INTENTO DE GOLPE DE ESTADO
O ARREGLO DE CUENTAS

El 24 de junio, un día después de haber llamado a destituir al Estado mayor militar ruso, el jefe del grupo militar Wagner, Evgueni Prigoyin ordenó a sus tropas detener su marcha hacia Moscú, luego de negociaciones con el presidente de Bielorrusia Alexandre Lukachenko, país donde debería ir a refugiarse.
En la víspera y luego de meses de airadas controversias entre Prigoyin y los altos responsables militares rusos, el jefe del grupo mercenario anunció iniciaba la guerra civil, que marcharía con sus tropas hasta Moscú y, en una primera etapa de este proyecto, tomó el control de la estratégica ciudad de Rostov del Don al suroeste de Rusia.
La milicia Wagner continuó su avance hasta llegar a la ciudad Lipetsk, a unos 420 kilómetros de Moscú, sin encontrar prácticamente ninguna oposición del ejército ruso, antes de que surgiera el acuerdo entre Prigoyin y Lukashenko.
Tal era la situación hasta el domingo 25 de junio.
Desde ya y bien que la ofensiva de Wagner parecía haberse detenido, las consecuencias que la acción tendrá tanto al interior del poder ruso y para Putin en particular, para la guerra en Ucrania, para el conjunto de la Federación rusa y para Evgueni Prigoyin, y su milicia Wagner, que se han convertido en un actor importante dentro de la política rusa, resultan difíciles de prever.
Cualquier análisis en este aspecto es complicado si se tiene en cuenta los grandes intereses políticos, económicos y estratégicos que están en juego en el contexto general que es la guerra en Ucrania. Esto hace imprescindible el buscar el máximo de fuentes diversas de información para excluir la propaganda y también los prejuicios de los que aún no han salido de la guerra fría.
Teniendo en cuenta todas estas salvedades, hay hechos que saltan a la vista, como el que la tropa Wagner haya podido avanzar más de 500 kilómetros, desde la base operacional de Rostov hacia Moscú sin encontrar resistencia del ejército ruso, frente a lo que era un declarado golpe de Estado.
En este mismo sentido, llama la atención el dispositivo en torno a las ciudades en la ruta a Moscú y en la misma capital, de carácter estrictamente defensivo y con características de una ciudadela sitiada (nidos de ametralladoras, trincheras antitanques, camiones con arena), llamados a la población a mantenerse en sus hogares y día libre, más que el de lugares donde el Estado y el ejército controlan la situación.
Como es lógico suponer, Putin condenó de la manera más enérgica la tentativa, calificándola de “una puñalada por la espalda” y prometiendo que “los que optaron por la vía de la traición, del chantaje y de métodos terroristas serán castigados rápidamente”.
No obstante, estas amenazas aparecen contradictorias a la luz del desenlace inmediato de la situación, de la retirada sin sanciones para las tropas de Wagner y la posibilidad del exilio sin más (habrá que ver si este será efectivo) para su jefe Evgueni Prigoyin.
Hay otros que por mucho menos, han sufrido súbitas crisis cardiacas, han sido envenenados o han caído por una escalera o a través de una ventana de un piso alto.
Por el momento queda en suspenso el saber cuál era el verdadero objetivo de Prigoyin, más allá de la declarada reivindicación de sancionar a los burócratas – léase el ministro de Defensa de la Federación, Serguei Shoigu y el Jefe del Estado Mayor del Ejército, Valery Gerasimov – responsable según él de la mala conducción de la guerra y de no darle los medios a Wagner de ganarla.
Resulta claro que el objetivo del jefe de Wagner no puede haber sido el apoderarse del poder. Si bien demostró una capacidad militar evidente, el funcionamiento del Estado requiere mucho más que una fuerza armada por importante que esta sea.
Pero si se trataba de debilitar a Putin y de erigirse él mismo como alternativa a un mediano o más largo plazo, esto funcionó y las posibilidades están abiertas tanto para Prigoyin como para todos los oligarcas y caudillos de todo pelaje de la Federación rusa que esperan su momento para repartirse y disputarse los restos del capo.
Sobre el poder real de Wagner y de Prigoyin que lo hacen intocable, hay algunos que aluden el poder que Rusia ha ido ganando en otros lugares del mundo mediante el grupo mercenario, teórica y legalmente una empresa privada, pero que actúa en coordinación y con apoyo logístico de las fuerzas armadas rusas.
Tal es el caso durante la guerra en Siria, lo que permitió a Rusia recuperar yacimientos petrolíferos bajo control del Estado islámico, o en África, donde el grupo paramilitar ha conseguido suplantar la presencia de la antigua potencia colonial francesa, como en Mali o República Centroafricana.
Sin mayores informaciones verificables y las consecuentes especulaciones, hay algunos que sostienen que hay un compromiso entre Putin y Prigoyin que viene de comienzos de la década de 1990 en San Peterburgo, durante la desintegración de la URSS, cuando el primero era funcionario en la municipalidad y el otro salía de la cárcel y se iniciaba en el comercio con un kiosko de hotdogs.
En un ascenso meteórico increíble Prigoyin, de vendedor de hotdogs pasó a ser propietario de uno de los grandes restaurantes de lujo de San Peterburgo, al cual Putin llevaba a sus invitados de marca y grandes de este mundo.
Fue con la fortuna acumulada en la restauración y seguramente con alguna otra “manito” que Prigoyin creó y desarrolló el grupo Wagner.
¿A cambio de qué? Por ahí dicen que gracias a esas antigua confianza y amistad peterburguesa, el jefe mercenario conoce mucho de la fortuna de Putin, que este habría amasado desde la RDA, cuando en tanto agente del KGB supo de la caída inminente de la URSS y puso a salvo los ahorros de su alcancía personal.
Pero todo esto no es más que mitología y obra de conspiranoicos.
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