Cincuenta años después, aún no han logrado
suicidar al presidente Allende

Para cualquier espíritu libre, (o libertario), frente a afirmaciones que han sido ratificadas oficialmente, escritas en papel sellado, tamponeadas y firmadas por escribanos, notarios, actuarios, leguleyos y magistrados, publicadas en el Diario Oficial de la República, impresas, grabadas y puesta en imágenes por los medios informativos serios, sólo debería caber una alternativa: cuestionarlas.
Una afirmación que cumple con todos los requerimientos que señalábamos se refiere a la muerte del presidente Salvador Allende.
Hace exactamente nueve años, en enero de 2014, la Corte Suprema, es decir el máximo tribunal de justicia de la República de Chile, dictaminó oficialmente y en sentencia definitiva que “no existen antecedentes en el proceso instruído por el ministro Mario Carroza que permitan determinar que exista la intervención de terceros en la muerte del Jefe del Estado”.
Punto final, no hay nada más que hablar.
Pero. Siempre hay un pero y en este caso es que el fallo fue dictado con el voto en oposición de uno de los integrantes de la Corte Suprema, el ministro Hugo Dolmestch.
“La incertidumbre de la intervención de terceros o la circunstancia de ser o no delictuosos los hechos no ha cesado, lo que es incompatible con la causal de sobreseimiento definitivo”, manifestó el ministro Dolmestch.
De todo esto resulta que si bien, desde un punto de vista estrictamente legal, la cuestión está oficial y definitivamente establecida, los antecedentes de que dispone alguien de tanta importancia como es un ministro de la Corte Suprema, le permiten cuestionar el veredicto y, lo que es fundamental, deja abierta la posibilidad de continuar en la búsqueda de la verdad verdadera y no la dictada por veredicto.
Sería largo enumerar e imposible de describir en algunas líneas todas las contradicciones, irregularidades de procedimiento, testimonios tan ridículos como el ir a buscar un recuerdo en medio del tiroteo de uno de los médicos (¿Por qué no un autógrafo?), omisiones y mentiras sobre las que se fue construyendo, desde el mismo día del golpe de Estado, la tesis del suicidio.
A este respecto, los trabajos de diversos investigadores independientes, entre los cuales el doctor español en Medicina Julián Aceitero Gómez y el chileno Luis Ravanal Zepeda, médico cirujano y Master en Medicina Forense, cuestionan y dejan ver que muchos de los elementos sobre los que se basó el sumario del ministro Carroza fueron aquellos elaborados en las circunstancias irregulares arriba señaladas.
De todas maneras y para analizar nada más que los hechos hay que partir de la premisa del interés que tenían los militares golpistas de destruir por todos los medios la imagen del presidente Allende para presentarse ellos frente a un pueblo desilusionado y desmoralizado por la caída sin gloria de su líder.
El honor del gesto que significa el cumplimiento del juramento del presidente Allende, manifestado en numerosas ocasiones, de responder con su vida si fuese necesario frente al compromiso adquirido con el pueblo, fue algo que los golpistas difícilmente podían comprender y por eso, en una última tentativa para destruir su imagen y su figura, crearon y desarrollaron la versión del suicidio.

De entre todas las versiones sobre los acontecimientos del 11 de septiembre de 1973 en el palacio de La Moneda y las circunstancias en que se produjo la muerte del presidente Allende, hay una que sigue pendiente y fue la entregada por el fiscal estadounidense Eugene Propper, que investigó el asesinato en Washington del ex ministro Orlando Letelier y su secretario Ronnie Moffit.
La versión sobre la muerte de Allende entregada por el fiscal estadounidense en su libro “Laberinto” resulta importante, pues aparece refrendada por un acontecimiento que tuvo lugar el viernes 14 de septiembre de 1973, en Viña del Mar, donde había sido sepultado el cuerpo del presidente Allende, episodio que hasta ahora es poco conocido.
Propper, que durante la investigación del crimen de Letelier interrogó Armando Fernández Larios, uno de los oficiales de Infantería que estuvo en el ataque a La Moneda, escribió en su libro “Laberinto”:
“Poco después de la 2 PM las compañías de Infantería penetran en La Moneda. Algunos grupos corren al piso superior en medio del humo y cubriéndose con ráfagas de ametralladoras, René Riveros, un teniente de pelo rubio, repentinamente se ve enfrentado a un civil armado que viste un sweater de cuello alto. Riveros vacía la mitad de su cargador en el Presidente de Chile, matándolo instantáneamente con heridas que van de la ingle a la garganta”.
El viernes 14 de septiembre, alrededor de las 22 horas y en momentos en que se producían enfrentamientos armados en distintos puntos de Valparaíso, un grupo de vecinos del barrio Santa Inés, en Viña del Mar ingresaron al cementerio y llegaron hasta la tumba de la familia Grove, donde había sido sepultado el presidente Allende.
Después de abrir la tumba y el féretro que había sido sellado, pudieron observar el cuerpo de Allende. Según testimonio directo de al menos uno de los protagonistas de este hecho (hoy fallecido), pudieron constatar 32 (bien 32) impactos de bala, que iban del bajo vientre hasta la cabeza. De todas maneras, como es fácil deducir, demasiados para un suicida.
Como último elemento de todas estas reflexiones, cabe preguntarse acerca del interés que demostraron algunos de los que se suponía eran sus camaradas y compañeros de lucha y de ideales, para aceptar sin más la versión del suicidio.
Aquí cabe lo expresado en el prólogo del libro “Yo no me rendiré” de Luis Ravanal Zepeda y Francisco Marín Castro, cuando señala que el suicida “nos lleva al lamento…a la conciliación y al perdón sin justicia verdadera”.
Lo otro, decir Allende combatiente hasta lo último, “nos interpela, nos provoca, nos desafía y mantiene inagotable la decisión de no rendirse, de no tranzar en lo fundamental, que es, finalmente, ese sueño del nuevo Chile, el independiente, el justo”.
Demasiado pedir para renovados, reciclados, pragmáticos y concertados.
Laisser un commentaire