POR CULPA DE LA UNIVERSIDAD, MENOS JÓVENES VAN A ESE TEMPLO DEL SABER Y LA CULTURA, QUE ES EL EJÉRCITO

Habiendo conocido previamente el candidato que Su Serenísima Señoría el Presidente del jurado que atribuye la Palma de Honor debía presentar ante los miembros de tan ilustre tribunal, al iniciarse la sesión, éstos estaban prácticamente en rebelión contra la alta autoridad.
Así, sin más preámbulo y pasando por encima de todas las reglas de funcionamiento del ilustre tribunal, fue el Honorable miembro economista que, con su tradicional, académico y florido lenguaje se hizo portavoz del sentimiento de todos sus colegas.
¡Puta la weá, Su Serenísima Señoría! ¿Cómo chucha pretende premiar a un weón con cara de pajero que apenas conocen unos cuantos weones de su cagá de partido, a saber, esa weá de la UDI?
Su Serenísima Señoría lo escuchó con los ojos cerrados, concentrado e imperturbable, antes de responder pausadamente, sin soberbia ni agresividad, pedagógico y elegante, conforme a su reconocida personalidad.
“Honorables, permítanme recordarles que uno de los deberes de este honorable tribunal es precisamente ir hasta lo más profundo de la sociedad para sacar a la luz esos seres a menudo ignorados a pesar del tamaño de sus atributos”, dijo solemnemente antes de cuestionarlos.
“Os desafío a que encuentren a alguien con mayores opciones que las que dejó ver Guillermo Ramírez, el presidente de ese fan club de Pinochet que es la UDI, cuando afirmó que por culpa de la gratuidad de la enseñanza universitaria había menos jóvenes que iban a ese templo de las artes y las letras, del saber y la cultura que es el Ejército”.
Como es fácil imaginar, el profundo silencio que siguió a tan contundente argumento fue la manifestación más elocuente de la capacidad de convicción de Su Serenísima Señoría, lo que no podía sino culminar en el asentimiento unánime de todos los Honorables para otorgar la Palma de Honor con laureles y en su grado máximo al joven presidente de la UDI Guillermo Ramírez.
Después, rompiendo con la costumbre y como ese día la sesión había tenido lugar al caer la tarde, los Honorables se dirigieron satisfechos del deber cumplido no al Cap Horn, sino a El Camino, otro de los restaurantes chilenos de París, donde el tamaño del pisco sour está como para invitar a una subalterna y el cebiche es de primera.
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