“QUIERO MORIR EN MÁRTIR Y MATAR A MUCHOS DE LOS QUE ASESINARON A MI HERMANO…”
Por F. Fernandez-Flores

El 7 de octubre pasado, luego de conocer las circunstancias y las condiciones en que el grupo Hamas rompió el cerco en torno a Gaza y mató a soldados y civiles israelíes en las condiciones que todos conocen, me vino a la memoria otra historia trágica que tuve ocasión de conocer hace ya veinte años, durante una misión de “escudo humano” para proteger a los habitantes de un poblado en Palestina.
La historia comienza en el mes de octubre de 2002, durante la cosecha de las aceitunas en una localidad cercana a Nablús, en Cisjordania ocupada por Israel, cuando un muchacho de unos 17 años fue herido gravemente por los disparos de los colonos del asentamiento judío de Itamar que, una vez más, atacaron a la gente del poblado.
Trasladado el muchacho de urgencia en una ambulancia palestina hasta Nablús, distante en línea recta a unos 13 kilómetros, pero a más de 80 por los desvíos y caminos cortados por las autoridades israelíes, el vehículo fue detenido sin razón en un puesto de control (checkpoint) a la entrada de la ciudad.
Sin poder llegar al hospital y sin poder ser atendido en el vehículo asistencial, finalmente, el muchacho falleció desangrado.
Fue sólo entonces que la ambulancia fue autorizada para proseguir su camino, pero sólo para que los soldados israelíes se apoderaran del cadáver, el que devuelto a su familia sólo dos semanas más tarde, convertido en un cuerpo vacío del que habían retirado los órganos principales.
Alguien me explicaría más tarde que esto era habitual con el fin de nutrir los bancos de órganos comercializados para trasplantes, información de la que tuve otras fuentes pero que no podría comprobar.
Conocí esta historia de labios del padre del muchacho, policía de la Autoridad Palestina, hombre rudo y seguramente acostumbrados a enfrentar situaciones difíciles, pero que a duras penas trataba de contener las lágrimas y mantener una voz firme durante la entrevista.
Viéndolo sufrir, le sugerí que dejáramos hasta allí la conversación, pero recuperando su aplomo, se negó rotundamente, alegando que antes quería conociera a su hija, un año menor que su hermano asesinado.
El hombre fue a buscar un álbum de fotografías y me fue mostrando las páginas donde se veía una muchachita sonriente, rodeada de una docena de chicos y chicas de su edad, vestidos a la moda occidental, en lo que parecía ser una fiesta de cumpleaños.
En varias otras se le veía, siempre muy alegre, junto a sus padres o en un grupo de las que seguramente eran sus compañeras de liceo.
Luego, sin más, me dijo “ahora se la voy a presentar”, antes de dirigirse a una habitación vecina al salón donde me había recibido y volver enseguida acompañado por la muchacha.
Me fue muy difícil reconocerla y hacer la relación con aquella que había visto en las fotos.
Se veía extremadamente delgada, aspecto quizás acentuado por el vestido negro, amplio y de mangas largas y por el hiyab, una suerte de pañuelo también negro que le cubría la cabeza dejando ver sólo el óvalo de su rostro muy pálido y con marcadas ojeras oscuras.
La muchacha me saludó con un gesto muy cortés y después de recibir el asentimiento de su padre volvió a la habitación de donde había salido.
“Como puede ver ya no es y quizás no será nunca más la que era antes”, comentó con la voz quebrada, antes de explicarme que en su familia eran musulmanes, pero que su práctica de la religión no iba más allá de las fiestas tradicionales.
Según el hombre, desde que su hermano fue asesinado, su hija se encerró totalmente en la religión, abandonó el liceo y a sus amigos y amigas para enclaustrarse junto a su madre y reconfortarse en las oraciones cotidianas rituales.
“Tengo mucho medio”, me confesó. “No sé si podría soportar el perderla a ella también. Ahora, dice que todo lo que espera de la vida es convertirse en mártir, es decir morir y matar el máximo de aquellos que asesinaron a su hermano —“
Al recordar este episodio me asaltó la idea de si acaso en el fondo yo no estaba buscando más que una explicación a las matanzas de civiles cometidas por el Hamas, una justificación a estos hechos.
Fue lo escrito por la periodista israelí Amira Hass, hija única de dos sobrevivientes del genocidio nazi y corresponsal en Palestina del cotidiano israelí Haaretz lo que aclaró mis dudas.
“Los jóvenes palestinos no salen a asesinar judíos por el hecho de ser judíos, sino porque somos sus ocupantes, sus torturadores, sus carceleros, los ladrones de su tierra y de su agua, los que destruyen sus hogares, los que los expulsan al exilio, los que obstruyen su horizonte”, escribió Amira Hass.
Laisser un commentaire