“A VECES ME CUESTA DARME CUENTA DE LA MAGNITUD DEL DESASTRE…”
Testimonio directo de un periodista palestino desde Gaza

Tanques israelís deplegados en Rafah. Acceso humanitario a Gaza cortado (mayo de 2024)
El periodista Rami Abou Jamous, fundador de Gaza Press, una oficina que entregaba ayuda y traducción para los periodistas occidentales, tuvo que abandonar su apartamento en la ciudad de Gaza con su esposa Sabah, los hijos de ella y el hijo de ambos, Walid, de dos años y medio, obligado por los soldados israelíes.
Desde entonces está refugiado en Rafah y desde allí escribe para el blog de información editado en Francia Orient XXI, del cual traducimos el texto.
Jueves 10 de octubre de 2024.
El jueves, para ir hasta la Casa de la prensa, tomé uno de esos minibuses destartalados de principios de los años 1990, donde se amontonan unos sobre otros. Es uno de los escasos medios de transporte que quedan Gaza, además de los remolques para transportar animales, tirados por automóviles, burros, las carretas o los autos destartalados donde se viaja hasta en el maletero.
Yo aprovecho de estos viajes para que los pasajeros me cuenten sus historias. El jueves conocí la de un hombre que caminaba con muletas. Le faltaba la pierna derecha. Era un hombre de unos treinta años, flaco, de aspecto cansado. Le pregunté si sabía cuántas personas se encontraban en el mismo estado que él. Quedé estupefacto por el número que me dio, al punto que fui a verificar en internet. Tenía razón.
Según la ONU y el ministerio de la Salud de Gaza, más de 10.000 personas han perdido uno o varios miembros desde que comenzó la guerra, incluyendo 4.000 niños.
Sus historias son desgarradoras. Me acuerdo de esa niñita de tres años, cuya imagen fue vista por todo el mundo, amputada de los dos pies y una mano, que observaba con aire angelical lo que ocurría a su alrededor y al periodista que la estaba filmando.
No sabía lo que le había ocurrido.
Seguramente también habéis visto a ese niño que perdió sus dos manos y que ahora trata de aprender a hacer todo con sus pies, como comer o escribir.
Antes de la guerra, hubo decenas de amputados en la «Marchas del regreso» en 2018, cuando decenas de personas, sobre todo jóvenes, manifestaban delante de las fronteras de la franja de Gaza para poder salir de esta prisión al aire libre.
Me recuerdo muy bien como los francotiradores israelíes se divertían disparándoles. Publicaban vídeos donde se jactaban de cazar manifestantes como si fuesen conejos, como si se entrenaran. Empleaban balas especiales que destruían las articulaciones, destrozaban los miembros lo que obligaba a amputarlos. Se decía que íbamos a tener que enfrentar una generación de cojos. Actualmente, todo esto ocurre a mucho mayor escala.
También leí que hay cuatro amputaciones por día. Nos hemos convertido en estadísticas. Se habla también de 100.000 heridos. Pero cuando se habla de “heridos”, la palabra no significa mucho. Herido aquí no significa unos cuantos puntos de sutura, sino más bien quedar paralizado de por vida, perder un miembro, perder la vista, quedar sordo… Cien mil heridos quiere decir cien mil personas que quizás no podrán trabajar, o casarse, o simplemente llevar una vida normal.
Tengo un amigo que trabaja en un centro social. Me dijo: «Sabes Rami, en una guerra, por una persona muerta en un bombardeo, otras cuatro mueren después debido a sus heridas, por falta de medicinas para atender una patología grave, debido a un AVC.
Actualmente se registran al menos 42.000 muertos, pero sin duda hay muchos más enterrados bajos los escombros. Si se considera esta cifra y si la guerra terminara hoy, sus consecuencias harían llegar la cifra a 200.000 muertos.
Lo mismo para los heridos. El número de minusválidos tendrá un impacto muy duro para sus familias y para la sociedad en general. Actualmente, en toda la franja de Gaza, hay una carencia terrible de medicinas. No hay ni un solo fabricante de prótesis. Durante años, estas se fabricaban en el hospital Hamad, financiado por Qatar y en el Centro municipal de Gaza, por la Cruz Roja. Todo esto ya no existe.
Hoy hay sólo este homnbre cansado que subió al minibús con sus muletas ; Me dijo que había escuchado hablar de un protesista, Salah Selmi, que trabajó en el hospital Hamad y que ahora fabrica prótesis muy artesanales, las hace con tubos de plástico, como los de las alcantarillas. Me cuenta.
Lo fui a ver pero me dijo que sólo tenía seis prótesis, que no tenía materia prima y que, de todas maneras, no quería convertirse en una referencia en este terreno, pues no podría nunca fabricar cuatro mil prótesis… El problema es que tampoco hay muletas ni sillas de ruedas….
En la Casa de la Prensa que teníamos antes, nos habíamos preocupado para que hubiese rampas y toilettes adaptadas para las personas en sillas de ruedas. Pero nuestro local fue destruido por los israelíes y el nuevo local esta situado en el segundo piso. Tenemos que subir en brazos a los periodistas.
En la franja de Gaza nada está adaptado par facilitar el acceso a los lisiados y hay tantos. “Hay ortopedistas que trabajan en consultorios situados en los pisos altos y sin ascensor “, me dice el hombre de las muletas y evocando su vida cotidiana agrega:
“Me estoy acostumbrando poco a poco, aunque se que será difícil. Soy padre de familia, por lo que tengo que asumir las necesidades de mi mujer y mis hijos. No quiero sentirme inútil, incapaz de darles lo que sea ».
Ahí comprendí como esa pobre gente se está acostumbrando a una vida disminuida, en condiciones muy difíciles, viviendo en carpas o en simples paravientos, en la arena o en las ruinas de las casas bombardeadas.
¿Como pueden hacer esos lisiados cuando no existe ninguna ayuda para ellos ?
El sueño de mi vecino en el minibús es una prótesis, para continuar su vida. Sobre todo, no quiere que su hijo lo vea como un inválido incapaz de hacer cualquier cosa por sí mismo.
Me recuerdo muy bien que durante las «Marchas del retorno » entrevisté jóvenes que habían perdido sus piernas, pero que, a pesar de todo, querían llevar una vida normal, Incluso habían creado un equipo de fútbol para mostrar que todo iba bien y que eran como los otros. Uno de ellos era corredor ciclista, había soñado participar en los juegos olímpicos y después de su amputación en los juegos para olímpicos. Pero necesitaba una prótesis deportiva y una bicicleta especial, algo imposible en Gaza.
Como él, miles de jóvenes en Gaza, miles de familias enteras ven sus sueños hacerse humo. Miles de heridos, de lisiados.
Yo soy un gazán, pero a veces me cuesta darme cuenta de la amplitud del desastre, este « Gazacidio » que vivimos.
Espero que esta guerra va a terminar, espero que el hombre de las muletas, al que olvidé preguntarle el nombre, un día tendrá su prótesis, que podrá integrarse a una vida profesional y que su hijo estará orgulloso de él. Y que será lo mismo para los miles de amputados de Gaza.
Pero, por el momento, nadie se ocupa de esto, ni las ONG ni la Cruz Roja que se ocupaban antes, pues vista la situación, esto no es una prioridad.
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