Editorial

LOS BUENOS Y LOS MALOS

La caída de la dinastía Al-Assad en Siria nos ponen una vez más ante la difícil obligación de reunir el máximo de elementos que nos permitan sacar conclusiones y definir nuestra posición, única y exclusivamente, sobre una base que no puede ser otra que la de los derechos humanos y la justicia internacional.
Esto, porque si bien resulta mucho más fácil explicar las relaciones internacionales sobre el principio que dice que “los amigos de mis amigos son mis amigos y etc…”, tarde o temprano, las circunstancias dejan en rotunda evidencia las contradicciones que puede presentar esta afirmación de pretendida sabiduría.
Dicho de otra manera, resulta totalmente absurdo, más aún en el marco de lo complejo de las relaciones internacionales actuales, tratar de comprender en este caso el cambio que se ha producido en Siria y sus consecuencias, estableciendo una línea que separe “los buenos de los malos”, como en un filme del Far West o como era común hacerlo durante la guerra fría.
No obstante, y digan lo que digan, hubo ese tiempo feliz, en que todo era más simple y no era necesario hacer trabajar mucho las circunvoluciones cerebrales para comprender cabalmente quién era el bueno y cual el malo.
 Tan simple, tan práctico y fácil de aplicar era ese esquema de análisis que actualmente, más de treinta años después del fin de aquel periodo feliz, no son pocos los que no consiguen dejarlo de lado.
Así, con este criterio nostálgico, estos, que no son pocos, han justificado y apoyado una guerra como la que Rusia, bajo el gobierno del “compañero” Vladimir Putin, inició en febrero de 2022 en su patio trasero ucraniano, al más puro estilo de aquellas invasiones estadounidenses a países latinoamericanos “amenazados por el comunismo”.
Sobre la base de estos antecedentes, no es extraño entonces que esos, que no son pocos, a pesar de toda la variedad y complejidad de los intereses que actúan en el Medio Oriente – nacionales, económicos, religiosos, políticos y geopolíticos, de castas y clanes – reduzcan las razones de la caída de Bachar Al-Assad a la única y exclusiva acción del “imperialismo”.
Ese conocido imperialismo capitalista yanqui, otrora enemigo ideológico de la Unión soviética y ahora enemigo y rival de la Rusia capitalista del camarada Vladimir Putin.
El problema es que, según este análisis simplista, en la medida que Bachar Al Assad y su régimen habrían sido víctima de un enemigo que ha sido y es también el nuestro, en toda lógica, deberían contar con nuestro apoyo, solidaridad y comprensión.
“Los amigos de mis amigos son mis amigos y los enemigos de mis amigos son también mis enemigos”. Los buenos y los malos.
He aquí entonces una circunstancia en que someternos a un análisis como este, nos pondría en total contradicción con todas las luchas por el respeto de los derechos humanos que llevamos al menos desde hace cincuenta años.
Los cientos de miles que los Al-Assad, padre e hijo, mataron, encarcelaron, torturaron, hicieron desaparecer o exiliaron durante más de cincuenta años, son como los que mató, encarceló, torturó, hizo desaparecer o exilió Pinochet.
Las madres, los hijos, hermanos, amigos que vemos hoy recorriendo cárceles como la de Saidnaya en los suburbios de Damasco para tratar de encontrar el rastro de un ser querido, tienen el mismo rostro y dolor de los y  las que aquí en Chile siguen buscando a sus desaparecidos.

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