LA AMENAZA DE LA EXTREMA DERECHA

por LUIS CAMPOS
Bajo la consigna »Que las Fuerzas Armadas intervengan », el domingo 8 de enero, entre diez mil y quince mil partidarios de Bolsonaro saquearon los edificios de las instituciones federales, Congreso, Palacio Presidencial y Corte Suprema que rodean la plaza de los Tres Poderes en Brasilia, manifestando así frente a la entrada en funciones de Lula, como Presidente de la República
Esta acción no podía sorprender, pues, desde el día siguiente de la elección el 31 de octubre de 2021, eran centenares los que en Brasilia acampaban delante de los locales del Estado Mayor del Ejército para reclamar la intervención de los militares. Estaba previsto de expulsarlos del lugar, pero aparentemente nadie tomó la iniciativa de hacerlo.
El sábado 7 de enero, miles de bolsonaristas llegaron a Brasilia en más de cien buses. En principio ,el acceso al centro de la capital estaba prohibido, pero nadie impidió que el lugar fuese ocupado, permitiendo enseguida el acceso hacia los centros del poder político civil, derribando las barreras que obstaculizaban el paso y empujando a los policías que los protegían.
Entre estos últimos, no fueron pocos los que se hacían fotografiar junto a esta turba, mostrando así claramente sus simpatías con este movimiento subversivo y hay pocas dudas sobre el que los dirigentes de la policía local fueron cómplices de la asonada.
El responsable de la seguridad pública del Distrito Federal no es otro que el ex-ministro de Justicia de Bolsonaro y el gobernador del Estado Ibaneis Rocha, es también un ex-bolsonarista.
No es sorprendente, entonces, que ellos no hayan querido ver venir lo que se estaba anunciando, pues esta revuelta se preparaba abiertamente desde hacía una semana a través de las redes sociales. Estos responsables están por ahora suspendidos de sus funciones. ¿Pero cuantos de sus amigos y cómplices están aún ocupando puestos de responsabilidad en la Administración, el Ejército, la Policía, las Aduanas ?
En el seno mismo del gobierno nombrado por Lula, varios provienen del campo de Bolsonaro, sin contar aquellos que ya habían hecho campaña por él en 2018.
Los saqueadores del 8 de enero desconocieron la elección legítima de Lula, denunciando una supuesta complicidad de la Corte Suprema en lo que ellos consideran como un escrutinio »robado ».
Su héroe Bolsonaro, que dos semanas antes huyó a Estados Unidos, donde se reunió con su compinche Donald Trump, declaró no estar al corriente de nada, desautorizando oficialmente a sus partidarios, pero, hipócritamente, acusó a la izquierda de ser culpable de todos los desórdenes que ocurrieron y de los que pueden todavía ocurrir.
No hay duda que, a través de esta acción espectacular, los bolsonaristas, bien organizados, querían empujar a las Fuerzas Armadas a intervenir, esperando que los generales del Estado Mayor destituyesen a Lula, deteniéndolo a través de un golpe de Estado como ya lo hicieron en 1964.
Esto no ha sucedido, pues hoy estos generales no parecen estar deseosos de hacerlo, aunque visiblemente algunos de sus elementos han manifestados tener simpatías con el ex-militar Jair Bolsonaro y con quienes no reconocen su derrota electoral.
Imágenes que han circulado muestran que militares escoltaron a los manifestantes cuando estos se dirigían a la plaza de los Tres Poderes, lo cual no puede haber sido iniciativa de simples subalternos, aunque paradójicamente fueron los militares los que los desalojaron ante la »incapacidad aparente » de los policías.
La burguesía en su conjunto le ha dado confianza a Lula para defender sus intereses de clase dominante como lo hizo en el gobierno de 2003 a 2010, esperando de él que administre la crisis y que emplee su popularidad para hacer aceptar a las clases populares una política que a la larga no podrá provocar que descontento.
Los acontecimientos del 8 de enero confirman que los bolsonaristas conservan un nivel de influencia importante entre diversos sectores de la sociedad y en amplios sectores de la clase dominante y Lula no puede sino estar consciente del peligro de que su período presidencial puede ser interrumpido con su derrocamiento.
En este contexto, queda muy claro cuales son las opciones que tiene Lula para encontrar un apoyo a su gestión.
Frente a una burguesía que espera solamente salvaguardar sus intereses y a unas Fuerzas Armadas que tradicionalmente se han situado en la derecha y extrema derecha, no tiene más alternativa que apoyarse en las clases populares y sus organizaciones sindicales poblacionales, independientes del poder político para poder luchar por sus propios intereses salariales, de salud, educacionales, habitacionales y de protección del medio ambiente.
Por el momento Lula ha retomado su estrategia de unidad nacional, movilizando a todos los representantes del poder civil, para mostrar así que controla todas las instituciones del poder republicano de Brasil y que ellas están unidas frente a la amenaza de nuevos disturbios. Respuesta ampliamente insuficiente para que todo el país quede satisfecho.
Una pregunta que muchos se hacen es, cómo el fallido golpe de Estado reconfigurará la compleja relación entre Lula y las Fuerzas Armadas. ¿Mantendrá su discurso de conciliación, sabiendo que los simpatizantes bolsonaristas son numerosos en ellas? El problema es que los militares quieren conservar sus espacios de poder y su estatus en la sociedad. Para gobernar Lula debe apoyarse en el poder civil, pero también en los sectores legalistas al interior del Ejército, con el fin de evitar que los cuarteles se transformen en focos subversivos, manteniendo un clima de hostigamiento político.
Nadie puede olvidar que Brasil conoció una dictadura militar entre los años 1964 y 1985 y que hoy muchos militares son nostálgicos de este período y que el mismo Lula fue entonces perseguido y encarcelado por sus actividades sindicales.
A diferencia de la Argentina, al término de la dictadura, ningún militar responsable fue procesado por crímenes cometidos durante ese período. En 2018 el alto mando se pronunció públicamente por la prisión contra Lula, al cabo de un mañoso e irregular proceso.
L. C.
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