¿ DESARROLLADOS O FELICES ?
Por Claudio Jedlicki


Cada año el 20 de marzo, Día de la felicidad, la Organización de Naciones Unidas (ONU) entrega una clasificación internacional del Índice de Felicidad (IDF) de un cierto número de países (143), la que, en 2024, ubicó una vez más a Finlandia en primer lugar y en la cual Chile se posicionó ligeramente bajo el promedio mundial con -11 puntos respecto de 2023, en el rango 38.
La felicidad es una problemática más bien personal y más que requerir un tratamiento técnico o científico este relevaría del área psicológica, pero al integrar una serie de índices económicos, su alcance va más allá que sus límites disciplinarios.
Casi desde siempre, los economistas se satisficieron del crecimiento del PIB per cápita, es decir de las riquezas suplementarias creadas anualmente en relación con el número de habitantes, como índice de desarrollo de un país.
En la segunda mitad del siglo pasado, sobre todo en los países subdesarrollados, se empezó a cuestionar el asimilar el crecimiento al desarrollo. Se cuestionaba la desigual repartición de los frutos del crecimiento en la población.
En efecto, si estos son acaparados por una casta de privilegiados sin favorecer en nada a la inmensa mayoría, el considerar que el país se está desarrollando es un error.
En 1990, el Programa para el Desarrollo de Naciones Unidas (PNUD) propuso el Índice de Desarrollo Humano (IDH) integrando la salud (esperanza de vida), la educación (matriculas en los distintos niveles) y la riqueza (PIB). Más tarde en 2010, fue mejorado con la adición de otros indicadores.
Desde 2012, la ONU patrocina y publica el Índice de la Felicidad (IDF) que en realidad es realizado por la empresa de gestión y estadísticas Gallup y la Universidad de Oxford.
Así, el IDF se obtiene a partir de un gran número de medidas, entre las cuales se encuentran el PIB por habitante recalculado en paridad de poder de compra. Esta corrección permite comparaciones internacionales más objetivas al eliminar sesgos por subvaluaciones o sobrevaluaciones de la moneda local.
Cabe subrayar que el principal escollo de la repartición del ingreso sigue ausente, aunque levemente moderado al considerarse la esperanza de años de vida y el nivel de educación. Hasta aquí no hay nada nuevo respecto a lo que el IDH del PNUD estima desde 1990.
Sin embargo, el IDF añade una serie de otros factores, tales como el apoyo social, la libertad, la generosidad, la corrupción, la confianza en las instituciones. Para cada uno de estos factores recurre a varios indicadores de diversas fuentes creíbles disponibles, nacionales e internacionales.
Cuando no es el caso, se encuesta la población para determinar el calibre de cada cual en el IDF. Se solicita al encuestado atribuir una nota entre 0 y 10 sobre su apreciación de la temática en cuestión. Los resultados son combinados con los datos provenientes de los indicadores existentes para finalmente poder sintetizar el IDF del país y su ranking.
Si la gran multiplicidad de factores incluidos en el IDF pueden hacerlo digno de interés debemos tener en cuenta sus limitaciones.
La primera, es considerarlo por lo que anuncia. Medir la felicidad y no el desarrollo, por más insuficiente que sea su medición y aunque las dos problemáticas tengan algunas correlaciones, poco tienen que ver con el desarrollo y, como ya advertimos, no se consideran otras como las desigualdades en tanto tales.
En seguida, los índices y apreciaciones de algunos temas dependen de factores culturales ancestrales, de la edad o de orientaciones ideológicas nacionales.
Una de las mediciones más problemática es la libertad. Se admite generalmente que la de un individuo termina dónde empieza la de otros, pero esto puede ser vivido por el primero como una limitación.
También la regulación estatal puede explicarse como una opción de política y no necesariamente como una restricción. Por fin, países con distinta estructura de edad pueden arrojar diferencias perceptivas derivadas de esta última.
En definitiva, el IDF viene todos los años a alimentar algunos artículos en la prensa sin ser una fuente referente para los economistas.
Concluyamos lamentando que los esfuerzos y recursos destinados a su elaboración hubiesen sido mejor empleados en medir la desigualdad de desarrollo y en los intercambios comerciales entre naciones, así como en la distribución del ingreso y riqueza nacional.
¡Obviamente, esto no es un olvido, ni una casualidad!
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