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LA ZANJA QUE EL DESIERTO BORRARÁ: SOBRE LA OBSCENIDAD DE EXCAVAR UNA FRONTERA EN ATACAMA

Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política

Hay algo obsceno en la imagen. Una máquina excavadora abriendo la tierra del norte de Chile como si la tierra fuera culpable. Como si la tierra debiera, también ella, aprender a decir no. Una zanja. Así se llama la política de un gobierno: una zanja. No un muro, que al menos tiene la honestidad arquitectónica de declararse obstáculo. Una zanja. Un hueco. Una herida en el suelo de Atacama, esa tierra que ha visto pasar tantas cosas —minerales arrancados, pueblos desaparecidos, cuerpos lanzados desde el cielo durante la dictadura— y que ahora debe sostener también esto: la fantasía de que la violencia topográfica puede detener a los seres humanos en movimiento.
Llevo días pensando en esa imagen y no puedo deshacerme de la náusea.
Conozco el discurso de memoria porque lo he estudiado durante años. Lo he leído en los documentos de los regímenes más violentos del siglo XX. Lo he analizado en las retóricas del fascismo europeo, en los textos de los constructores de muros, en los manifiestos de quienes creen que la humanidad tiene bordes y que esos bordes deben custodiarse con sangre. El argumento siempre es el mismo, traducido en cada época a la lengua local: “ellos” nos invaden, “ellos” nos contaminan, “ellos” no son como nosotros, “ellos” deben ser contenidos. La zanja es solo la versión contemporánea, chilena y neoliberal, de una vieja obsesión: la higiene de los cuerpos. El saneamiento de la nación. La pureza del territorio.
Porque de eso se trata, en el fondo. No de seguridad —la seguridad es el nombre elegante que se le da al miedo cuando quiere parecer racional. Se trata de decidir qué cuerpos merecen circular libremente y cuáles deben ser detenidos, catalogados, devueltos, expulsados o simplemente tragados por la tierra. La zanja es una declaración: hay humanidad que cuenta y hay humanidad que no cuenta. Y la segunda debe aprender su lugar, que es el otro lado, el lado que no tiene nombre en los noticieros excepto cuando algo sale mal.
Yo he visto los cuerpos que cruzan. Los he visto en los datos, en los testimonios que recogen las organizaciones que aún se atreven a nombrar lo que sucede en esas fronteras. Mujeres con hijos en brazos. Hombres que han caminado semanas. Personas que han dejado atrás idiomas enteros, afectos enteros, vidas enteras, porque lo que quedaba atrás era peor que cualquier zanja. Ninguna zanja los detendrá. 
Pero quiero hablar del desierto.
El desierto de Atacama es el lugar más árido del planeta. Tiene una edad que no se puede pensar bien: treinta millones de años de silencio mineral, de viento que talla la roca, de sales que se depositan como escritura lenta sobre la superficie del mundo. El desierto ha visto imperios levantarse y desmoronarse como dunas. Ha visto el salitre financiar guerras que redibujaron fronteras a sangre y pluma. Ha visto las caravanas de los pueblos que lo cruzaban siguiendo lógicas de tiempo y espacio. Ha visto todo eso y ha seguido siendo desierto. Indiferente. Antiguo. Libre.
Y el desierto, con esa paciencia geológica que humilla cualquier arrogancia humana, se encargará.
La zanja —ese surco de algunos metros, esa cicatriz de tierra removida bajo cielos que son la cosa más azul que existe en este planeta— será cubierta. No sólo por la voluntad política de un gobierno futuro, aunque también eso llegará. Sino por el desierto mismo, que tiene sus propias maneras de borrar lo que los hombres inscriben en él creyendo que durarán. Por las tormentas de arena que en el norte chileno pueden mover toneladas de polvo en horas. Por las lluvias altiplánicas que una vez al año bajan de los cerros como un recordatorio de que el agua no pide permiso. Por el viento que trabaja sin descanso, sin jornada, sin contrato, sin ideología, acumulando tierra en cualquier hueco que encuentre.
El desierto se encargará.
Hay algo profundamente patético en creer que se puede controlar la tierra con una retroexcavadora. En creer que la naturaleza puede ser reclutada para el proyecto nacionalista. El desierto de Atacama no es chileno. No tiene pasaporte. Sus dunas no respetan las líneas que los Estados dibujaron sobre el territorio hace ciento cincuenta años con la sangre de guerras que enriquecieron a otros. El desierto es ingobernable. Y esa ingobernabilidad es, para mí, una forma de justicia que ningún tribunal podría dictar.
Pienso en la zanja y pienso en todas las zanjas de la historia. En el muro de Berlín que cayó no porque alguien lo decidiera en una reunión sino porque el peso de su propia absurdidad se volvió insostenible. En las vallas de Melilla que cada tanto son escaladas por cuerpos que el miedo volvió más livianos que el alambre. En los muros que Trump levantó y que el viento, las plantas y la corrosión ya están comenzando a deshacer, silenciosamente, sin discurso. Los monumentos al miedo tienen mala vida. Se oxidan. Se llenan de grafitis. Los cubren las plantas trepadoras. Los entierra la arena con esa gentileza implacable que sólo tiene lo que va a durar para siempre.
La zanja es también, lo sé, una pedagogía. Una lección que el poder quiere inscribir en el territorio: “hasta aquí llega lo humano”. Una línea que separa el adentro del afuera, lo limpio de lo sucio, lo nuestro de lo otro. Es el gesto más viejo del autoritarismo: trazar una línea en el suelo y declarar que al otro lado empieza el peligro. Lo que cambia es el instrumento. Antes era la sangre. Después fue el alambre. Hoy es una retroexcavadora y un comunicado de prensa.
Pero el desierto no distingue entre adentro y afuera. El desierto no sabe de limpiezas. El desierto tiene su propia lógica, que es la lógica de lo que permanece: la sal, el viento, el tiempo. Y esa lógica, tarde o temprano, se impone sobre cualquier línea que los hombres tracen en su superficie creyendo que el gesto durará.
Esta noche, mientras escribo esto, la zanja está ahí. Abierta. Oscura. Bajo un cielo que es, lo prometo, el más lleno de estrellas que he visto en mi vida. Un cielo que no sabe nada de zanjas, que no distingue entre los cuerpos que están a un lado y los que están al otro, que derrama su luz sobre todos con esa democracia indiferente que sólo tiene lo infinito.
Y en algún lugar, ahora mismo, el viento está trabajando.
Moviendo arena. Acumulando polvo en los bordes del surco. Haciendo lo que el viento hace desde antes de que existiera Chile, desde antes de que existieran las fronteras, desde antes de que los seres humanos se creyeran con el derecho de decidir qué otros seres humanos pueden pisar determinada tierra.
Despacio.
Sin apuro.
Con esa constancia que sólo tienen las cosas que saben que van a ganar.
El desierto tiene treinta millones de años.
La zanja algunos días.
El desierto se encargará.
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Fuente: Resumen : En Opinión. 23 de marzo de 2026

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