Chile Impresiones

UN VIAJE DE IDA CON DOS VUELTAS

Por Sergio Zamora

Nunca he sido aficionado a los viajes en avión y, por el contrario,cada vez que subo a uno estoy convencido de que algo va a ocurrir y de que no llegaremos a destino.
Estoy consciente de padecer una fobia y que debería tratarla con psicólogos, pero como no viajo mucho esa es una necesidad que no está en mis prioridades para resolver. Me he acomodado a mi problema y si debo viajar en avión, porque no hay otra forma de transporte, lo hago a sabiendas de que voy a pasar un mal momento.
Consciente de mi problema preparo mi ánimo en consecuencia, y enfrento mi destino.
Tal como ocurrió el lunes 31 de marzo del 2025, cuando el avión donde debía pasar 14 horas, algo ya demasiado largo para mi gusto, partió puntualmente a las 23 horas desde el aeropuerto parisino Charles de Gaulle, para llegar al día siguiente en la mañana a Santiago.
Esto en teoría, lo que no siempre corresponde con la realidad.
Resignado, porque no podía hacer otra cosa, me ubiqué en mi asiento, amarré mi cinturón de seguridad y me preparé para esa demasiado larga travesía. Como estamos obligados a oir cuando comienza un viaje en avión, escuché atentamente las instrucciones en el caso de que ocurra un accidente en el viaje. Instrucciones que de alguna manera justifican mis temores. Porque si toman esas precauciones, por algo será, digo yo.
Pero haciendo un esfuerzo por olvidarlos, recordé que este viaje era muy importante para mí: Lom ediciones había publicado uno de mis libros en el 2023, y en este mes de abril publicaría un segundo libro. Había programado dos reuniones para presentar mis dos libros: el 10 de abril en sus locales y el 11 en la Villa Grimaldi, y esa eventualidad justificaba largamente mí viaje y me ayudaba a enfrentar las incomodidades.
Con un impresionante rugido de motores el avión emprendió vuelo, produciéndome como siempre en ese momento un vacío en el estómago. Un pequeño sacudón nos advirtió que habíamos despegado y nos encontrábamos en el aire. No quedaba más que esperar y aterrizar en Santiago.
Todo transcurría de manera normal, es decir resentía los temores a los que estoy acostumbrado cuando viajo en avión, temores provocados en parte por las desagradables turbulencias. A pesar de estos, creía que todo ocurría normalmente, cuando lo inesperado se invitó al viaje.
Después de tres horas de vuelo, el aparato se había ya internado en el Atlántico, cuando el piloto nos comunicó ¡que había un problema técnico en el avión y debíamos retornar a Paris!
Miré a mis compañeros de viaje para estar seguro de haber escuchado bien, pero al ver esos rostros que eran la expresión más pura de la desolación, debí convenir que lo escuchado era cierto. Allí compartí mi consternación con la del resto de los pasajeros. Tres horas de ida y tres de vuelta que se agregarían a las 14 horas de vuelo. Era el colmo. Pero que ocurriera ese percance en ese momento parecía una burla del destino
. ¿Qué problema técnico podía obligar a un avión a devolverse en su viaje? ¡Y después de tres horas de vuelo! ¡Y justo cuando me tocaba viajar a mí!
Demas esta decir que el viaje de vuelta fue muy penoso. A la amenaza desconocida, pero no imaginada, del problema técnico, aumentada por las posibilidades que permite la imaginación de alguien que teme viajar en avión puede ser desbordante, además de los comentarios también alarmantes de los otros pasajeros, se agregaba el de las turbulencias.
Estas parecían haberse dado cita para acompañarnos en ese viaje de vuelta. A cada sacudón producido por estas, cada vez más fuertes, pensaba que mi hora había llegado, pero felizmente el destino no había previsto esa posibilidad por el momento.
Fue un difícil momento. Así, contando los minutos y los segundos, y sacudido por las turbulencias, y la amenaza del problema técnico del avión, llegamos a Paris a las seis de la mañana. Nunca había estado tan contento por llegar a un aeropuerto. Como era obvio, no había cerrado los ojos a la ida, y menos a la vuelta, pero lo importante era que habíamos llegado. Un gran número de camiones de bomberos en la pista indicaban que quizás el problema técnico era algo grave, pero eso quedaría sin respuesta.
Como el regreso del avión no estaba previsto y eran las seis de la mañana, en el aeropuerto nos esperaba una situación caótica: con excepción de los bomberos no había nadie esperándonos y evidentemente, nadie capaz de darnos una información. No sabían qué hacer con nosotros. Durante las primeras tres horas los diferentes pasajeros tuvimos la oportunidad de conocer el aeropuerto como no lo hacen normalmente quienes viajan.
 Íbamos de un lado al otro, de un piso al otro, tratando de saber qué iba ocurrir con nosotros. Pero nadie sabía y cada  funcionario del aeropuerto nos entregaba una información diferente y muchas veces contradictorias. Como ocurre cuando se trata de ayudar, pero sin saber en realidad como.
Felizmente alrededor de la 9 de la mañana y después de reiteradas, desordenadas y coléricas visitas a los diferentes locales de Air France, nos informaron que un nuevo avión partiría a las 13 horas, y se nos entregó un bono de 15 euros para que tomáramos desayuno. Pequeña compensación pero que nos levantó el ánimo. Efectivamente, con el horizonte aclarado y los espíritus tranquilizados, tomamos desayuno, y nos dedicamos las tres horas siguientes a ver como pasar el tiempo. En todo caso el avión partió a las 13 horas y llegamos a Santiago en la noche del martes 1° de abril.
Al igual que los otros pasajeros, había perdido un día. En vez de llegar en la mañana, había llegado a las 22 horas, pero habíamos llegado sanos y salvos. Para mi este viaje no fue del todo reposo. Además de las molestosas turbulencias, cada vez que se nos daba  una información, lo que ocurría a menudo, temía que era el aviso de un nuevo problema técnico, que nos obligaría a devolvernos.
Curioso viaje, el que ocurra justo un percance de esa naturaleza cuando toma el avión un miedoso, parecía una burla del destino.

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