UN AÑO DE GUERRA EN UCRANIA Y SENTIMIENTOS QUE SE OPONEN
por Claudio JEDLICKI

Desde el primer día, la invasión de Ucrania nos provocó un profundo rechazo, sin poder encontrar el más mínimo atenuante con qué alimentar un comienzo de comprensión coherente, racional u objetiva.
Cuando un país como Rusia, con tres veces más habitantes y con un PIB nueve veces superior, toma la iniciativa de la agresión, es porque considera al invadido como su futuro vasallo, con el objetivo de institucionalizar una relación de dominación/subordinación.
Mi condición de chileno no puede borrar todas aquellas otras agresiones cometidas por el Imperio yanqui, en su patio trasero o en otros continentes.
Si puedo admitir que existen algunas impugnaciones rusas justificadas, nada, absolutamente nada, da legitimidad a una invasión armada.
Que históricamente hayan sido parte de un mismo país, imperio o federación, con sus consecuentes lazos en términos políticos, culturales, poblacionales, lingüísticos o familiares, es algo innegable.
Como también lo es la existencia de la nación ucraniana, que Lenin reconoció hace ya más de un siglo en tanto República Soviética y que Nikita Khruchev amplificó más tarde, agregándole Crimea.
Asimismo, el que algunos cuantos fascistas, nacionalistas de extrema derecha, adeptos de cuanto complot circula en internet, se reconozcan en Putin, parece normal y coherente.
Muchísimo menos es el que aparezca una izquierda, real o imaginaria pro Putin, dividiendo geopolíticamente el mundo en dos campos: uno reaccionario, el del imperio yanqui y la OTAN; el otro opuesto que, por obra y gracia de no sé quien, sería automáticamente progresista y, evidentemente anti imperialista.
Es lo que se llama campismo, fundado en un raciocinio tan simplista como el del proverbio “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”.
Que algunos camaradas opositores de primer orden contra el pinochetismo se reconozcan en el campo de Putin nos duele e interpela. Sin dejar de considerarlos como camaradas por su pasado, no logro ni entender, ni reconocer atenuantes en su posición.
Saben que Putin instalado por Yeltsin, consolidó el trabajo de sepulturero del socialismo soviético. Por más burocrático, antidemocrático, cleptómano, ineficaz y desfigurado que este haya sido, la URSS era un país donde las relaciones de producción y de propiedad eran socialistas.
Pasan así a identificarse circunstancialmente con aquellos que privatizaron los medios de producción, que lo hicieron de manera fraudulenta, generando una oligarquía mafiosa a la que ni siquiera se puede otorgar el mérito de haberlos creado y desarrollado.
¿No les recuerda nada?
El paralelo con la privatización del área social del Gobierno Popular chileno es palpable: Enterraron todo aquello que olía a socialismo para introducir el capitalismo más salvaje e injusto, en manos de una oligarquía cleptómana parida sin gran esfuerzo por los Chicago Boys o a partir del vientre del KGB.
En cuanto a la guerra misma, la invasión sorpresiva de los rusos permitió en sus inicios una progresión no muy dificultosa y profunda.
Poco a poco, la resistencia ucraniana, con la ayuda creciente del occidente consiguió contenerla y luego, a partir del verano 2022, recuperar ciudades conquistadas y progresar hacia el este.
Este proceso debe mucho a la asistencia de la OTAN y sus armas más sofisticadas, a la formación de sus tropas y, sobre todo, al suministro de información táctica en directo sobre las tropas rusas.
Observar a Putin y sus tropas en dificultades frente a los avances de la resistencia ucraniana procura indudablemente motivos de satisfacción, pero estos sentimientos vienen necesariamente a mitigarse cuando se entremezclan con la representación que tenemos del campo occidental y la OTAN.
Comenzando por su concepción a geometría variable de la democracia, del intervencionismo, de invasiones y otros atropellos practicados en tantos lugares y en un pasado reciente como en Palestina/Israel, los territorios kurdos, Armenia, Chipre, ex Sahara español, ex Yugoslavia, Irak o África subsahariana.
No es tan solo la OTAN que nos disgusta. En la Ucrania que resiste hay de todo, empezando por el ex payaso que la gobierna y sus acólitos, profusamente mencionados en los Pandora Papers.
Se suman algunos contingentes de fascistas confesos, y otros corrompidos a raja y tabla a los que no se les ha escapado tampoco el desvío de la ayuda recibida.
Sin embargo, sabemos también por encuestas y sobre todo por el destino que escogen los exilados, que la inmensa mayoría del pueblo se opone a la anexión.
Se agrega la manera, especialmente brutal con que Rusia conduce la guerra: bombardeos masivos de habitaciones y de infraestructura de uso civil, violaciones, torturas de prisioneros, asesinatos, mases y demases en los territorios conquistados.
En tal entorno, no es sorprendente entonces que encuestas recientes muestren una simpatía creciente de los ucranianos hacia los nacionalistas y otros huérfanos de la Segunda guerra mundial, forma de adhesión no ideológica sino pasajera, forjada en el rechazo a todo lo que huele a ruso.
La cereza en la torta del horror la constituyen las milicias de mercenarios. Hasta ahora, ni siquiera EEUU había osado enrolar mercenarios para combatir directamente.
Esto, sin olvidar que los hubo reclutados secretamente como agentes de la CIA u otros servicios. Fueron los casos, entre otros, del nazi Klaus Barbie, en Bolivia o de cubanos contra revolucionarios, empleados en actividades diversas en AL, en particular en Chile, a cambio de vista gorda para traficar con drogas u otras fechorías.
Las milicias privadas Wagner, compuestas exclusivamente de criminales a cambio de amnistía, son utilizadas de la manera la más ignominiosa y con el más absoluto desprecio del género humano y enviados como carne de cañón, sin las armas necesarias para una guerra de tal envergadura.
Las estadísticas que circulan, sin poder comprobarlas, dan un ucraniano muerto por seis o siete milicianos. Se evalúa que la sobrevida al cabo de seis meses, período mínimo del enrolamiento, es entre 20 y 50%, en misiones casi suicidas y donde no figura la captura del o por el enemigo, con la muerte como única opción.
Procesando todas estas informaciones con las reacciones contradictorias a las que nos someten, esperamos que los rusos no tarden en retirarse, lo que necesariamente ocurrirá en algún momento, derrotados completamente o producto de una negociación.
Si de paso se deshacen del dictador y lo envían a la Putin que lo parió, será la más grande de las satisfacciones.
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