Chile – « Chilenidades »

PALABROTAS, GROSERÍAS, GARABATOS Y OTRAS CHUCHADAS

Así como los argentinos tienen como patrimonio inmaterial de la Humanidad y reconocido por la UNESCO algo tan propio como es el tango, Chile debería reclamar un honor semejante para algo de tanto valor cultural y sello indiscutible de la chilenidad como es la palabra weón, la weá,  elweonage y todos sus derivados.
Y si alguna duda quedara sobre el carácter patrimonial y propio del término, baste preguntar a cualquier español, latinoamericano o hispano hablante, cómo puede identificar a un chileno en medio de una conversación. Irremediablemente responderá que esto será posible por la utilización en todas las salsas y bajo cualquier circunstancia de la citada palabra.
Del mismo modo, un gringo que aprendió castellano en la escuela, en el liceo o en algún curso particular y que, queriendo practicar el idioma con alguien que se supone lo habla, pero del cual no entiende ni jota, al escuchar la palabra mágica sabrá que se trata de un chileno y que para comprender su hablar tendrá que aprender un nuevo idioma.
Visto todo esto, resulta interesante ver la evolución del valor social que ha tenido la palabra desde el tiempo de la niñez de alguien como el que escribe (con varias décadas a su haber), hasta ahora, en que forma parte del lenguaje corriente hasta en la sacrosanta televisión.
En aquellos lejanos tiempos el weón o cualquiera de sus derivados estaba inscrito en el registro maldito de las groserías, las palabrotas y los garabatosy por ende, totalmente proscrito en cualquiera conversación entre gente que se consideraba decente.
Incluso su versión mínima en la expresión “sí puhoón” de los que usaban la palabrota entre amigotes, merecía la condena social de aquellos que se consideraban serios, bien educados, elegantes o de buena familia.
Hay algunos pretendidos expertos en lenguaje que estiman que la palabra perdió su carácter nefasto a fines de los años 60 y principio de los 70, cuando una parte de la pequeña burguesía se incorporó masivamente al periodo de cambios que se estaba produciendo no sólo en Chile sino en todo el mundo y quiso adoptar el lenguaje que suponía era el de la clase obrera y popular.
Falsa suposición, porque cualquiera cuyo origen es precisamente la clase obrera, ha de saber que en este medio el hablar con palabras consideradas groseras era algo que estaba absolutamente proscrito y el quebrantar esta regla era algo imperdonable.
En fin, todo esto para caer en cuenta cómo la connotación de las palabras y su consideración social puede variar en el  tiempo e ir de un extremo al otro.
Hubo términos como el que nos interesa que estaban absolutamente `proscritos y que hoy forman parte del lenguaje común y cotidiano.
Del mismo modo, hay otros que en aquel mismo tiempo no podían faltar en el léxico de una cierta burguesía iluminada y de una clase política y que hoy parecen haberse convertido en una palabrota, una grosería, un garabato o una chuchada, que nadie se atreve a expresar.
Como por ejemplo la palabra revolución.

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