Internacional – Gaza

EN GAZA, POR MOMENTOS, LA MUERTE PARECE SER MEJOR QUE LA VIDA

Esta es la traducción de un artículo publicado por el diario francés Libération, que contiene el testimonio de la sicóloga de la organización Médicos del mundo, Nur Z Jarada, que ha vivido siempre en Gaza y que relata lo que es la vida cotidiana en el territorio palestino bajo los bombardeos israelíes.

 Hoy el único sobreviviente es el muerto. Estas palabras resuenan sin cesar alrededor de nosotros. Todos aquí las repiten. Estamos extenuados, vacíos. Llevamos una vida que no es verdaderamente una vida. Una vida donde la muerte ronda en cada esquina, en cada hora del día y de la noche. Una vida donde sobrevivir significa un combate cotidiano por obtener las necesidades más elementales: algo de comida, agua, un lugar donde dormir.
El dolor es tan grande y tanto nos ha devastado que lo único que se llega a esperar es la muerte, convencidos que cerca de Dios, la paz y la eternidad nos esperan.
Como me dijo un día mi colega Basel, citando un verso del poeta Abdel Rahman El-Abnudi: “Hijo mío, cuando la muerte llegue para llevarte, muere sin esperar”. A veces la muerte parece más clemente que la vida a la que estamos condenados.
En esta realidad insoportable, uno no puede sino preguntarse ¿Cómo podemos seguir de pie en medio de este traumatismo sin fin?
Los psicólogos dicen que el humano se adapta de diferentes maneras a los acontecimientos traumáticos. Pero Gaza… Gaza es diferente. Aquí el traumatismo echa sus raíces profundas, inexorable e insidiosamente. Se te pega a la piel. Se insinúa en el tejido mismo de la existencia. Y, sin embargo. A pesar de lo tremendo del sufrimiento, un mecanismo esplendoroso de supervivencia persiste: la fe.
Después del estampido de las bombas, cuando una vivienda se derrumba o cuando un ser querido muere, los sobrevivientes se sostienen uno junto al otro para leer el Corán. Alguien exclama: “Alhamdulilahá . Alabado sea Dios en toda circunstancia, en la alegría, como en los momentos de prueba, aguantaremos y seremos recompensados”.
Esta fe inquebrantable no es el único baluarte que impide que los corazones se derrumben definitivamente. Junto a ella hay otra fuerza: la unidad. El sentimiento de pertenecer a algo y a alguien.
Cuando las deportaciones de masa nos arrancan a nuestros hogares, se puede ver esta solidaridad hacerse aún más esplendorosa. Las familias comparten lo poco que les queda: un abrigo, una comida. No sólo con los suyos, sino bien a menudo con desconocidos. Alguien que perdió su hogar abre los brazos y dice: “Mi casa es tu casa, somos una sola familia”.
Incluso en medio de la destrucción, nos aferramos porfiadamente al humor. Nos reímos, por ejemplo de nuestra búsqueda sin fin de algo que comer. O de las ganas que tenemos de disfrutar de nuevo de nuestros platos preferidos. Ironizamos incluso sobre la intoxicación alimentaria provocada por una comida en mal estado. No es negarnos, es nuestra manera de soportar, es el aire que respiramos para no hundirnos en la desesperación.
Hoy, en las clínicas de Médicos del Mundo utilizamos la arteterapia. Durante las sesiones de apoyo psicológico, los niños dibujan la guerra: casas destruidas, tanques, calles despanzurradas. Pero a veces en medio de las ruinas, aparece un sol inmenso. O incluso una casa flamante y nueva elevada hacia el cielo de un futuro incierto. El arte les da la voz cuando faltan las palabras.
Podemos ver impulsos de apego emocionantes. Los niños se aferran a sus padres y rechazan separase de ellos ni siquiera cuando duermen. MI hija, los hijos de mis amigos…Todos se aferran. Es una reacción natural. Una necesidad desesperada de permanecer cerca, de protegerse, incluso si la muerte nos golpea.
A menudo se escucha esta plegaria: “Si tenemos que morir, moriremos juntos”.
Pero cuando uno sobrevive… es lo peor, pues queda solitario frente a la ausencia.
Muy a menudo es un niño que resulta ser el único sobreviviente. Un niño que, en medio de una explosión ha perdido toda su familia y se encuentra caminando solitario en esta tierra herida.
Debajo de los escombros y en medio de las cenizas, esos niños renacen. Sus rostros están entre el duelo y el instinto de supervivencia.
