¡CUIDADO CON LOS ASALTOS!
Por Sergio ZAMORA

En mi viaje a Chile en abril del 2025, el que me pudieran asaltar fue una advertencia que escuché en distintos lugares, en las conversaciones con mi familia, con mis amigos, en los negocios, en la micro, con los cuidadores de autos, etc.
Si tuve el cuidado de no andar solo muy tarde en la noche, pude caminar sin problemas por calles de día y al momento del crepúsculo y un poco más tarde, algo que en principio, según decían, no era recomendable en sectores como Recoleta, San Diego, Quinta Normal y otros barrios populares en Santiago.
A menos de haber sufrido de una crisis de inatención, nunca percibí algo que pudiese ser una amenaza.
¿De verdad esos barrios recelaban peligros? Al principio caminaba con un cierto temor, pero como en el trascurrir de los días no ocurría nada, al final olvidé las advertencias.
De igual manera se me advirtió que por ningún motivo debía utilizar mi teléfono celular en la calle, porque me lo podían robar.
Mi hermana o mi sobrina, cuando debían llamar a alguien entraban a un negocio. Pero obligado por las circunstancias lo utilicé varias veces y en la calle misma, sin que ocurriese nada.
¿Había una paranoia o psicosis del peligro? Quizás.
Cuando le pregunté a uno de mis amigos si de verdad las calles de Santiago eran tan peligrosas como me lo advertían, me respondió: “Después de vivir 17 años en dictadura seguimos asustados, forma parte del ADN de los chilenos. Todo es posible”. Y seguramente mi amigo tenía razón.
El temor se ha constituido en un factor de convivencia, y se mantiene pegado a la piel, aunque se viva en momentos más tranquilos, pues los asaltos, sinónimo de violencia, de brutalidad y de muerte, de alguna manera nos recuerdan el pasado de la dictadura.
Es algo que a veces emerge tomando otra forma, como ocurrió con la muerte de los dos adolescentes de la barra del Colo-Colo, atropellados gratuitamente por un vehículo policial, acto que de alguna manera validaba el miedo sin forma presente en el espíritu de los habitantes de Santiago.
Pero lo que con seguridad alimenta ese sentimiento de inseguridad y de peligro, es la utilización vergonzosa por los medios de cada acto delictual, como una manera de escamotear otras noticias, el sobrevalorar los actos de delincuencia, repetidos a lo largo del día en la televisión.
Esto permite mantener adormecida la mentalidad de los auditores y al mismo tiempo criticar al gobierno, al que se acusa de ser el responsable de toda esa violencia por su incapacidad a controlarla. Y, como la parte más importante de la prensa escrita, radio y televisión está en manos de sectores afines a la derecha, no es posible ver que prevalece alguna objetividad.
Una mañana, mientras hacia un recorrido por las librerías del centro de Santiago en compañía de mi sobrino, entramos a un negocio para beber uno de los deliciosos jugos de frutas. Mientras saboreábamos lo pedido no pudimos escapar a la información proyectada en la gran pantalla del negocio. Estuvimos alrededor de diez minutos, y vimos la misma información tres o cuatro veces.
¿Cuál era la importancia de la noticia? ¡La detención por la policía del propietario de una casa que filmaba a sus arrendadoras mientras tomaban la ducha! Mi sobrino, parcamente, me comentó: “Ese es el tipo de información que nos entrega la televisión. Es una vergüenza. La televisión chilena es tele basura”.
En todo caso mi recorrido por las calles, a pesar de las advertencias, me permitió ver y conocer la resiliencia del Chile popular, que con los cientos o miles de negocios callejeros trata de sobrevivir o emerger del caos de la miseria, produciendo un mosaico de vida y colores, amén de los olores de comida.
Nunca había visto tantos negocios callejeros vendiendo, empanadas, sopaipillas y humitas, además del mote con huesillos.
A pesar de los consejos de mi hermana que aludía un problema de higiene, recordando el dicho popular de eso que “chancho limpio nunca engorda”, de vez en cuando me dejaba tentar y me comía una sopaipilla de pura glotonería porque no sentía hambre.
Esos sabores me reconciliaban con los sabores de mi pasado. Las sopaipillas, deliciosas, tenían el mismo gusto de cuando niño, de cuando las compraba a una señora regordeta que tenía su puesto en la calle El Roble con Recoleta. Las comía a escondidas de mi madre, con el riesgo de recibir un castigo por mi desobediencia. Pero el sabor de las sopaipillas valía correr el riesgo.
Como valía correr el riesgo el recorrer las calles del Santiago popular, aunque “me pudieran asaltar”.
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