VEREDAS Y TRENES
Por Iván KRAJEVIC

En coloquial chileno «cuidarse» es una palabra de buenaventura para quienes van de un lugar a otro o acometen alguna tarea particular. Momento propicio a lo imprevisible en un territorio telúrico y de realidades entrecruzadas.
Sobre las veredas de las ciudades, bajo los modernos edificios, se extienden informales «emprendimientos». Vendedores de todo tipo de objetos de uso cotidiano o efímero, artistas y oradores sin templo. Una economía marginal, de la cual dependen miles de familias, no oficialmente reconocida y regularmente perseguida por el neoliberalismo institucional.
Sin embargo, y contra toda adversidad, llenan el espacio público de ruidosa sagacidad comunicativa, invitando a navegar por un río de ofertas legales o menos legales, dependiendo de la hora y el lugar. Por supuesto, y como en toda navegación, hay que cuidarse de los objetos a la deriva.
En las calles, muchos jóvenes proyectan esperanza con sus expresiones y maneras libres. Parecen amigos de una vida más justa, de la naturaleza y de los animales sin pedigrí, recordando que aún tenemos historia y futuros.
La violencia no está muy lejos: Las irracionales cargas policiales contra manifestantes, bajo un gobierno compuesto por ex manifestantes (!) y los destrozos en Estación Central y otros lugares concurridos, recuerdan la batalla cotidiana por la supervivencia, a la manera de la despiadada economía neoliberal.
Al mismo tiempo, la población se entera de cómo, altos funcionarios, de ayer y de hoy, que abusando de la confianza, se apropian de fabulosas cifras de dinero, creando un clima propicio a la actitud delincuencial como una forma más de existir, contrariando el carácter honesto de la inmensa mayoría de la población.
Pero aun así esto, esto no parece ser todo, ni lo único, y ni siquiera lo principal. La amabilidad y espíritu solidario se observan a través de gestos cotidianos en los servicios y lugares comunes, recreando, poco a poco, signos que apuntan a una voluntad de superación de formas de convivencias marcadas por décadas de violencia competitiva.
La violencia es el sujeto preferencial de la baja política, para quienes solo existen trenes de nombres exóticos, a la manera de estigmas xenófobos, olvidando nombrar a los conductores de trenzas banqueras y «clases de ética».
Demasiados medios de comunicación destilan mediocridad informativa, sujeta a la estupidez de mercado y los instintos más atávicos y egoístas.
El Metro de Santiago, que se comenzó a construir en 1969, refleja un funcionamiento y calidad apreciado por muchos sectores de la sociedad. No solo permite llegar a algo más que los cuatro puntos cardinales de la ciudad en forma rápida y eficaz, sino que también es un caleidoscopio de realidades, que suman mucho más que las estadísticas y formulas productivas.
Chile, largo como un tren, tiene una relación especial y afectiva con ellos. La dictadura se encargó de amputar esta relación, por orden de la patronal que se benefició con ella. Sin embargo, hoy (los trenes) parecieran querer volver a integrar nuestra forma de vivir él espacio común.
Un moderno Metro-tren une Valparaíso a las tierras agrícolas de Limache. Y al igual que las veredas de las ciudades, el viaje es compartido con vendedores de todas las edades, principalmente mayores y en edad de estar jubilados y quizás bajo cuidados.
Algunos son jóvenes y denotan compartir su tiempo entre estudios y el sacrificado y perseguido trabajo en la vía pública.
Sin embargo, muchos compran y todos viven bajo las leyes del mercado. Mercado que incluye los bajos ingresos, las jubilaciones indignas, las listas de espera para la salud, los estudios pagados, las deudas y la crisis habitacional.
Existe una relación especial del público con los artistas y creadores callejeros. Quizás esto sea una herencia de lo que fue La Nueva Canción Chilena a finales de los años 60 y la intensa producción cultural durante el gobierno de la Unidad Popular, que puso al alcance de todos, a través de libros y discos, una relación entre público y creadores, que hasta hoy persiste y se desarrolla.
Este lazo nunca fue roto, y cuando algún creador se expresa frente al público, este es comprensivo y atento, a pesar del cansancio de las largas jornadas de trabajo. Muchas veces este pareciera querer íntimamente a Violeta Parra o Patricio Manns, Manzanero y Serrat, así como otros grupos musicales de todo género, demostrando tener una afinidad por la expresión cultural, en particular cuando la prestación es honesta y en decibeles adecuados.
El metro tren Limache – Valparaíso va entre mar y ciudades construidas sobre laderas. Hace poco, cerros y viviendas fueron quemadas en un gran y mortífero incendio, provocado por gentes deshumanizas y bajo el efecto embrutecedor de las llamadas leyes del mercado.
Según las noticias, bomberos profesionales habrían provocado el incendio para así cobrar horas extras y obtener salarios más elevados y poder llevar una vida más de acuerdo con los estándares de la alienante sociedad de consumo.
En muchas otras instancias también se practica la estafa de las horas extras, pero esta vez ha sido con particulares consecuencias: 147 muertos y miles de hogares destruidos.
Lejos y frente al mar se ven enormes edificaciones sobre Las dunas de Con-Con.
El baño de hormigón impuesto sobre el lomo de estas tranquilas y majestuosas dunas responde una arquitectura de ostentación, que no solo destruye lo que es de todos, la naturaleza y su equilibrio, sino que además, se cree más fuerte y se sienta, literalmente sobre ella.
Pero hoy la naturaleza también corcovea contra un sistema que la aprisiona y se rebela, abriendo socavones a los pies del gigante inestable que es el capital sin alma y su irracional rentabilidad.
Pasajeros, vendedores y músicos van cambiando de estación en estación. Uno de ellos, antes de cantar, se presenta honestamente y pide disculpas si molesta con su canto, pues es una creación propia que habla de la vida.
Canta mientras el tren avanza, llevando ahora, no solo sus pasajeros, sino también aquellos de la historia que, desde los espacios publicitarios, nos observan. Son los rostros de trabajadores de Ferrocarriles del Estado asesinados por la dictadura.
La canción es un emotivo relato de la vida real y que muchas personas saludan al final. Algunas con dinero y también con aplausos y palabras de aprobación, que el artista pareciera apreciar más que a las monedas.
El tren con su historia seguirá su marcha, uniendo territorios y gentes. Por sus ventanas y pasillos desfilan las realidades.
No es igual el drama de quienes ven partir sus casas, a causa de desastres en territorios abusados por la explotación urbana y forestal, y la pérdida de lujosos bienes a causa de la rebelión de las dunas.
Sin embargo, y junto a la mirada afable de los honestos ferroviarios asesinados, se vislumbran otros paisajes posibles, otros encuentros y otras estaciones comunes.
Cuidémonos de no dejar de construirlas.
Laisser un commentaire