EL MONO CON UNA NAVAJA Y EL DESPLIEGUE NAVAL FRENTE A VENEZUELA

Bien a menudo, la primera imagen que se viene al espíritu cuando se hace un recuento de lo que han sido todos estos meses de gobierno del presidente de Estados Unidos, Donald Trump es la del mono con una navaja.
Todo esto porque resulta a menudo difícil encontrar una línea coherente a sus decisiones tanto en el plano interno de su país como en el terreno internacional, actuando a diestra y siniestra en el plano social, económico, político y geopolítico, con el riesgo terrible de que no tiene en sus manos una navaja sino el aparato militar más importante del mundo.
En este contexto se produce el despliegue naval en el Caribe frente a las costas de Venezuela.
El 15 de agosto, la Marina estadounidense confirmó el despliegue hacia el sur del Caribe, en aguas internacionales frente a Venezuela, del buque de asalto USS Iwo Jima y los transportes USS Fort Lauderdale y USS San Antonio, además de una unidad de 4.000 infantes de marina.
Tres días después, informaciones de prensa dieron cuenta que a esta primera flota se unirían dos destructores e incluso un submarino nuclear de ataque.
Explicando este importante despliegue naval anfibio, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, afirmó que Estados Unidos usaría « todo su poder” para frenar el flujo de drogas hacia su territorio, reiterando las declaraciones en este mismo sentido del propio Trump cuando afirmó su voluntad de «usar todo su poder» para frenar el «flujo de drogas hacia su país».
La funcionaria calificó abiertamente y una vez más al gobierno de Nicolás Maduro como “un cartel del narcotráfico”, y acusó al presidente venezolano de estar al frente de una organización desconocida, salvo a nivel de la administración estadounidense, llamada por esta el Cartel de los Soles.
En Venezuela, el presidente Nicolás Maduro denunció que la maniobra es una provocación y advirtió que su país no se dejará intimidar. “A Venezuela no la toca nadie”, afirmó el mandatario en una alocución televisada, reiterando que las acusaciones estadounidenses son parte de una campaña de hostigamiento político y económico contra su gobierno.
Evidentemente, estas maniobras pusieron en alerta a todo el continente en lo que, a primera vista, aparece como la preparación de una nueva intervención imperialista armada de Estados Unidos en América Latina, frente a un gobierno que no se ajusta a sus intereses.
Sin embargo, más allá de las declaraciones oficiales de Washington y de lo que se puede considerar como el preámbulo de una nueva intervención imperialista, surgen interrogantes sobre la coherencia y el sentido de la operación naval.
Hay dos hechos y no de menor importancia que mostrarían una cierta distensión en las relaciones entre Caracas y Washington.
Por una parte, el acuerdo para la liberación de venezolanos expulsados de Estados Unidos y recluidos en El Salvador, a cambio de la libertad de agentes estadounidenses y otros, considerados como presos políticos, dejados en libertad en Venezuela.
En segundo lugar y, lo que es más importante, la autorización por el gobierno de Nicolás Maduro para que la empresa petrolera estadounidense Chevron continúe sus operaciones en Venezuela.
En cuanto a la agresividad contra el gobierno de Caracas que, a pesar de todo, sigue sin ser en absoluto del gusto de Washington, la acusación contra este de ser un narco gobierno, justifica de antemano una eventual intervención que se integra en los objetivos designados de la actual operación naval de lucha contra el tráfico de drogas.
El eventual derrocamiento por la fuerza del gobierno de Maduro no sería “un cambio de gobierno”, como Washington suele llamar los golpes de Estado o sus directas intervenciones militares, sino una mera operación a gran escala contra el narcotráfico.
Sin embargo, resulta totalmente absurdo el despliegue naval y militar como el que está en curso, si el objetivo es la lucha contra la exportación de cocaína hacia Estados Unidos, uno de los más importantes centros de consumo en el mundo.
Del mismo modo, resulta también absurdo que el despliegue de una fuerza naval y anfibia como la que se ha situado frente a Venezuela, por muy espectacular que aparezca a primera vista, pueda tener la capacidad para enfrentar el tremendo poderío militar y la aún importante capacidad de movilización popular de este país, más el apoyo de directo o indirecto de aliados de la talla de Rusia, China o Irán.
Queda como explicación para esto que aparece como una incoherencia más, la influencia de los miembros del propio gobierno, en particular del secretario de Estado Marco Rubio, quienes parecen actuar en función de sus intereses particulares, favoreciendo y dando alas a la egolatría del mono con la navaja.
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