CUATRO MARINOS CONMEMORAN EN IQUIQUE LAS GLORIAS NAVALES:NO LAS DE PRAT, SINO LAS DE LAS TORTURAS Y ASESINATOS DE 1973
El sábado 19 de mayo pasado en Iquique, cuatro marinos que, sin duda querían celebrar las glorias de la Armada, no las de Arturo Prat, sino las de 1973, las del fuerte Silva Palma, las de los buques Esmeralda y Maipo en Valparaíso y las de la base naval de Talcahuano, entre otras, golpearon y torturaron en la calle a un indigente colombiano inválido hasta matarlo.
Sin embargo, este crimen, repugnante en sí mismo, sólo fue el comienzo de una serie de manifestaciones de la mas abyecta hipocresía de parte de las autoridades, tanto de la Armada, directamente implicada en el caso, como las de las diversas instituciones civiles, comenzando por el propio Boric.
Como dirían en buen lenguaje popular chileno actual: un desfile de “carerrajas”.
Entre todos estos, sin duda la palma de honor se la llevó el comandante en jefe de Armada, Almirante Juan Andrés de la Maza.
“Como marinos, repudiamos este tipo de hechos de violencia que no representan bajo ningún punto de vista la conducta de los más de 25.000 hombres y mujeres que conformamos la Armada de Chile”
Con estas palabras, el jefe naval debió iniciar su discurso al inaugurar las ceremonias de conmemoración del combate naval de Iquique, enfrentado a la realidad de lo que puede engendrar y que engendró la institución que dirige y que, en el fondo con sus palabras, trató de ignorar y de negar.
Habría que ver realmente si los 4 asesinos del indigente colombiano representan realmente o no en su mentalidad y en su espíritu a los 25.000 hombres y mujeres” de la Armada.
Por cierto y sin duda, la gran mayoría de ellos ni siquiera habían nacido cuando otros miembros de la institución torturaron a sus propios compañeros que denunciaban la traición que estaban preparando los altos mandos y los que torturaron y dieron muerte a cientos de chilenos partidarios del gobierno legítimo al que debían obediencia y lealtad.
Así, al integrarse a una institución que durante cincuenta años ha persistido en ocultar y negar tales crímenes, que ha protegido a los culpables y en particular la funesta memoria del uno de sus jefes, el almirante Merino, uno de los cuatro golpistas y parte de la Dictadura en tanto miembro de la Junta de Gobierno, se están haciendo parte de ese contencioso que no esta saldado.
Es posible y lógico pensar que los cuatro asesinos del indigente colombiano actuaron con tal brutalidad teniendo en el subconsciente la idea de disponer de una cierta impunidad, sobre todo considerando que alegaron que antes habrían sido agredidos por unos colombianos.
Al fin y al cabo, un pobre, marginado de la sociedad decente y respetable a la que suponían pertenecer los asesinos y más encima extranjero, no es muy diferente de un “comunista”, enemigo de la Patria y por supuesto agente del enemigo extranjero.
En cuanto a las declaraciones de todas las otras autoridades civiles, no fueron sino puras y simples manifestaciones de forma y para cumplir un rito frente a la circunstancia.
¿O acaso a alguien podría ocurrírsele que el Presidente de la República, la ministra de Defensa, los diputados, los senadores, el gobernador regional, el alcalde, los regidores, el presidente de la junta de vecinos o los presidentes de los clubes de fútbol, de cacho o de dominó locales, podían hacer otra cosa que “condenar enérgicamente”?
Otra cosa son las acciones, como la firma de la ley Nain-Retamal o de “Gatillo fácil” promulgada por el presidente Boric, que no es sino otro grado más en la impunidad para los asesinos con uniforme que, en los hechos, como en el caso de los criminales de Iquique, pueden pensar a justo título, que todo les está permitido.
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