Chile – Impresiones – Cerro San Cristóbal

« ACHICARON EL CERRO SAN CRISTOBAL« 

Por Sergio Zamora

Desde que partí de Chile en 1975, expulsado por la dictadura de Pinochet, solamente he podido regresar en tres oportunidades: en febrero del año 2000, un viaje de ocho días para ver a mi padre enfermo; en el 2006, invitado a participar como testigo en un proceso contra Pinochet, en una estadía de tres semanas; y en abril del 2025, durante dos semanas, para presentar dos de mis libros editados en Chile por LOM ediciones.
En cada uno de mis viajes había sido advertido por mis diferentes amigos y familiares que “Chile estaba muy cambiado” y que debía prepararme para enfrentar esa situación, lo que hizo que, en mis dos primeros viajes, en particular en el 2000, cuando habían pasado 25 años desde mi partida, viajara con cierta aprensión, preparándome para a enfrentar los cambios que suponía habían ocurrido en mi antiguo país.
La verdad es que entonces, pasado los dos o tres primeros días de “ajuste emocional”, reencontré sin problema mayor la ciudad de Santiago y sus habitantes, y al cabo de una semana ya sentía estar en un lugar que nunca había abandonado. Para resumir, diría que el Chile muy cambiado que me habían anunciado no me pareció tal. Otro tanto me ocurriría en 2006.
Quizás bajo la influencia de mis dos primeros viajes, ahora último fui a Chile preparando mi espíritu a reencontrar rápidamente lo que había perdido al partir hacía ya medio siglo, y 19 años después de mi segunda estadía allá, como me había ocurrido anteriormente. Pero esta vez las cosas no ocurrirían como lo esperaba.
Una primera sorpresa ocurrió en el segundo día, cuando al pasar frente a la Escuela de Derecho, la imagen de un pequeño cerro se impuso a mi mirada y cuando, ciertamente desconcertado, pregunté de qué cerro se trataba y me respondieron que era el San Cristóbal, de primeras creí me hacían una broma. No podía ser aquel que en mi recuerdo era mucho más grande. Pero no era una broma, era en realidad el cerro San Cristóbal.
Confieso que esta situación me perturbó pasablemente. Estaba claro que algo no funcionaba bien en mi cabeza. Como es evidente, el cerro no se había achicado durante mi ausencia y debí aceptar que mi memoria me hacía una jugarreta, lo que me provocó una desagradable sensación.
Era un sentimiento recurrente, porque como pasaba casi todos los días por uno de los costados de la Escuela de Derecho, al mirar hacia el cerro esperando que su imagen correspondiera con la que guardaba en mi memoria, debí al final aceptar lo ineluctable: ese cerro chico no era el que conocí.
Pero la dificultad para hacer corresponder lo que me rodeaba con lo que guardaba en mi mente no ocurriría solamente con el San Cristóbal. Me habían advertido también de la presencia de muchos extranjeros, lo que pude comprobar rápidamente en mis diferentes desplazamientos por la ciudad, al segundo o tercer día.
Ya sea en las micros, taxis, restaurantes o como vendedores ambulantes, no tuve dificultad para reconocer las entonaciones o acentos de bolivianos, peruanos, colombianos o venezolanos, acostumbrado como estoy a escucharlos en las diferentes reuniones o fiestas de latinoamericanos en París.
Pero había un acento que no lograba identificar, tanto en los hombres – de tono agudo, casi femenino – como en las mujeres, y que escuchaba de tiempo en tiempo. Cuando me animé a preguntar de que país era originario el que los profería, debo reconocer que casi me fui de espaldas: eran chilenos…
Al pasearme por los barrios que conocí en mi infancia o en mi juventud, me veía confrontado al curioso sentimiento de ser observador del deterioro de humildes casas bajas como de edificios más grandes en los barrios populares, adornados con escritura o dibujos en las paredes, en calles sucias y desordenadas, que no necesariamente ayudaban a mejorar la presentación de las habitaciones.
Pero si el desorden era omnipresente, al mismo tiempo estaba inmerso en una frenética actividad de cientos o miles de comerciantes ambulantes, que vendían cualquier cosa, tratando de ganar un poco de dinero que asegurara su subsistencia o por lo menos disminuir en parte la miseria.
Lo de los vendedores ambulantes no era el fenómeno de una calle, por donde iba, en particular por el lado occidental de la ciudad: al igual que las calles sucias, había vendedores por todos lados. Ciertamente, esa imagen, de pobreza y de resiliencia, de miseria y de vida no correspondía con la que guardaba de mi pasado. Como no correspondía tampoco la proliferación de rejas en todas las ventanas, en los patios, incluso en las entradas de los boliches, por donde se pagaba y se recibía lo comprado a través de una pequeña ventanilla.
Sin darme cuenta comencé a considerar mi entorno con desconfianza. ¿En verdad me encontraba en Chile o había llegado a un lugar que se le parecía, pero no era el mismo?
Sin desconocer que el metro tiene un servicio excelente, prefería tomar la micro, pues me permitía observar y reconocer las calles que en algún momento de mi pasado me habían sido familiares, como también disfrutar de la simpatía de los conductores y en particular de las conductoras, algo insospechado, sobre todo las de la línea 505, la que me permitía ir de la plaza Egaña al centro de Santiago.
En el presente los conductores reciben un sueldo fijo que no depende del número de pasajeros transportados, lo que ha dado como resultado el fin de las peligrosas carreras de micros y el que las conductoras pueden conversar con los pasajeros, sin el apremio de llegar rápido a los paraderos. Se acabaron los conductores de mi pasado, remplazado en una buena parte por simpáticas conductoras. Esta vez debí aceptar que Chile había cambiado.
Otra experiencia la tuve un sábado, cuando tenía una cita con un viejo amigo en la esquina de la calle Teatinos con la Alameda a las 19 horas.
Como estaba adelantado me fui a dar una vuelta para pasar el tiempo por la avenida Bulnes, y al pasar frente a un café, una curiosa escena me interpeló: en el local, que tenía unas cinco o seis mesas además del mostrador, no había nadie, salvo una mujer parada en la entrada justo detrás de una cadena de metal qui iba de un lado al otro de la gran puerta.
Como preguntar qué hacía detrás de la cadena me pareció impertinente, pregunté si podía tomar un café, y me respondió de inmediato que era posible. Me senté en una mesa y me atreví a preguntar por la presencia de la cadena, a lo que me respondió, que era para impedir la entrada de ladrones.
“¿Usted cree que esa cadena puede impedir la entrada de alguien indeseable?” Pregunté, pues me pareció evidente que, si un ladrón quería entrar, le bastaba pasar por debajo de esta o por encima, si era lo suficientemente ágil para estirar sus piernas.
Ella me respondió con un argumento imparable: “! Desde que la utilizo, desde hace seis meses, ¡no ha entrado ningún ladrón!” 
Al partir, me recomendó de no pasearme por el lugar después de las 21 horas porque me podían asaltar. Cuando partí del café, mirando mi reloj, las 21 horas no estaban lejos.
El que me pudieran asaltar después de las 21 horas en Bulnes con la Alameda, casi frente de La Moneda, no dejaba lugar a la duda: debía reconocer que las cosas habían cambiado…


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