EN UN LEJANO PAÍS Y EN TIEMPOS TAMBIÉN MUY LEJANOS, SE HABLABA DE REFUNDACIÓN DE CARABINEROS

Eran otros tiempos, muy, pero muy lejanos, cuando se cuestionaba al glorioso Cuerpo de Carabineros de Chile, el que, a pesar de ser protector de niñas inocentes contra los bandoleros, podía lucir también un nutrido prontuario de violaciones a los derechos humanos, lo que hacía que términos como refundación, restructuración planearan por sobre la institución.
Pero como digo, de eso hace mucho tiempo, cuando los que pronunciaban tales blasfemias eran jóvenes (y “jóvenas”), que parecían ser rebeldes (y “rebeldas”), antes de que mostraran la hilacha, en cuanto comenzaron a participar en el poder y encontraran la manera de demostrar que también podían ser serios.
Refundación y restructuración son dos términos que ahora nadie osaría pronunciar a pesar de que la institución defensora de niñas inocentes sigue en algunos casos siendo la misma de siempre, e incluso ha ganado mayores garantías de impunidad.
Dos hechos graves vienen a ilustrar esta situación.
El primero de ellos ocurrió en la localidad de Bajos de Mena en la comuna de Puente Alto, cuando un joven de 18 años fue baleado por la espalda por Carabineros, falleciendo casi en el acto, en circunstancias que todo muestra que no cometido crimen, ni tenía en su poder arma alguna ni representaba peligro para la integridad de los pacos.
Esta no es la primera vez en que estos últimos, al amparo de la famosa ley Nahin-Retamal o de “Gatillo fácil”, como fue llamada popularmente, se sienten como héroes de alguna mala película del Far West, disparando a diestra y siniestra sin importarle las consecuencias de su delirio.
El segundo caso, es el de una banda integrada por unos 12 Carabineros, una teniente y varios cabos, llamada por los que eran sus víctimas como “Los pulpos verdes”, la que se dedicaba a extorsionar y “proteger” a cambio de pago a los comerciantes del sector Estación Central de la capital.
Esto podría no haber sido noticia. La novedad y lo extraordinario es que fueron descubiertos en sus andanzas, seguramente porque sobrepasaron lo racionalmente aceptado en este tipo de operaciones.
“Se les pasó la mano”, como se diría popularmente.
Esto, porque más allá de la imagen oficial de la institución, aquella que se enseña a los niños en los primeros años de la escuela o la de los discursos de las autoridades, cada año a fines del mes de abril, la idea que él común de los mortales tiene del paco es, a mayor o menor nivel, es la de “Los pulpos verdes”.
Es decir, aquella del paco que deja una bolsa en custodia donde el almacenero del barrio, que recogerá al volver de su trabajo y que, ¡Oh milagro!, estará llena con los productos de consumo habitual; o la de aquel que no paga el pasaje de la micro o del colectivo, en el subentendido de una eventual anulación de una multa o un parte.
Nivel rasca y de poco vuelo, en relación directa con el grado jerárquico. No cualquiera tiene el nivel para haber figurado dentro del “Pacogate” ni para darse el lujo de eludir la Justicia en continuas y variadas ocasiones.
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