manipulación de las informaciones y las mentiras además de los asesinatos y las torturas.
El mismo día 11 de septiembre, la familia de Claudio escucharía su nombre en uno de los bandos militares transmitidos por la radio, llamándolo a entregarse a las nuevas autoridades de facto. “Como si desde los altos mandos no hubieran sabido desde un comienzo que ese día él estuvo en La Moneda y que ellos mismos lo habían arrestado y se lo habían llevado. El engaño a las familias de detenidos desaparecidos se orquestó desde los primeros momentos de la dictadura.”
Al salir del regimiento Tacna, la caravana avanzó sin dificultad por el centro de Santiago. Había toque de queda y las calles estaban vacías. Los prisioneros amarrados en los camiones efectuaban un último viaje en vida. A pesar de todo, uno de los prisioneros consiguió liberarse de sus ataduras y se precipitó sobre un militar para arrebatarle su arma, pero sería ultimado a balazos.
Una vez en Peldehue, los vehículos ingresaron al terreno militar que pertenecía al regimiento Tacna. Cristóbal comenta;” El fusilamiento, no cabe duda, había sido preparado con precisión. Nada había sido dejado al azar. (…) Como si cuatro oficiales armados con fusiles SIG y una ametralladora de grueso calibre no fueran suficientes para aniquilar a una persona, tenían refuerzos. Unos tres metros detrás de ellos cinco hombres armados –entre civiles y “boinas negras” (paracaidistas) –formaron un semicírculo.”
En el terreno militar se había cavado un enorme agujero en la tierra, en donde debían caer los cuerpos ultimados. “Tras bajar al primer detenido, el civil que sacaba los prisioneros del camión los llevó hacia el pozo y los dispuso de espaldas al pelotón. Un militar de apellido Herrera López comenzó a disparar y el resto siguió su ejemplo.
El modus operandi fue siempre el mismo y se desarrolló a lo largo de media hora: el civil de pelo corto, con la ayuda del civil al mando, bajaban a un detenido, le soltaban las amarras de los pies y lo hacían caminar hasta el borde más cercano del pozo. De manera inmediata el pelotón cumplía su macabra misión.
Herrera López, con la ametralladora, era el verdugo que disponía del arma más potente, pero tras matar a cinco o seis de los hombres de Allende, no pudo seguir. Entonces el sargento Mendoza tomó el relevo y continuó manejando la ametralladora.
La operación, sin embargo, no terminaba con esos disparos. El civil a cargo, quien se mantenía a un costado, observando la ejecución, se acercaba cuando el fusilado caía y, si era necesario, lo remataba y lo empujaba para que cayera al fondo del pozo. Caía uno y traían a otro. Así, hasta que no quedó ninguno. (…) Cuando comenzaron los disparos, los civiles y “boinas negras” se mantuvieron impasibles. Pero el estampido de los disparos que los fusileros escucharan las consignas que gritaban sus víctimas antes de caer al pozo.
” ¡Viva Allende!” lanzaban y luego se desplomaban. Ninguno de ellos pidió clemencia. Algunos le daban la espalda al pelotón, otros se enfrentaban a su fusilamiento de cara a sus asesinos. Nadie, en ningún momento, se quebró.”
Los días, semanas, meses y años que continuaron la tragedia del 11 de septiembre, conllevará a la familia de Claudio, a la falsa esperanza, al desengaño, para terminar, aceptando la certeza de su muerte.
Compartiendo el sentimiento de rabia y de angustia que han conocido todos los parientes de los desparecidos, el cuestionamiento sobre su padre cambió inevitablemente de forma. Cuando ya ha superado la cincuentena, Cristóbal se pregunta acerca del porqué de la muerte de su padre a los treinta y tres años.
¿Fue o no una opción visualizada por su padre, o se encontró en una encrucijada histórica sin poder escapar a su destino?
Y la respuesta se la da el mismo en su comentario: “Claudio no es responsable de su muerte. Lo son sus asesinos. No, no es responsable de su muerte, que nunca debió ocurrir. El solo es responsable de su decisión de ir a La Moneda y de poner su vida en riesgo. Es esa decisión, que tomó en pocos minutos, pero que derivaba de un compromiso de años, la que, como resulta obvio, dejó costos y traumas en su familia. Pero dejó más que eso. Dejó una lección: ser fiel a los principios y valores que libremente eliges para guiar tu conducta es la forma de darle sentido a tu existencia. De darle profundidad y dignidad a tu vida, por breve que esta sea.”
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La búsqueda, Cristóbal Jimeno Chadwick y Daniela Mohor Wöhlke, Editorial Planeta Chilena, 2022
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