Una niñita llora a su madre en medio de los escombros y espera una voz que no responderá jamás. Como Yamila, de 8 años. Ella dormía con su familia cuando un misil alcanzó su casa. Se despertó atrapada entre los escombros. Única sobreviviente en medio de siete seres queridos. Cuando los socorristas la sacaron del medio de los escombros, ella gritaba más y más: “¡Mamá, mamá¡, ¿Dónde está mi mamá? Yo no me voy de aquí sin ella”. Quería desesperadamente escuchar la voz de su madre. Pero sólo el silencio le respondía.
O ese niño que abrió los ojos en medio de un silencio terrible. La voz de su madre y el olor de su casa se habían evaporado. Sólo quedaban restos de un recuerdo flotando en el aire. Cuando la psicóloga le preguntó lo que quería, respondió: “Quiero sólo hablar con mi mamá, sólo un minuto”.
Es la historia de miles de niños. En un segundo sin nombre, pierden a su familia. El calor de su hogar. Todo su pasado. Y, sin embargo, incluso en este abismo persiste una chispa frágil : “Aún estoy aquí y respiro todavía, puedo soñar todavía”.
 Ser el único sobreviviente es llevar una carga demasiado pesada para sus huesos. Es caminar solo entre las ruinas, llevando en los ojos la memoria quemante de los que ya no están allí.
Y Gaza murmura: “Ustedes son nuestros sobrevivientes, ustedes son la historia que nada borrará”. 
Una muy querida colega, enfermera, que tengo el honor de conocer, me relató una historia. Era en noviembre de 2023, un mes después del comienzo de la guerra. Ella conoció una niñita. Era una guagüita que habían encontrado colgando arriba de un árbol después de una matanza, en un barrio de la ciudad de Gaza.
Llegó a un hospital del Sur después del sitio del hospital de Al-Shifah, en el norte de Gaza. Entre las decenas de bebés prematuros y de niños heridos, esta niñita se distinguía, contrariamente a las otros, pues estaba sola. En su bracito, un brazalete con una frase escrita a la ligera, algo tan doloroso que es como si te apuñalaran: “Niño desconocido, encontrado arriba de un árbol en el barrio de Al-Sabra, Gaza”.
Su vida pendía sólo de un suspiro. En la unidad neonatal se la conocía simplemente como La niñita desconocida que necesita de este remedio, de este tratamiento…” 
Mi colega Amal se encariñó de ella y con mucha ternura le retiró el brazalete y la llamó Malak, ángel. Un ángel que cayó del cielo, elevándola así a la significación de su nombre. Un suspiro salvado en medio de esa carnicería.
Me dijo: “Me siento responsable de ella. No tenía nada, ni familia ni contacto humano. Como un ángel cayó y aterrizó en este árbol. Dios decidió que viviría a pesar de todo”.
Amal se ocupó de ella con toda su alma. La llamaba “mi hija”. Dos meses más tarde, Malak estaba lista para ser dada de alta. Muchos quisieron adoptarla. Pero todos reconocieron que ya había encontrado una madre. Incluso comenzaron a llamar a Amal, “Um Malak”, la mamá de Malak.
A pesar del hambre, a pesar del derrumbe de todo lo cotidiano, ella le ofreció un amor sin falla. Su propia familia acogió a Malak a brazos abiertos.  Malak la llama mamá y a los tres hermanos de esta la pequeña los llama “Babá”, padre en árabe. Un niño a quien Dios le dio tres padres para aliviar su abandono.
Amal me dijo, “han sido los días más felices de mi vida. Ella calmó el dolor de la guerra. Malak me ha dado tanto. Yo me voy a casar dentro de poco y mi novio y yo continuaremos este camino con ella”.
Pero después agregó con tristeza: “Se dice que todos los que estaban en esa matanza están todavía allá, aplastados debajo de los escombros”. 
En Gaza, el corazón se enfrenta a lo indecible. Todas las contradicciones cohabitan: La vida florece a la sombra de la muerte. Los adioses se frotan con los encuentros. El amor surge desde lo más profundo del odio y en las ruinas está el renacimiento.
Mi corazón se desgarra bajo el peso de lo que ha atravesamos y me pregunto. ¿Viviré yo tanto tiempo para ver que Gaza vuelve a levantarse? ¿Para verla libre, entera, viva?  ¿Acaso no es tiempo ya de tener por fin derecho a la dignidad de vivir en paz?
Soñamos con dormir sin miedo. Sin miedo de que los muros se derrumben sobre nuestro pecho, sin esta oración que es letanía cada noche: “Si vivimos, vivamos juntos. Y si tenemos que morir, muramos juntos.”

1 Comment

  1. Texto emocionante y esperanzador a pesar de la hambruna y la muerte que acecha, porque personas como Amal (que significa Esperanza) ha salvado a una niña, el ángel caído del cielo.

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