AGRADECIDO DE LA VIDA ¡YÉRGUETE!
Por Omar Solis Lagos ·

No es lo que comimos.
Es cuándo lo hicimos.
Es quién miraba.
Es quién no tenía.
Hay una escena que se repite a lo largo de la historia, como una herida que nunca cierra: una mesa larga, servida, brillante, rebosante. Copas llenas, manos limpias, palabras medidas. Y afuera siempre afuera alguien contando monedas, alguien dividiendo el pan, alguien decidiendo si come hoy o mañana.
Hoy también pasa.
Pasa cuando alguien en Chile mira el carro del supermercado y empieza a sacar cosas.
Pasa cuando el pan se calcula, cuando el crédito se estira, cuando la dignidad se paga en cuotas.
No es el banquete. Es el momento del banquete.
Porque la miseria humana no comienza en el hambre, comienza en la indiferencia. En ese gesto mínimo, casi imperceptible, de seguir comiendo mientras otro no puede. En esa capacidad brutal de normalizar el exceso cuando la escasez respira al lado.
Los poderosos nunca han sido castigados por comer bien. Han sido castigados por hacerlo sin vergüenza.
Versalles no cayó por sus platos refinados. Cayó por su ceguera. Por la distancia obscena entre el oro de sus salones y el barro de sus calles. Por ese instante en que el lujo dejó de ser aspiración y se convirtió en insulto. No era el pan lo que faltaba solamente: era el sentido.
Y cuando el sentido se rompe, todo se rompe.
La historia es más cruda de lo que nos gusta admitir. No es una sucesión de fechas ni de héroes, es una cadena de abusos tolerados… hasta que dejan de ser tolerables. No hay guillotina sin antes haber habido silencio. No hay caída sin antes haber habido soberbia.
El hambre no siempre es de comida. A veces es de dignidad. Y ese es un hambre más peligroso, más lento, más acumulativo. Ese fue el hambre que caminó por las calles, que gritó en las plazas, que encendió ciudades sin pedir permiso. No porque no hubiera nada, sino porque lo que había estaba mal repartido. Mal sentido. Mal vivido.
Y ahí aparece la verdadera obscenidad: no en el plato, sino en la desconexión.
Hoy no hay coronas, pero hay mesas. No hay reyes absolutos, pero hay élites que aún creen que el contexto es un detalle. Que el símbolo no importa. Que el momento es irrelevante. Y se equivocan.
Porque el poder no se mide solo en decisiones, se mide en gestos. En señales. En la capacidad de entender cuándo algo deja de ser correcto, aunque siempre lo haya sido.
Comer bien nunca ha sido el problema. El problema es hacerlo cuando otros no pueden. Y peor aún: hacerlo sin siquiera notarlo.
No se los comen con dientes.
Se los comen con contratos, con sueldos mínimos, con pensiones que no alcanzan, con cuotas que no terminan nunca.
Se los comen en silencio, con corbata, con lenguaje técnico, con cifras que no se sienten pero que pesan.
Y a veces, aunque incomode decirlo también nos sentamos en esa mesa.
También miramos hacia otro lado.
También normalizamos lo que nos conviene.
Pero no nos engañemos.
No estamos en la mesa.
Ni siquiera le pasamos los cubiertos a nadie.
Estamos en el menú.
Y la carne aquí se come a punto, o estilo inglés,
con la sangre brotando cual manantial perverso,
manchando manteles, manos y conciencias.
Ahí aparece algo más oscuro que la gula: la naturalización del privilegio. Ese punto donde el exceso ya no se percibe como exceso, donde la distancia se vuelve paisaje, donde el otro desaparece.
Y cuando el otro desaparece, lo que queda no es poder. Es miseria.
Miseria moral. Miseria política. Miseria humana.
Porque sí, hay una forma de canibalismo que no necesita dientes visibles. Es más sofisticada, más elegante, más silenciosa. Es cuando unos viven de otros sin verlos. Cuando el bienestar de algunos se construye sobre la precariedad de muchos. Cuando el sistema no solo permite eso, sino que lo administra, lo maquilla y lo justifica.
Ahí la vida deja de ser fértil.
No crece nada donde gobierna la ignominia. No florece nada donde la falsedad se vuelve norma. No hay futuro donde la vergüenza desaparece.
Y tal vez esa es la última alerta, la más importante:
no cuando hay hambre, sino cuando deja de doler.
Porque mientras duela, hay conciencia.
Mientras incomode, hay posibilidad.
Mientras genere vergüenza, todavía queda algo por salvar.
Pero el día en que podamos sentarnos a la mesa, mirar alrededor… y no ver a nadie faltando,
ese día no habremos resuelto el problema.
Lo habremos olvidado.
Y cuando una sociedad olvida el hambre de otros,
no se vuelve más próspera,
se vuelve más cruel.
Y cuando la crueldad se vuelve costumbre,
ya no hay banquete que la esconda.
Porque entonces no será metáfora.
Será costumbre.
Y nosotros,
seguiremos sirviéndonos unos a otros,
hasta no dejar nada.
Ni pan.
Ni dignidad.
Ni vergüenza.
Agradecido de la vida ¡Yérguete!
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Fuente: Facebook
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