EL NARCOTRÁFICO Y EL CRIMEN ORGANIZADO, ABONADOS POR LA DICTADURA DE PINOCHET Y LA ECONOMIA ULTRALIBERAL
por SERGIO ZAMORA

Dos libros de hace ya más de una década podrían ser considerados entre los primeros en denunciar la instalación en Chile del crimen organizado internacional, primero al amparo del narcotráfico creado por la Dictadura y luego bajo el amparo del sistema económico ultraliberal instaurado en el país.
El libro La delgada línea blanca, de Rodrigo de Castro y Juan Gasparini, entrega detalles sobre la participación de Chile en la gran red del narcotráfico, iniciada en el periodo de la dictadura de Pinochet y que habría sido la obra de su brazo derecho, el entonces jefe de la DINA, Manuel Contreras.
Esto habría obedecido a la necesidad de obtener el dinero necesario para poder impulsar las diferentes actividades clandestina de la DINA, y consolidar así el poder de Pinochet.
Ya en la segunda mitad de los años setenta, las agencias antinarcóticos de los Estado Unidos contaban con una serie de antecedentes que involucraban a la inteligencia militar chilena con el narcotráfico internacional.
A partir de 1977 funcionarios del gobierno de James Carter, presionaron al régimen de Pinochet para que terminara con las actividades de la DINA, responsable del asesinato de Orlando Letelier en Washington.
El agente de la DINA Michael Townley sindicado como el autor material del atentado se apoyó en la estructura de esta y además contó con la ayuda de cubanos anticastristas que estaban coludidos con el narcotráfico.
Esto fue fue descubierto, pero no investigado por el FBI, porque según el organismo federal estadounidense, “a pesar de que cuando comenzaron a investigar veían droga por todos lados, lo que les interesaba era “capturar a los asesinos de Letelier”.
La participación en negocios de uno de los hijos de Pinochet, Marco Antonio, con un conocido narcotraficante, Yamal Edgardo Bathich Villarroel, hace pensar sin grandes dudas que el propio Pinochet estaba al corriente del negocio de la droga en Chile.
Cierto es que la actitud de los Estados Unidos facilitó la proliferación de redes de narcotráfico, al desarrollar sus propias redes ilegales con el fin de aportar armas a la guerrilla de los “contras” antisandinistas o al Irán e Irak en los años ochenta.
Muchas veces, el transporte de armas coincidía con el transporte de drogas. En lo referido a las armas, De Castro afirma que “La producción bélica de Cardoen en Chile y en el extranjero destinada a Irak estuvo siempre piloteada por los servicios secretos norteamericanos durante los años ochenta. Y, además, Cardoen gozaba también de la protección de la cúpula militar chilena y de la CNI.”
En lo referido a las drogas, el capítulo que De Castro dedica al narcotraficante chileno Yamal Edgardo Bathich Villarroel explica mejor que todo otro ejemplo las ramificaciones, y el poder, de la droga.
En un momento el vehículo de Bathich estaba siendo seguido secretamente por un automóvil de Carabineros, cuando la intervención telefónica de los investigadores judiciales capta el siguiente mensaje recibido por este en su celular: “Un Toyota Tercel 1996, patente DS 2479 lo está siguiendo”.
Después de ese llamado, Bathich, sin sospechar que su teléfono móvil estaba intervenido llamó inmediatamente a un numero de la Dirección de Inteligencia del Ejercito de Chile (DINE): para señalar el hecho y exigir se identificase el vehículo..
Minutos mas tarde llegó la respuesta: el automóvil corresponde a un vehículo de Carabineros de Chile. Sin perder un segundo Bathich llamó a un coronel de la institución policial.
¿“Porque mierda me están siguiendo”?. El coronel respondió no estar al tanto pero que haría lo necesario por saberlo, pero no sin advertir que: “Ten presente que esto nos costará mucho dinero”. “No importa. Averígualo ahora mismo”. Respondió Bathich.
Acto seguido, Bathich llamó a Gloria Olivares, jueza de la Corte de Apelaciones de Santiago, iniciando el siguiente diálogo: “¿Glorita te despierto?”… “No quiero molestarte, pero en estos momentos me está siguiendo un auto de Carabineros. Deben contar con una orden judicial de algún juzgado de Santiago. ¿Puedes tenerme algo para mañana? ¡Hay que pararlos!”
Muestra más que elocuente de la colusión de un criminal de la droga, con de la Dirección de Inteligencia del Ejército de Chile (DINE), con un alto oficial de Carabineros y con una jueza!
El libro de Manuel Salazar, Conexiones mafiosas-El crimen organizado a las puertas de Chile, Editorial Mare Nostrum, Chile, 2008, permite completar la lectura de la Delgada línea blanca-Narcoterrorismo en Chile y Argentina de Rodrigo de Castro y Juan Gasparini.
Es un amplio panorama del crimen organizado a nivel mundial. Un mundo de violencia, de corrupción, en donde si la droga juega un rol preponderante, se acompaña de otros crímenes como el secuestro de menores para el tráfico de órganos, desvío de la ayuda humanitaria o venta de tecnologías nucleares.
Los 24 capítulos del libro permiten echar una mirada a la mafia ítalo americana, a los carteles colombianos, a las triadas chinas, a la droga en Bolivia, en México e incluso en el Vaticano.
En el capítulo 2, A las puertas del Vaticano, se describe brevemente la colusión de la mafia italoamericana, la logia masónica P2 (Propaganda 2), la CIA, el Partido Demócrata Cristiano de Italia, y varios de los encumbrados habitantes del Vaticano.
Nos permite darnos cuenta del rol jugado por la logia masónica P2 creada por Licio Gelli, creada para oponerse a la influencia del Partido Comunista Italiano y su concomitancia con la “Operación Gladio”.
Este fue un plan de la CIA para impedir la expansión del comunismo en Europa, dirigido por el general Alexander Haig, antiguo comandante en jefe de la OTAN.
Gladio forjó acuerdo entre la mafia y ciertos funcionarios de la curia vaticana, reclutó a neofascistas para atentados que se atribuían a la izquierda y repartió millones de liras entre los partidos políticos y la prensa.
Este capítulo permite comprender la debacle del banco Ambrosiano, vinculado al Vaticano, y el suicidio de su director, Roberto Calvi, quien apareció colgado en un puente de Londres.
En lo relativo a Chile, el capítulo 3, Vínculos y protección en Chile nos permite constatar la presencia de la droga en diferentes épocas y la colusión de jueces con narcotraficantes.
Tal es el caso de magistrados de la Corte de Apelaciones de Iquique, quienes, en septiembre de 1973, aludiendo sumarios de guerra, permitieron el asesinato de varios funcionarios de Aduanas y de un abogado procurador del Consejo de Defensa del Estado (CDE).
Los funcionarios de Aduana y el abogado habían acumulado amplios antecedentes que comprometían a varios magistrados y empresarios locales en las redes de la cocaína.
Los investigadores aduaneros Juan Calderón Villalón y Marios Morris más otros tres fueron fusilados en el centro de detención de Pisagua, pese a los esfuerzos de los abogados del CDE e incluso de algunos agentes antidrogas de EEUU que estaban en Chile.
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