Chile – Análisis

El síndrome de Penélope.

11 mayo 1983 Primera protesta nacional contra la dictadura

Jaime Ruiz – 21/05/2023
El mundo de la izquierda, de tanto tejer y destejer sueños, ha terminado por no reconocer el objeto de su amor.
A medida que experimentamos el paso del tiempo, nuestros aciertos y desaciertos nos dejan puntos de comparación que, combinados con hechos del presente, nos hace sentido llamarlo experiencia.
Antes, las tendencias políticas mayoritarias, tenían influencias en diferentes territorios: sectores DC; barrios socialistas, sindicatos comunistas, etc.; y las familias eran reconocidas por su filiación y tendencia.
Los nuevos vínculos no aspiran a representar mayorías, sino que resaltan la defensa de particularidades: veganos, defensores de la naturaleza, por la recuperación del mar, indigenistas, animalistas, en defensa del agua, feministas, LGBTQ+, etc.
En la pasada Convención, la dinámica interna de quienes representaban a minorías los terminó enajenando del momento político que vivía la sociedad, primando su mirada identitaria frente al objetivo de representar a toda la ciudadanía.
Y los sectores progresistas fallaron en encauzar las expresiones identitarias a una política de mayorías y, por defecto y falta de claridad, colaboraron en el triunfo del Rechazo, engañándose a sí mismos, resaltando algunas ideas muy valiosas, pero ocultando que la defensa de temas de identidad haya mutado a promoción de minorías, lo que condujo a una fragmentación nunca vista, cosa que los medios y la derecha no dejaron pasar.
Y el análisis y la autocrítica durante el momento constitucional brillaron por su ausencia.
Luego de la gran derrota del Apruebo, esos sectores de izquierda buscaron justificarse, en medio de alabanzas a la redacción rechazada, amplificando un nuevo error político.
La reacción a aquella defensa injustificada y absurda condujo a que los partidos estimaran legítimo ir en dos listas a la elección del 7 de mayo, en donde el segundo batatazo no solo les vuelve a rechazar en conjunto, sino que encumbra como solución política a la ultraderecha.
Por eso, después del triunfo del Rechazo, todas las explicaciones poéticas han sido desleales con las bases de la izquierda. Esa deslealtad ha potenciado la rabia contra la política, desafectando a los sectores populares de los partidos.
Las dirigencias políticas saben que no pueden producir mayorías juntando minorías, ya que no existe aglomerante que las mantenga unidas.
Las mayorías políticas solo se podrían construir a través de un proyecto común, con un camino que lleve a resolver las necesidades de las mayorías sociales.
Los partidos y los medios, han culpado a un par de loquitos o, derechamente le han echado la culpa al pueblo tonto que rechazó la redacción de una constitución maravillosa y, el 7 de mayo, a los tontos que le dieron el triunfo a Republicanos.
Pero, en realidad, esas derrotas fueron fruto de malos diagnósticos y mal manejo político.
Por su parte, la ultraderecha hace su juego del miedo, a través de un cóctel Restaurador, con un llamado amplio a volver a un pasado que era mejor.
En las comunas populares, cercadas por los problemas de la inmigración, narcos y la delincuencia, aquella oferta de la ultraderecha no tuvo contrapeso, ayudada por una alta participación de electores evangélicos.
No olvidemos que, cuando el post-estallido llevó a la izquierda a hacerse cargo del gobierno, Boric logró una minoría de votos propios, en primera vuelta.
La mayoría que logró en segunda vuelta fue mediante un voto anti Kast, no un voto por un programa de izquierda.
De ahí en adelante, la capacidad de los liderazgos de la izquierda no estuvieron a la par con las responsabilidades que se asumieron con el gobierno en sus manos.
Con una correlación de fuerzas desfavorable, huérfano de un equipo de gobierno adecuado, con poca experiencia de gestión en los puestos de la administración, la gran decepción por el voluntarista desempeño de Izkia Siches como Ministra del Interior, marcó el inicio del gobierno.
Luego, la inacción y no rectificar, hizo que el desprestigio de un debut fallido calara muy hondo, permitiendo que se instalara la idea de la inexperiencia e improvisación como la característica más llamativa de su gobierno.
Cuando el gobierno explícitamente asoció la suerte de su administración a las herramientas que le daría la dictación de una nueva constitución, ese error político lo ató de manos y lo dejó en espera indefinida.
Todo aquel conjunto de factores nefastos desprestigió a la opción política de los sectores progresistas y la sumió en la derrota política más grande desde la recuperación de la democracia.
El factor propagandístico desestabilizador de la derecha solamente es un dato de la causa. La oposición al gobierno hace precisamente eso: oponerse.
El retroceso político es producto de que, la dispersión política expresada en la Convención se trasladó al gobierno, situación que fue aprovechada por la derecha para rearmarse y pasar a la ofensiva.
Pero lo que dio lugar al estallido, el malestar social, no ha tenido solución. Las personas no entienden cómo salir de los problemas sociales, no entienden bien el escenario en que están insertos.
El triunfo de Republicanos en la elección del 7 de mayo mostró que, la incapacidad y porfía de los partidos del progresismo, llevó a que las demandas populares hicieran un guiño al nuevo sector impugnador: la ultraderecha.
De ahí aparece el crecimiento, explosivo, de ese sector: de la no solución política a los problemas y urgencias que denunció el estallido social de octubre.
La actitud fatalista de la izquierda, luego de la derrota del Apruebo y los errores de conducción durante la Convención, la alejó de sus bases históricas, y produjo un reacomodo político en comunas populares.
Y en una mirada un poco más larga, el ascenso de la ultraderecha, en cierto modo, es fruto inesperado del estallido social, dada la incapacidad de la izquierda.
La ultraderecha ahora se prepara para tomar el gobierno. Por de pronto, Republicanos se preparó muy bien para dar un mazazo en la elección del 7 de mayo.
Por otro lado, mientras Boric y su gobierno daban señales contradictorias, los partidos del progresismo, sin una autocrítica profunda sobre la derrota en el plebiscito de salida, se terminaron dividiendo en listas separadas, y eminentes personalidades, desde una mirada más crítica, llamaron a votar nulo, el electorado progresista e independiente fue arrastrado a votar en medio de una tormenta perfecta.
Kast y su equipo, por el contrario, con la visión implacable que brinda la fe, recorrieron muchas veces el país, desde septiembre pasado, forjando adhesiones personales a la propuesta de su partido.
La ventaja ahora corre en favor de la ultraderecha. Sin embargo, esa ventaja contiene también el germen de su problema: el integrismo está devaluado por arcaico y deberá definir si hace eclosionar esa alma, conservadora a ultranza o, abandona el proyecto de Jaime Guzmán, y apuesta por el liberalismo del libre mercado, disfrazado de derechos sociales.
La situación obliga a que la izquierda ayude a construir una versión más amplia de progresismo que el actual, desde una crítica más profunda a los errores que permitieron el avance derechista, incorporando a otras fuerzas impugnadoras, a definir un proyecto de futuro que pueda alimentar y construir un bloque político sólido y competitivo con el proyecto de la derecha.
Comenzando por jubilar a los partidos actuales, redefinirlos y desarrollar otros referentes.
No servirá para el futuro refugiarse en la nostalgia, y soñar que las mayorías se conquistarán en base a la suma de los timbres de los partidos actuales que demostraron su total ineptitud.
Las nuevas alianzas del progresismo podrán ser construidos en base a un proyecto común, al que aporten y adscriban partidos y movimientos, gremios, identidades al servicio de las mayorías y fuerzas sociales.
Y esperar que aquello no demore más allá de la elección del 2026.

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