Editorial nº 22

UN PRESIDENTE NO PUEDE IMPONER VERSIONES OFICIALES…PERO TAMPOCO PUEDE HACERSE EL TONTO

La declaración de que “un presidente no puede imponer versiones oficiales respecto de la Historia”, formulada por Gabriel Boric en relación a su propuesta a la derecha chilena en cuanto a una versión común acerca del golpe de Estado, así sin más, a simple vista, y en un contexto neutro, difícilmente podría ser cuestionada.
 Pese a su banalidad, esta declaración, pronunciada en Bruselas, en el contexto neutro y aséptico de la conferencia entre la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños y la Unión Europea (CELALC-UE) sonó bien y allí, difícilmente alguien podría haberla cuestionado o criticado.
Del mismo modo que la idea de que “los problemas de la democracia se solucionan con más democracia”, como ilustración de la necesidad de diálogo incluso con los adversarios, siempre en alusión a su propuesta hecha a la derecha y sobre la cual Boric insistió repetidamente en la Universidad de la Sorbona en París, no podía sino sacar aplausos.
Refiriéndose a temas como los Derechos Humanos, al compromiso del Estado de encontrar a los desaparecidos, a la necesidad de la memoria a la solidaridad y  otros del mismo estilo, en un momento como es el de conmemoración  de los 50 años del golpe de Estado, Boric dijo lo que los allí presentes, en su gran mayoría chilenos, querían escuchar.
Fue un discurso de campaña como los de hace dos años, como los del joven dirigente estudiantil, no “progresista”, como ahora, sino de izquierdas, incluso revolucionario, dispuesto a iniciar una nueva era, a corregir todos los errores de sus antecesores concertacionistas, a derrotar a la derecha y a reiniciar la marcha triunfante del pueblo hacia el futuro.
Todo esto en Francia y en Bruselas.
En el ámbito chileno, en este mismo contexto de conmemoración, en que la derecha responsable y protagonista de la Dictadura, lejos del arrepentimiento o al menos del reconocimiento, reivindica y justifica los crímenes, esas palabras seguramente habrían sonado huecas, oportunistas o faltas de coraje para asumir justamente la Historia.
Por cierto, un presidente no puede imponer versiones oficiales.
Pero hay una historia y una memoria que sin ser oficiales porque no necesitan serlo, tiene como personajes los miles de asesinados, torturados, prisioneros, exonerados, exiliados, condenados a la miseria y todas las víctimas a partir de hace 50 años.
Esa historia está allí ineludible, presente a la vista de todo el mundo, incluso a la del Presidente, gracias sobre todo al coraje y a la lucha de las organizaciones de familiares de ejecutados y desaparecidos, de ex presos políticos de antes y de ahora y de todas la organizaciones de defensa de los Derechos Humanos que han actuado en este sentido.
Todo esto, frente al espíritu y la voluntad de todos los que organizaron, participaron y contribuyeron en lo que fue el Acuerdo para la transición de 1989, a la “justicia en la medida de los posible”, a las tentativas de “punto final” de la Concertación, a los procesos interminables contra no todos los criminales o el ocultamiento de informes sobre los crímenes por parte de Ricardo Lagos.
Entre no querer imponer una versión oficial y ofrecerle en bandeja a la derecha la posibilidad de negar una evidencia y relativizar lo que significó el golpe de Estado y la Dictadura que resultó, hay una distancia sideral.
Tratar de poner en el mismo plano a través de una declaración común a las víctimas y sus victimarios, aludiendo la teoría que parece tanto gustarle a nuestro bienamado y amarillo presidente y que dice que para solucionar los problemas de la democracia es necesario más democracia, es absurdo y está desmentido por la Historia.
En la mañana del 11 de septiembre de 1973, el presidente Salvador Allende debía ir a la Universidad Técnica del Estado, donde anunciaría justamente más democracia, bajo la forma de una convocación a un plebiscito, para solucionar los problemas de la democracia que habían creado la Democracia Cristiana y la Derecha.
La respuesta de la derecha a la que hoy Boric llama para un acuerdo conjunto fue el asesinato de Allende y la imposición a través de los militares de una dictadura militar de 17 años y que en sus fundamentos permanece hasta ahora.

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